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Diario de una cuarentena: crónicas del coronavirus
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  • 15/11/2022
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Diario de una cuarentena: crónicas del coronavirus

DÍA 54 (6 DE MAYO)

Un atisbo de libertad al fin

POR JOSÉ LUIS PIEDRA. Por fin vemos algo de luz al final del túnel en esta larga pesadilla y la esperanza de doblegar al maldito virus parece abrirse paso, o al menos controlarlo que ya es mucho. Todo un aliento motivacional después del hastío de más de un mes y medio de encierro hogareño.

En esta larga reclusión me he acordado mucho de aquella película de los años 90 'Atrapado en el tiempo', en la que el actor Bill Murray vivía de forma permanente en el tradicional día de la marmota en Estados Unidos. Y es que algo similar he experimentado en muchos de estos días donde el hartazgo de la rutina causaba estragos al haber reducido la inevitable cotidianidad vital al hábitat de mi casa. Nunca el tiempo había impuesto su rígida tiranía con una aplastante monotonía ante la que me ha sido imposible oponer resistencia al ser imposible escapar de los límites físicos de mi casa, excepto para las compras indispensables como todo el mundo. Y todo ello inundado a diario por el seguimiento informativo de la crisis sanitaria, tal vez excesivo y que ha llegado convertirse en una obsesión.

La condena de repetir siempre el mismo día y siempre con el mismo tema, el coronavirus, como en la película de Bill Murray, la marmota convertida en la maldición de una crisis sanitaria cuyas magnitudes nadie esperaba y que nos recuerda que lo más importante de la vida es la vida misma, ésa que han perdido desgraciadamente miles de personas a causa de este diabólico virus. Con esta perspectiva, la insoportable rutina se torna incluso en sublime y terminas abrazando la bendita cotidianidad como la gran virtud que te confiere la vida. Máxime cuando tienes la fortuna de afrontar el confinamiento acompañado del mayor tesoro que ésta te ha regalado, mis dos hijos, una preadolescente de 14 y otro aprendiz de adulto con 18.

No hay mal que por bien no venga y con ellos en este tiempo hemos reforzado nuestra particular piña familiar y mejorado nuestra convivencia, no exenta de conflictos inevitables con tanto tiempo juntos. También he visto una mejora en la responsabilidad compartida en el desempeño de las tareas del hogar, donde se han implicado mucho más que antes. Creo que este encierro ha servido para acelerar en su madurez y hasta en mis conversaciones con ellos he sentido en ocasiones que parecía estar hablando con adultos, especialmente cuando nos referíamos a la cruda realidad que nos está dibujando la pandemia.

Nuestra gran preocupación todos los días era, sin duda, mi madre y abuela de mis niños, que a sus 90 años sigue aferrada a la vida con una vitalidad encomiable en una residencia de mayores. Los estragos dramáticos que el coronavirus está causando en estos centros hacía crecer nuestro miedo, alimentado a diario por las incesantes y luctuosas noticias que llegaban de esto centros.

La videollamada de cada día con la abuela se convertía así en el milagro más esperado de la jornada y era como ganar tiempo con la esperanza puesta en los ansiados test que, afortunadamente, ya se realizaron hace dos semanas y cuyos positivos resultados nos permitió relajar nuestro temor.

El confinamiento, ciertamente, ha sido más llevadero al poder disfrutar de una casa más o menos espaciosa y con zonas, como un patio y una azotea, que nos conectaban exterior. La verdad que he sido un privilegiado pensando lo duro que ha sido para mucha gente que no ha tenido esa posibilidad por residir en pisos más pequeños y condenados a unas condiciones menos confortables.

El día a día ha estado, como para cualquier periodista en este tiempo, marcado por el seguimiento informativo permanente de esta crisis que ha llegado a ser obsesivo, hasta el punto de que mis hijos me han llegado a censurar tanta dependencia, invitándome a desconectar de vez en cuando. Y es que estos días hemos estados volcados en un carrusel de cifras, medidas, planes y demás actuaciones de emergencia como si de una guerra se tratase, siempre atentos al parte diario con resultados durísimos.

Mi entrega estos días al teletrabajo no ha sido nada nuevo por venir realizándolo ya desde hace tiempo al estar siempre fuera de la redacción desde Sevilla para el seguimiento de la actividad política andaluza. Sí es verdad que el encierro y la absorción informativa de esta crisis me ha llegado a estar enganchado, a lo que se suma la difícil separación de lo laboral y lo personal con las difusas fronteras al compartir el mismo espacio.

Sí se echan en falta las ruedas de prensa presenciales de antaño, ya que a veces las apariciones telemáticas de los responsables políticos en este nuevo formato a distancia han llegado a ser interminables y tediosas, sin la chispa de los encuentros cuerpo a cuerpo. Todavía recuerdo la última rueda de prensa presencial en el Palacio San Telmo del Gobierno andaluz dos días antes de la declaración del estado de alarma, en la que ya se presagiaba lo peor con una asistencia reducida ya de periodistas, conscientes de que la situación pintaba tan mal como después demostró la evolución de los hechos.

Atrapado en la rutina y en la crisis sanitaria han transcurrido así los días pegado al portátil, a las redes sociales y al whatsapp –qué hubiera sido de un encierro así sin estos medios-, sin olvidar la logística cotidiana del hogar, la limpieza y la cocina en la que he progresado muchísimo. Todo ello con el ritual de los aplausos de las ocho, momento también de convivencia vecinal con charlas desde la azoteas que han servido para unirnos más en estos tiempos difíciles en los que la vida social solo ha fluido por los medios tecnológicos.

Sin ser un hombre hogareño, creo que esta reclusión ha sido más llevadera de lo que esperaba, y eso que mi mujer me recordaba siempre con ironía que nunca se mi iba a caer el techo encima por el escaso tiempo que dedicaba a estar en casa tranquilo por mi espíritu siempre inquieto y activo. Mi metamorfosis en hogareño a la fuerza hubiera sido tal vez un gran regalo para ella.

