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Collingwood Ingram, el inglés que salvó a los cerezos japoneses de su extinción

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Este contenido es exclusivo para nuestros suscriptores.El 1° de setiembre de 1923 un sismo de 7,8 grados en la escala de Richter asoló la isla japonesa de Honshu provocando directa o indirectamente (por incendios, inundaciones, derrumbes, delincuencia) la muerte de más de cien mil personas y daños a millones. La reconstrucción edilicia de ese desastre, luego conocido como “Gran terremoto de Kant”, no hizo sino ahondar en un fenómeno que ya se venía dando: la occidentalización de Japón. El feudalismo y los samuráis, las geishas y las casas de madera, iban quedando atrás y en su lugar se preparaba una civilización diferente que mantenía fachadas pero descuidaba interiores.

No era menor en ese descuido el que afectaba al árbol nacional japonés: el cerezo, cuyas variedades comenzaban a desaparecer, sobre todo en las ciudades. Las razones, además de los percances de la naturaleza, eran varias: una mala técnica de injertos; el hecho de que los jardineros japoneses plantaran árboles adultos en lugar de plantones; y que los plantaran en los mismos sitios durante cientos de años. De todo esto se dio cuenta un hombre que no era nativo de Japón y que apenas estuvo ahí tres veces. En 1907 durante su luna de miel, acompañado por una esposa embarazada y no muy entusiasta, y solo en 1902 y 1926, cuando advirtió con tristeza que los cerezos disminuían en variedad. Este libro de la periodista japonesa Naoko Abe, radicada en Londres, cuenta su historia.

Se llamaba Collingwood Ingram: era inglés, rico, obsesivo y paciente.

Temperamento apasionado

La fascinación británica por Japón, al menos entre las clases pudientes y contemplativas, había tenido un punto alto hacia mediados del sigo XIX, cuando se hizo moda la cría de los spaniels japoneses o Chin, perritos falderos predilectos de aristócratas y samuráis. En el hogar de los Ingram en Wesgate-on-Sea llegó a haber treinta y cinco Chin. La propiedad constaba de ocho casas con salida al mar y había sido comprada para escapar de una Londres industrializada que no era propicia para la delicada salud respiratoria del hijo menor de William James Ingram, diputado liberal y director de un periódico. Sin embargo, nacido el 30 de octubre de 1880 y muerto el 19 de mayo de 1981, Collingwood Ingram vivió cien años y tuvo una vasta descendencia. Ayudó sin duda el bienestar financiero, pero también su temperamento apasionado y el que volcara sus ansiedades primero a la ornitología, y luego y hasta el final, a los cerezos.

Collingwood Ingram, el inglés que salvó a los cerezos japoneses de su extinción

Collingwood atravesó las dos guerras: en la primera participó como capitán del Real Cuerpo Aéreo y la dejó sin traumas. También ahí dejó su afición a los pájaros y la sustituyó por las flores de cerezo, que los japoneses amaban tanto como despreciaban a las rosas. En 1919, ya con cuatro hijos, Collingwood había comprado en Kent, al sureste de Londres, una casa de estilo Tudor, imponente y con un generoso jardín. Era The Grange. En ese jardín se propuso plantar todas las variedades de cerezos que pudiera conseguir, de todas partes del mundo, ayudado por varios amigos japoneses. Desde su especie favorita (la Taihaku, de flores grandes y blancas), o la Yama-Zakura (tenía el encanto natural de una campesina, decían los japoneses), hasta la que más detestaba (la Kanzan, de flor doble y rosa púrpura; le parecía obscena y la comparaba a una prostituta). Muchas de esas valoraciones estético-morales venían dictadas por Japón, cuya historia y espíritu se habían impreso en él desde la primera visita. Ni la Segunda Guerra Mundial, donde el enfrentamiento anglo-nipón fue encarnizado, cambió su sentir por la flor. En esos años, Ingram trabajó en una monografía monumental que titularía Ornamental Cherries y publicó en 1948. Se convirtió en la guía definitiva del cerezo: las 129 especies que describió ahí florecían en The Grange. Algunas creadas por él mismo mediante hibridación, por ejemplo la Kursar. Ya era conocido como “el hombre cerezo” y aún así ladel Jardín, un club masculino patrocinado por la Reina Madre Isabel (y luego por el príncipe Carlos) no lo admitió como miembro sino hasta 1957. Era rico, pero no terrateniente. Las sutilezas no eran exclusivas de Japón.

Flor nacional

El libro de Naoko Abe contempla tres instancias dispersas y enlazadas a lo largo del relato: algo de la vida de ella misma y de sus padres, la biografía de Ingram, y la historia de Japón asociada al cerezo. Decir que es fácil de leer es mentira. No lleva un estricto orden cronológico y no es sencillo absorber la cantidad de información que brinda sobre el árbol y su flor. Algunos datos hacen ruido, como cuando menciona a la hija del “inventor del teléfono, Alexander Graham Bell”, autoría que está discutida desde hace rato.

Aun así, el libro es apasionante, sobre todo cuando se enfoca en analizar la conexión entre el cerezo y la historia de Japón. Fue en época de la Restauración Meiji de fines del siglo XIX cuando el gobierno de los señores feudales o daimyo se abolió y se derrocó el shogunato, se abrió el negocio con Occidente, se implantó el servicio militar obligatorio y se impuso el cerezo como flor simbólica del espíritu japonés. En ese espíritu permanecía viva la ética samurái. Esa elite militar guiada por el bushido seguía vigente, solo que ahora la lealtad suprema ya no sería para el daimyo sino para el Emperador. De ahí a inmolarse con ganas en una guerra perdida había un paso, y fue el que dio en 1944 el almirante Tokijiro Onishi, creador de las unidades especiales de la Armada Imperial Japonesa llamadas kamikazes. Alrededor de 3.800 pilotos murieron en menos de un año en ataques suicidas; en el fuselaje de sus aviones, pintadas, había flores de cerezo. En las escuelas y en la instrucción militar se aprendía que había que estar dispuesto a morir por el emperador y por la nación, con la misma liviandad con que los pétalos de la flor del cerezo caen luego de una breve y hermosa vida. La poesía bélica lo decía claro: “Por la gloria del emperador,/ ¿qué hay que lamentar?/ Como una flor joven,/ la vida vale más cuando cae”.

Luego de la guerra, donde otra vez los árboles fueron arrasados, Japón se abocó a su recuperación, pero de la variedad más barata, de rápido crecimiento y fácil de mantener: Somei-yoshino. ¿Por qué el papel de Collingwood Ingram fue tan importante, más allá de su contribución botánica a la supervivencia de especies ornamentales o silvestres? Acaso entendió el valor simple de salvar y conservar algo bello que formó parte de una tradición, sin importar que su signo hubiera variado a lo largo de la azarosa historia. Sin importar tampoco que en Japón la flor más detestada fuera la rosa, símbolo nacional del Reino Unido. Tomá.

EL HOMBRE QUE SALVÓ LOS CEREZOS, de Naoko Abe. Anagrama, 2021. Trad. de Juan Manuel Salmerón Arjona. Barcelona, 435 págs.

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