Pero la peor parte del confinamiento ha sido la limitación de mi pasión por la práctica deportiva, que he intentado sobrellevar como he podido, jugando incluso al fútbol con mis niños en pequeño patio, donde he corrido a diario en menos de 60 metros cuadrado lo que me hacía sentir como ratón de laboratorio en el rulo de su jaula o como un recluso dando reiteradas vueltas en el patio penitenciario. Y es que, como decía un amigo periodista, la vida te hace preso en ocasiones en su cárcel de barrotes invisibles.

Por ello, he recibido con una euforia inusitada el atisbo de libertad que se ha abierto por fin para salir a pasear y correr. Desde hace unos días estoy quemando toda la adrenalina acumulada en esta prolongada reclusión con la esperanza puesta, como todos, en la futura superación de esta pesadilla.

DÍA 53 (5 DE MAYO)

He bailado delante de la cámara

POR TXEMA MARTíN. He hecho la cuenta y llevo exactamente cincuenta días encerrado. Tengo la suerte de haber pasado esta cincuentena en una casa grande, con un pequeño jardín y una madre, que también podría escribir su propio diario de confinamiento. El mío no va a ser tal, primero porque contar el día de hoy sería aburrido y existencialista, pero también porque a estas alturas a uno le sale escribir del confinamiento en pasado, pese a que todavía formamos parte de él y no sabemos lo que nos queda.

Mi encierro habría sido diferente si no fuera por la gentileza que me brinda SUR al permitirme ser su colaborador. Los días de la semana se habrían confundido si no fuera por mi compromiso de enviar artículos a este periódico tres días a la semana, lunes, miércoles y viernes. Este es uno de mis mayores orgullos, tener compañeros que en estos momentos están dando lo mejor de sí mismos para ofrecerlo a la sociedad. Los días de envío y la irremediable melancolía de los domingos me han obligado a mantener el ritmo de los días -aunque casi siempre debería haber enviado los artículos antes- y, sobre todo, a llevar un escrutinio de la actualidad que ha sido mayor del que me hubiera gustado. Tampoco sé si alguien ha sido capaz de desconectar de verdad. Yo lo intenté en falso la cuarta semana, cuando después de enterarme de un par de desgracias y notar el dolor a mi alrededor, desaparecí de Twitter, una red social que por aquella época ya se había convertido en una máquina de odiar, al menos una parte, que es siempre la más visible. Por otro lado, creo que he faltado dos días al aplauso de las 8.

El mío ha sido, de alguna manera, un confinamiento convencional. No he comprado rollos de papel higiénico a granel, pero sí he fabricado casi de la nada bizcochos que han podido cambiar vidas y unas empanadillas que me salieron buenísimas. He intentado innovar en los perritos calientes y perfeccionar mis desayunos. He recogido muchísimo, y he sufrido varios shocks en la memoria abriendo cajas que llevaban veinte o quince años cerradas. Casi todo mi pasado ha desfilado delante de mí, como dicen que pasa en el peligro que precede a la muerte. He encontrado muchas cartas y me ha sido difícil reconocerme en el destinatario. También he recordado muchos acontecimientos, más buenos que malos, y me he dado cuenta de que ya no son sólo los demás los que se hacen mayores.

La sección de cultura y espectáculos de mi confinamiento tampoco ha sido muy original. He hecho descender los tres rascacielos que formaban las lecturas que tenía pendientes. He leído a Cristina Morales, a Bret Easton Ellis, a Tatiana Tibuleac, a Chris Ware, a Piedad Bonet o a Joan Didion, y de forma obsesiva varios poemas de Antonio Gamoneda. El último libro que he abierto debería haber sido el primero: esta semana he empezado, por fin, 'La montaña mágica' de Thomas Mann, en la edición que me regaló Silvia Grijalba, y no sé cómo tengo el valor de decir que no he leído todavía. He visto bastantes películas entre las que se incluyen bodrios pero también varias buenas o incluso muy buenas, como la argentina 'Rojo' o la francesa 'Vivir deprisa, amar despacio'; he tirado de Hitchcock y de Aristarain y también me ha dado por la ciencia ficción, como si no tuviera suficiente con los informativos, resistiéndome sin embargo a la tentación de volver a ver 'Chernobyl' pero cediendo a ver de nuevo 'Veep'. Huérfano de series nuevas, en las primeras semanas me enganchó 'The Act', un estupendo culebrón de terror de ocho capítulos.

He estado en fiestas por videollamada, descorchando botellas con alegría, y he asistido en riguroso 'streaming' a un festival de música electrónica desde el salón. En particular, estoy orgulloso de haber bailado varias veces delante de una cámara. Releo lo que he escrito y descubro que, así contado, podría parecer que he disfrutado de un confinamiento muy feliz, pero he tenido días en los que he llorado con motivos o sin ellos, he tenido y sigo teniendo sueños raros, he echado de menos demasiadas veces y no he podido dejar de hacer ejercicio, sobre todo por mi espalda. Me causa mucha pena comprobar que este país jamás estará unido, aunque también he sentido aprecio por muchos desconocidos. No creo que vayamos a aprender demasiado de esto más allá de la capacidad de resistencia de cada uno y me niego a pensar que la vida nos va a cambiar para siempre y a peor. Prefiero inclinarme por lo positivo, confiar en nuestra capacidad de resistencia y deleitarme con la posibilidad de un bello verano..

DÍA 52 (4 DE MAYO)

El mundo a través de dos rectángulos

POR RACHEL HAYNES. Si tuviera que dar una forma geométrica a mi confinamiento del coronavirus sería un rectángulo. O, mejor dicho, dos.

El primero lo delinea el marco de mi terraza y su contenido es la vista que se ve desde allí, que ha sido mi única visión en primera persona del mundo exterior en las últimas siete semanas.

En principio la imagen podría ser una fotografía fija: el mar, que vislumbro cuando giro mi cabeza a la izquierda, las montañas que forman el horizonte en frente y los tejados de las casas que tengo delante cambian más bien poco.

Pero el día se convierte en noche -cuarenta y tantas veces desde que esto empezó-, el tiempo cambia de lluvia a sol y el color de los carritos de la compra de la gente de la calle va variando. Todas pistas reales de que la vida sigue allí fuera.

Menos mal que tengo el otro rectángulo, la pantalla de mi ordenador, para rellenar los huecos. Gracias a mis compañeros de trabajo, periodistas tanto aquí en Málaga como en todo el mundo, veo lo que no entra en mi vista real. Sé que sigue existiendo calle Larios –aunque sea sin gente-. Sé que sigue habiendo arena en la playa –aunque esté ocupada por gaviotas y golpeada por olas-. Y sé que sigue habiendo enfermos en el hospital, cuidados por los héroes a quien aplaudimos todas las tardes.

Y gracias a este rectángulo, y otro más pequeñito que es mi teléfono móvil, puedo seguir haciendo mi trabajo desde casa. Puedo asegurar que esta información que me van comunicando mis compañeros llega también a decenas de miles de extranjeros que viven en la provincia de Málaga y más allá. Lectores que sufren no solo un confinamiento físico, sino también una barrera idiomática que los separa de la actualidad a su alrededor.

Pero cuando desvío mis ojos de mis rectángulos, me centro en el triángulo humano que formamos aquí en mi casa. Un marido que sí sale a la calle y trae comida, ánimo y noticias del barrio, y un hijo de 14 años, que maneja responsablemente su rutina de estudios, vive su confinamiento a través de sus propias pantallas y es, como todos los que siguen creciendo, una prueba más de que el tiempo no ha parado. Siete semanas dan para mucho en esa carrera adolescente de niño a adulto.

Tengo que volver a fijar los ojos en la pantalla para ver el resto de la familia y amigos. Ahora curiosamente todos están a la misma distancia –que se podría llamar distancia Zoom– tanto los que están aquí en España como los que están fuera.

Escribo estas líneas el día 1 de mayo, pero cuando se las lea seguramente habré salido a pasear. Habré llegado a la playa, habré hecho un giro de 360 grados y habré comprobado con mis propios ojos que el mundo que no entraba en la vista desde el rectángulo de mi terraza sigue allí.

DÍA 51 (3 DE MAYO)

Confinamiento y autismo

POR EUGENIO CABEZAS. El martes 10 de marzo fui al colegio a llevar la matrícula de mi hijo pequeño, Víctor, que en septiembre se supone que comenzará primero de Infantil. Recuerdo que entrando el director me preguntó, ¿Eugenio, tú que eres periodista, crees que van a suspender las clases? Me quedé callado unos segundos, sin saber qué responder, pero le dije: «Parece que todo apunta a que sí, mira Madrid o Italia». En apenas cuatro días todo se precipitó. Desde entonces las jornadas se han convertido en un bucle en el que es difícil saber qué día de la semana es.

Aunque el teletrabajo no es nuevo para mí, pues llevo así desde que en 2006 empecé como corresponsal de Diario SUR en Benalmádena y Torremolinos, viviendo todavía entonces en la capital malagueña, antes de venirme en 2008 a mi pueblo natal, Nerja, sí lo es tener que organizar la semana sin las clases escolares ni las terapias de las tardes de mi hijo mayor, Hugo, de 8 años. Desde antes de los dos años está diagnosticado de autismo. Apenas habla, sólo algunas palabras para pedir lo que quiere.

Si esta situación nos tiene a todos sumidos en la incertidumbre y el miedo, para él no está resultando tampoco nada fácil. Sus problemas de sueño se han agudizado. La falta de una rutina diaria le está haciendo mella. En casa tratamos de que haga las tareas que nos mandan su maestra Ana, del aula específica, y su logopeda, Rocío, pero no es fácil. Aun así estamos consiguiendo muchos logros. Cuando notamos que está muy inquieto, lo saco a dar un paseo por el parque Verano Azul y el cauce urbano del río Chíllar. No me pongo ningún lazo azul, como recomendaron las asociaciones de autismo, porque no considero que tenga que ir marcado.

Cuando aún no se podía sacar a los niños a la calle, un par de veces fui increpado por transeúntes. Resultó muy desagradable tener que explicarle el trastorno de mi hijo. Una patrulla de la Policía Local me confesó un día que recibieron una llamada y, puesto que el agente que la atendió me reconoció por la descripción que dio, le dijo a la señora: «¿Usted sabe por qué ese padre ha salido con su hijo?» Con Víctor todo es mucho más fácil, aunque a la vez, absorbente. 'Papá, el tren', 'Papá, la pelota', 'Papá, jugar a la Wii'. La madre y yo nos turnamos para estar con él. Sabe que en la calle hay «un bicho» y por eso no puede ir a la guardería. «No hay colegio», repite.

Por si no fuera poco todo este entretenimiento, en casa también convivimos con un perro, Tino, un labrador de 5 años, que en contra de lo que pudiera pensarse por su edad (tendría que tener al menos 35 años humanos), parece más bien un cachorro. Siempre quiere jugar, sobre todo si escucha la palabra 'pelota'. Llega entonces el momento de sacarlo a la calle. Cuando el paseo es más corto de lo habitual, se frena en seco y me tira hacia el parque y la playa. Como su 'hermano' Hugo, él tampoco entiende de pandemias.

En esta montaña rusa de emociones, lo que más echo de menos en esta cuarentena es el gimnasio, al que en julio hará veinte años que empecé a ir. De hecho, estas siete semanas son el periodo más largo en estas casi dos décadas que he estado sin «mover hierros», como decían los veteranos cuando empecé. Para suplirlo, he vuelto a darle uso a la bicicleta estática que compramos hace un par de años y que hasta ahora empleábamos como perchero. También me gustaría volver a nadar en la piscina cubierta de Torrox con Hugo. En esto somos como dos gotas de agua. No hay sitio en el que mi hijo mayor sea más feliz que chapoteando en el líquido elemento, con su peculiar estilo a espalda.

Aunque estas semanas de confinamiento han sido frescas y lluviosas en la Axarquía, echo también mucho en falta bañarme y nadar en la playa. De hecho, creo que he roto con una tradición personal desde hace al menos una década: sumergirme como mínimo una vez todos los meses del año en el Mediterráneo. Espero que todo esto acabe pronto y podamos volver a disfrutar de la playa este verano. Aunque no me lo digan, sé que Hugo y Tino lo están deseando también.

DÍA 50 (2 DE MAYO)

Les dejo, que es mediodía

POR JUAN CANO. Siguiendo la estela de alguno de mis compañeros, me voy a tomar esto más que como un diario, como un confesionario. Lo admito, soy un poco hipocondríaco (sí, sé que tú ya lo sabías). O mejor aprensivo, que parece menos grave (me recuerda esto a lo del letón y el lituano del amigo Pablo Aranda). Si lees la RAE lo primero suena a enfermedad y lo segundo, a un estado de ánimo, así que me quedo con aprensivo, que si lo pienso mucho acabo teniendo las dos cosas. O ninguna, porque la verdad es que no me encaja la definición por lo de «sumamente pusilánime», con lo que a mí me gusta un sarao. Aunque lo de definirse es mejor dejárselo a los demás, que está feo hablar de uno, y más si eres periodista. Es curioso, ahora que lo pienso. Con un par de copitas de vino (nunca al volante, que a Aznar ya le costó un disgusto decir algo parecido) se te olvida hasta lo que te duele. Todavía no me he dado a la bebida con esto del coronavirus, al menos no definitivamente, pero si algo tengo claro es que, cuando todo vuelva a la normalidad, no pienso hacerme un análisis de sangre durante una temporada. Sí, lo confieso, le temo al resultado, aunque pongo poco de mi parte. El encierro me ha dado por la cocina (por visitarla, para qué nos vamos a engañar) y por castigarme. Y no hablo de flexiones, precisamente. En casa, el almuerzo se ha vuelto de pronto algo tan importante que empezamos a planificarlo el día anterior. Igual que las compras, aunque ahí me estreso bastante más (cualquier día voy al súper con el neopreno y las gafas de buceo). Siempre sigo un ritual que me ayuda a calmar mis neuras: las bolsas de frío por un lado para desinfectarlas antes de meterlas en el frigorífico, las del congelado por otro... Como me tomo mi tiempo, suelo ir a horas intempestivas, para evitar las colas, y busco siempre a la misma cajera, Auxi, que me entiende, no me mete prisa y hasta me ayuda a clasificar los artículos. El resto de la compra acaba en el trastero, en cuarentena, como los paquetes de Amazon, que se quedan una semana en la terraza (cualquier día se los lleva un águila o una urraca cleptómana, ahora que estamos todos encerrados y la naturaleza empieza a recuperar lo que es suyo, aunque esto seguiría siendo un hurto porque los he pagado yo). La cosa es que siempre detecto algún fallo en alguna parte del proceso -suele ser el móvil, o las gafas- y pienso «Juan, ya la hemos liao». Y ya como me dé por estornudar... Si algo tiene esto del coronavirus es que a uno le da tiempo a pensar demasiado. Y cuando lo hago, concluyo que, a este ritmo, para que el virus entre en casa lo va a tener que hacer escalando, aunque seguro que dentro de poco le descubren una nueva propiedad y el que se tiene que ir al trastero soy yo. Recuerdo la era A. D. C., Antes Del Coronavirus (el acrónimo no es mío, se lo tomo prestado a mi hermano Lillo), y todo eran prisas para calentar el túper y salir corriendo. Correr, correr y correr, y siempre para llegar al mismo sitio. Y ahora viene un puñetero virus, con lo que yo les temo, que no se sabe bien si procede del pangolín, del murciélago o el perro mapache (mira que me gusta comer, pero juro que no los he probado en mi vida), que lo que sí es seguro es que viene de China (tampoco he estado nunca, y voy a hacer como con el análisis de sangre, lo voy a dejar por un tiempo), y nos resitúa a todos en el mundo. En lo importante que es la higiene personal, algo tan sencillo como lavarse las manos. En cuidar un poco más a nuestros mayores, como ellos hicieron de nosotros, aunque ya no nos acordemos porque éramos demasiado pequeños y todavía inocentes. Y en que los superhéroes no son los de los cómics. Ahora que todos salimos a las ocho a aplaudir a los sanitarios, pienso en los recortes, que obligaron a muchos de ellos a hacer las maletas, y en que hasta hubo que ampliar el delito de atentado (lo siento, la cabra tira al monte) para castigar las agresiones que a veces sufren. Por cierto, que mi prima Vanesa, que es enfermera y emigró a Milán para buscarse la vida hace ya unos años, empezó a avisarnos en febrero de que lo de allí venía para acá, pero no lo vimos venir. Aquí va la última confesión del día: cuando me advirtió de lo que pasaba en Italia, a primeros de marzo compré agua para tres inviernos. No, no me dio por el papel higiénico. Se ve que como soy de Almería y allí tenemos desierto, le temo más a quedarme sin agua; cosas del subconsciente. Con los sanitarios pasa como con los mayores. Cuidar al que te cuida, o te ha cuidado alguna vez, no debería ser una norma, sino una vocación. En definitiva, y por sacarle el lado positivo a las pandemias, quizá todo esto ha servido para recordarnos lo que es importante: la salud (a mí no me hacía falta, la verdad, que yo ya llevaba la preocupación de serie) y pasar tiempo con la familia. Les dejo, que es mediodía.

DÍA 49 (1 DE MAYO)

Días de ordenador, teléfono y lecturas

POR ÁNGEL ESCALERA. El ser humano tiene una capacidad de adaptación asombrosa; se acostumbra a todo. Eso me ha ocurrido a mí. Aunque llevo más de mes y medio de confinamiento, los días han discurrido con rapidez. En este tiempo de enclaustramiento he tratado de mantener la calma, pese a que eso es difícil en el oficio periodístico, por el bien de mi salud mental. Echo la vista atrás y me parece que fue ayer cuando empecé con el teletrabajo. Si algo define a este método que permite cumplir con la actividad laboral es que no deja lugar para el aburrimiento. La característica principal es que te pasas las horas delante del ordenador y pendiente del teléfono. Son las herramientas empleadas para sacar adelante la tarea que hay que llevar a cabo en esta etapa tan extraña, en la que somos protagonistas involuntarios de una pandemia que se seguirá recordando dentro de cien años cuando a nosotros ya no nos recuerde nadie. Hemos entrado a formar parte de la historia sin haberlo pedido.

Como decía, las nuevas tecnologías nos facilitan la labor, pero a la vez nos hacen depender de ellas para casi todo. ¡Qué horror cuando el sistema nos desconecta y nos deja con la palabra en la tecla! En esos casos, nos sentimos impotentes; se paraliza nuestro trabajo y no sabemos si tirarnos de los pelos o tirarnos al suelo. Menos mal que contamos con técnicos eficaces que nos resuelven los problemas.

Bueno, a lo que iba. Mi vida durante esta cuarentena (que ya dura más de 40 días) se centra en una relación tanto de amor como de odio con el ordenador portátil y con teléfono. El sonido de las notificaciones de los mensajes que llegan me mantienen en tensión constante y se meten en mis horas de descanso, porque no me atrevo apagar el celular y dejarlo fuera de servicio (castigado en su caja), aunque debo confesar sin pudor que más de una vez he sentido ganas de estrellarlo contra la pared, sobre todo cuando ha sonado a horas intempestivas, así como de dar vacaciones indefinidas y no remuneradas al ordenador. No lo he hecho, claro está. Sin en ellos, en la actual tesitura, estaría más perdido que el famoso barco del arroz.

Por tanto, como asegura el refrán, si no puedes con tus enemigos, únete a ellos. Así que mimo el ordenador y cuido el teléfono como si fueran unos fieles compañeros inanimados que me hacen la existencia más grata, pese a que en ocasiones los maldiga en arameo, o en lo que yo creo que es el arameo, una lengua de la que no tengo ni la más remota idea. Ni la voy a tener. De eso estoy tan seguro como de que el coronavirus nos ha cogido como a las cigarras, cantando tan felices y sin ver lo que se nos venía encima.

Como me paso muchas horas sentado, escribiendo las informaciones que se publican tanto en la web de SUR como en la edición impresa del periódico, procuro hacer algo de ejercicio físico y desentumecer los músculos a lo largo de cada jornada . Yo soy un buen caminante, un andarín vocacional. Voy a pie a todos los sitios que puedo, que son muchos. Ahora, a falta de calle, buenos son los pasillos y el salón de mi piso para hacer los 20 metros casa. Al menos, muevo las piernas o las piernas me mueven a mí. Según como se mire. Y es que el que no se consuela es porque no quiere.

Por las noches, antes de que el sueño me deje grogui como a un púgil sonado, me dedico a una afición que combate cualquier atisbo de tedio: la lectura. Durante el encierro he leído las novelas 'Alegría', de Manuel Vilas y 'El mapa de los afectos', de Ana Merino; ahora estoy con 'El caballero encantado', de don Benito Pérez Galdós, del que este año se cumple el centenario de su muerte. Con Galdós se aprende más de la historia de España que con los libros de muchos sesudos historiadores.

También he releído una obra que viene muy al pelo de lo que estamos sufriendo en estas semanas de reclusión: 'La peste', de Albert Camus. En la página 33 de la edición que tengo en mi biblioteca hay una frase que, aunque referida a los habitantes de Orán, ciudad en la que se desarrolla la epidemia de peste, resume a la perfección la crisis sanitaria por la que atraviesa el mundo en este año bisiesto de 2020: «Se creían libres y nadie será libre mientras haya plagas». Pues eso. Que no somos nadie.

DÍA 48 (30 DE ABRIL)

Un embarazo confinado

POR ÁLVARO FRÍAS Hoy ha sido un buen día. Quién lo diría cuando Carmen y yo nos hemos subido esta mañana al coche bien separados y cubiertos con guantes y mascarillas. Cuando hemos caminado por una calle Larios desierta, en la que solo destacaban algunos de esos héroes anónimos que visten de uniforme y que nos cuidan cada día. Cuando hemos llegado a la consulta del ginecólogo y las pocas parejas que estábamos en la sala de espera nos mirábamos con recelo.

Todo ha cambiado cuando por fin, en el diminuto monitor en el que se mostraba la ecografía, hemos «visto» (tengo que admitir que a estas alturas del embarazo aún me cuesta ver la imagen nítidamente) a la pequeña Elena. Después, el doctor nos ha dicho que todo sigue muy bien y, entonces, ha empezado a ser un gran día. Porque por poco que vea de esa pequeñita, ya desde ahí dentro, me alegra cada segundo.

También a su mamá, de la que estoy orgulloso por lo bien que lleva su embarazo, teniendo en cuenta todo lo que el coronavirus ha cambiado en nuestras expectativas. No hay caminatas por el paseo marítimo para lucir esa preciosa barrigota, ni caricias de la familia para sentir las constantes patadas de la pequeña (no para quieta, solo espero que sea más tranquila cuando nazca). Es la peor parte de todo esto, en una sociedad hipercomunicada, en la que estamos en contacto permanente, todo el avance de la tecnología no puede transmitir el calor de ese abrazo, por ahora, prohibido a los nuestros. Pero estamos bien. Sanos, y por ello hay que dar gracias.

Carmen aguanta esa relativa compañía que le hago. Porque, no nos engañemos, con el teletrabajo no se para. Paso las horas delante del ordenador y conectado a mi otra mitad, a mi Juanito, con el que prefiero no contar las horas que hablamos al cabo del día. Debo reconocer que pasan rápidos, entre la faena diaria y ese ratito de deporte que procuro no dejar ningún día porque me hace sentir muy bien, me despeja.

Cuando me paro a ver qué pasará después de esto, es inevitable no pensar en la pequeña. Estará con nosotros muy pronto y entonces el agobio por la situación a la que nos enfrentaremos por el dichoso virus me roba buena parte de los pensamientos. Pero no hay miedo. Somos afortunados por la llegada de Elenita, con ella y por ella podremos con todo. Además no estamos solos, tenemos la ayuda de los nuestros, algunos de los que, por desgracia, ya la cuidan desde el cielo.

DÍA 47 (29 DE ABRIL)

Trampas en la oca loca

POR FRANCISCO GUTIÉRREZ ¿Quién nos iba a decir que pasaríamos meses encerrados en casa, saliendo apenas para hacer la compra? Cuando todo esto empezó, albergábamos esperanzas de poder celebrar la comunión de nuestra pequeña. Faltaba más de un mes, y nos mandaban a casa por dos semanas... ¡Ilusos! El vestido espera colgado del armario. Pasó la fecha de la comunión, hemos celebrado el cumpleaños de nuestra hija mayor en casa, en familia, y quedan aún otros dos más que tendremos que pasar en la intimidad de la familia. Se hace raro no poder salir a la calle a celebrar un cumpleaños.

Los paseos con Clara serán un respiro, ahora que se permiten, pero ella se resiste a salir a la calle. Todos nos hemos acomodado a vivir y trabajar entre cuatro paredes y el exterior nos asusta. No es para menos: lo que nos decían que era como una gripe resulta que ha acabado con miles de vidas, de puestos de trabajo, de ilusiones y de proyectos de futuro.

El confinamiento nos ha enfrentado a nuevos retos. El del teletrabajo, eufemismo que podemos traducir como ordenador y teléfono abierto todo el día. Mi jefa es casi una más de la familia. «Te llama Barreales», me dice mi hija cuando suena el teléfono. Puede ser a la hora del desayuno, en la comida o en la sobremesa. Ninguno tenemos horario de trabajo. El otro día, un compañero pedía a Bori una foto, ¡a la una de la madrugada! «¿Has visto la hora?», preguntaba el fotógrafo. «Perdona; el maldito teletrabajo!», contestaba. Sí, el teletrabajo ha acabado con los horarios y va camino de hacernos perder la cordura.

En esta crisis sanitaria y social estamos viendo el valor de la información, de los periódicos y de los periodistas. Como el resto de compañeros, raro es el día que no tengo que dedicar tiempo y esfuerzo en aclarar informaciones que resultan ser falsas. La más reciente, que el Gobierno eliminaba la jubilación anticipada de los profesores. Un bulo más. La sociedad parece valorar el papel de los medios en esta crisis, pero, ¿qué pasará después? En el horizonte se vislumbran nubarrones en forma de cierres y despidos. Trabajar con esa incertidumbre genera desasosiego. En manos de los que hoy valoran nuestro trabajo está que lo conservemos.

Como en tantas familias, los padres tenemos que hacer de profes de la pequeña, imprimiendo fichas, explicando las lecciones y ayudando en las tareas. O de jugar el papel de padres intransigentes cuando tratamos de mantener unos horarios de sueño o de estudio pero, sobre todo, el reto de no perder los nervios, de mantener la calma, de conseguir una convivencia pacífica de cinco personas en un piso de 90 metros. Aunque con una terraza con vistas al mar. Sí, somos unos privilegiados, vivir en Málaga y con la playa al lado es un auténtico privilegio.

En nuestro recinto, Carlos, un chico del bloque 6, pone todas las tardes música, después de los aplausos. Hemos tenido sesiones temáticas, música de películas, canciones infantiles de los años ochenta. Después de tantos años viviendo aquí, encuentras en las terrazas caras desconocidas, personas con las que apenas te has cruzado en la calle. O parejas jóvenes, quizás recién llegadas. Echamos de menos a la señora del sexto del bloque 4. Salía todos los días, con su pelo negro largo y una bata celeste. Ya estamos preocupados por su ausencia.

Días antes de que el coronavirus nos estallara en las manos llegó a nuestro bloque, a nuestra misma planta, David, un señor canadiense ya jubilado. Se vino a Málaga porque le gusta el sol, el calor y los paseos por la playa. Lo vemos paseando por la casa y saliendo a la terraza, desde la que se ve el mar. Está solo. Jóvenes de nuestro recinto le hacen la compra. Y yo recojo su basura. Si algo bueno podemos sacar de esta situación es el valor de la solidaridad.

Entre las pocas salidas está la de ir al quiosco. Me lo recuerda cada sábado mi hija Clara. Se ha aficionado a los pasatiempos infantiles de SUR. Le gusta sobre todo el sudoku. Los fines de semana sacamos el tablero del parchís o de las 'tortas locas'. Casi siempre me gana. Desde bien pequeña ha sido una gran tramposa. Ya lo hacía hace unos pocos años con su abuela Sule (QEPD). Ahora, yo, como mi madre, miro para otro lado o me hago el despistado cuando cuenta de más, se salta una casilla de castigo o avanza de torta en torta sin sacar la puntuación. Entre prórroga y prórroga del confinamiento seguimos jugando, perdiendo yo la mayoría de las veces. Todo sea por la sonrisa de mi hija. Y confiando en no caer en la casilla de la muerte, en la que ahora se dibuja un virus, la que nos haría retroceder hasta el punto de salida.

DÍA 46 (28 DE ABRIL)

El teletrabajo y el silencio están sobrevalorados

POR FRANCISCO JIMÉNEZ. He de confesar que, al principio, le llegué a coger el gustillo a esto del confinamiento. No por lo del teletrabajo, que evidentemente estaba sobrevalorado, pero a falta de calle, qué mejor que exprimir esta especie de paréntesis forzoso en el trajín diario para disfrutar al máximo de la familia. Desayunar, almorzar, merendar (he vuelto a merendar) y cenar juntos es maravilloso. Con tres peques en casa, el objetivo era tratar de relativizar todo lo que está pasando y tenerles entretenidos. Ya saben, juegos de mesa, dibujos, un rato de cocinillas (mi nueva especialidad son los churros) y antes del baño un poquito de deporte en el salón. Nada especial, lo mismo que en cualquier hogar, pero lo cierto es que entre el trabajo, el colegio, las extraescolares, la superagenda de cumples de cada fin de semana y que los cinco no somos precisamente ermitaños lo de dedicar un día a estar encerrados en casa no entraba en nuestros planes.

Y menos un mes y medio. Tampoco ir celebrando sus cumples sin pisar la calle. Ni experimentar como peluquero, tanto a máquina como a tijeras. El primero que se atrevió a ponerse en mis manos, el mediano de 8 años, se tiró dos días con la gorra puesta en cada videollamada con los abuelos, los tíos y los amigos. Menos mal que la Comunión ya había sido aplazada. La experiencia es un grado, y el salto de calidad se notó en el mayor, de 10 (ahora 11), que vio cumplido su deseo de tener una raya a la altura de la sien aprovechando que lo de no salir iba para largo. Tan mal no lo haría cuando el peque, con sus 6 años recién cumplidos, lloraba para que le cortara las puntas de su rubia melena. En cambio, la mami no se atreve. Y bien que hace.

Insisto en que lo del teletrabajo estaba sobrevalorado. El periodismo se ejerce en la calle, así que cualquier salida para hacer un reportaje se convierte en un chute de moral entre horas y horas pegado al teléfono y al ordenador. Sinceramente, no echo de menos la Redacción del periódico, pero jamás pensé que podría echar tanto en falta a quienes la llenaban de vida. La otra familia, con sus consejos, sus risas, sus vivencias, sus confesiones… En fin, es lo que nos ha tocado.

¿Hasta cuándo? Uno es optimista por naturaleza, así que para huir de cualquier amenaza de ver el vaso medio vacío en el plano personal y laboral he comprado la filosofía de plantearme la vida día a día. O partido a partido, como dicen en el fútbol. En casa también somos futboleros, así que el pasillo es ahora nuestro terreno de juego. Al menos, hasta que vuelva a darle una mano de pintura. De momento ya han caído las habitaciones y este finde tocará el salón. Ese salón que se ha convertido en despacho durante todo el día (bendito teletrabajo), en aula por las mañanas y en sala de juegos por las tardes. Ah, también en zona de acampada nocturna. Todos mezclados, y todos juntos. En una familia numerosa en la que la palabra silencio no existe, encontrar un rincón para concentrarse en el trabajo es complicado entre dudas escolares y disputas internas entre el tridente, pero al final creo que lo he conseguido.

Ahora empezamos a salir. La primera escapada en familia fue el lunes por la mañana. No se me ocurre mejor forma para celebrar los 11 años del mayor. El portátil del trabajo apagado 24 horas por primera vez en mes y medio. «Pues el día ha estado bastante bien», comentaba antes de irse a la cama. Es increíble la capacidad de adaptación de los niños.

Lo que no llego a comprender es ese optimismo que en los últimos días se encargan de trasladar desde el Gobierno central y desde la Junta de Andalucía. Con miles de contagios diarios y con una lista interminable de fallecidos, nuestros dirigentes empiezan a hablar ya de la vuelta al cole, de la apertura de tiendas y de que en unas semanas podremos volver a juntarnos (no demasiado) en los bares. Benditos bares. ¿En serio? Está bien ir pensando en el 'después' y en esa 'nueva normalidad' porque el sustento de muchas familias depende de ello, pero ese mensaje que transmiten puede volverse en nuestra contra en forma de relajación por parte de la población. Ojalá no sea el cuento de la lechera.

DÍA 45 (27 DE ABRIL)

Un respiro en la terraza

POR AGUSTÍN PELÁEZ. En casa estamos tres en teletrabajo, mi hijo mayor, mi mujer y un servidor. El menor, que estudia Ingeniería Industrial, también lleva confinado en casa desde el inicio del estado de alarma. Se lo ha tomado tan en serio que no sale a la puerta de la calle. Como mucho se asoma al porche. A veces pienso que cuando salga se va a quemar con el sol, así que le pediré que se ponga protección. Aunque es él primero en decirnos que es bueno que nos dé el sol por aquello de la vitamina D. Los dos son mayores de edad y a veces se comportan como si fueran los padres, pero en general lo llevamos bastante bien.

De vez en cuando salimos a hacer la compra. La hace el que dispone de más tiempo en ese momento. Lo mismo hacemos a la hora de tirar la basura. Durante estas más de seis semanas de confinamiento he descubierto la terraza, un espacio hasta ahora infrautilizado de la casa. Salgo a respirar aire. Al vivir a un tiro de piedra del mar, en ocasiones se puede hasta oler el agua marina. Y pienso entonces que no me resignaré a tomar el sol rodeado de mamparas, porque eso más que ir a la playa debe ser como meterse en una sauna, pero claro, quien iba a decir que hace menos de 45 días íbamos a tener que estar confinados acosados por un virus microscópico que no sólo ha cambiado nuestras vidas, sino que es capaz de acabar con ella.

Mi hijo mayor recordaba que siendo un niño su abuelo le contaba que una cicatriz que tenía en el vientre era fruto de haber estado en la guerra, que se la produjo una metralla en el fragor del combate. La realidad es que era del apendicitis, pero le encantaban aquellas batallitas del abuelo y comentaba, en voz alta, el poco glamour que tendrá cuando le cuente a sus nietos o a sus hijos que allá por 2020 todos teníamos que ir al supermercado con mascarillas y con guantes, y que no nos podíamos acercar a menos de dos metros de otras personas por culpa de un virus.

La terraza es el espacio al que cada día, a las 20.00 horas, me asomó para aplaudir el esfuerzo que hace mucha gente en este país para protegernos a los demás, porque no puede haber nada más heroico que el trabajo de los sanitarios para proteger y curar a las personas contagiadas sin los medios de protección adecuados; la labor que realizan los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, la de los miembros de la Fuerzas Armadas que han ayudado a desinfectar infraestructuras esenciales o en el trabajo que realizan cada día los empleados de los supermercados, el de los agricultores y ganaderos e incluso los camioneros para que nada nos falte.

Recuerdo que cuando regresaba de la última edición de Fruit Attraction de Madrid, en octubre de 2019, a la que había acudido enviado por SUR para seguir la presencia de las empresas agroalimentarias malagueñas en esta feria, ya en el AVE de regreso a Málaga había en mi mismo vagón un grupo de turistas japoneses. Aquellos días estaba algo acatarrado y empece a toser. Con todo disimulo, el japonés que estaba más cerca cogió su mochila y tras lavarse las manos con un gel hidroalcohólico que llevaba en el interior se colocó una mascarilla. Por supuesto, no me sentí ofendido. Me pareció un tanto curioso, incluso exagerado. El hombre era algo mayor y en aquel momento pensé que lo hizo pensando en que no quería que se le chafara el viaje turístico por culpa de un resfriado. Ahora soy yo el que vigila que nadie tosa cerca cuando voy al súper, a la panadería o al kiosco. Por cierto que es un agobio llevar la mascarilla. Se me empañan las gafas y no hay nada que lo remedie, siempre me las termino quitando. Menos mal que para las distancias cortas me las arreglo, pero como soy miope, de lejos no veo ni torta.

Lo que peor llevo es no haber podido despedirme de un amigo que se ha ido para siempre en este periodo. Me hubiera gustado abrazar a su mujer y a sus hijos y acompañarles.

Echo de menos visitar alguna almazara, un invernadero, una plantación de aguacate o mango para ver cómo van y hablar con los agricultores de tal o cual variedad de fruta o verdura, de cuándo plantan o de cómo va la cosecha, visitar La Mayora, la lonja de un puerto en plena subasta, ver a un ganadero en su día a día para que me hable de su trabajo. Tengo una larga lista de empresas 'agro' que me gustaría conocer in situ y que espero visitar pronto. Después de varios años escribiendo casi a diario de temas agroalimentarios muchas veces pienso que no sé pensar en otra cosa. Para mi, que soy de 'Provincias', ha sido un descubrimiento. Me encanta y lo disfruto, porque es un sector apasionante del que cada día aprendo, me sorprende y admiro. Creo que habría que aplaudirles también a diario, porque hay muchos productores que lo están pasando mal debido al cierre de la hostelería y la restauración, pero siguen al pie del cañón.

La mayor parte del tiempo que llevo en SUR la he pasado escribiendo desde la delegación de Vélez, sin el ruido ni el calor de una redacción arropándote. Quizá por ello, cuando voy al periódico a Málaga trato de buscar un ordenador situado en una zona poco ruidosa y me voy casi siempre, si hay sitio libre, al espacio en el que están los compañeros de la edición en alemán e informática. Ahora, después de tantos días de confinamiento me digo que la próxima vez que vaya me colocaré en el corazón de la redacción. Hasta entonces, vaya también ese aplauso de cada tarde desde mi terraza para todos mis compañeros, a los que admiro un montón.

DÍA 44 (26 DE ABRIL)

¿Y después? Después ya veremos

POR MANOLO CASTILLO. No sé cómo calificar este confinamiento porque jamás imaginé vernos en esta situación. Quizá porque no soy muy aficionado a las películas de ciencia ficción, aunque a partir de ahora comenzaré a verlas con otros ojos. Vi 'Contagio' y me parece increíble cómo en 2011 se pudo narrar con tanta verisimilitud lo que estamos viviendo en 2020 con el coronavirus. Ya nada nos puede parecer imposible.

Tengo que reconocer que el confinamiento voluntario es desde hace algunos años una de mis aficiones preferidas. Encerrarme en la casa con los míos y mis cosas. Por eso desde el primer día del estado de alarma supe que lo difícil no iba a ser el 'estar' sino el 'ser'.

Cuando se prohibió el tabaco en 2011 en los lugares públicos pensé que iba a ser prácticamente imposible por la forma de ser de los españoles. Y me equivoqué. Ahora, la prueba ha sido mucho mayor y se ha superado también. Pensar en casi todo un país encerrado en casa podía parecer inverosímil, pero ha ocurrido. Lo que pienso es que los efectos de estas semanas sólo lo veremos dentro de algún tiempo, porque ha sido todo tan surrealista y estrambótico que no puede ser inocuo. Tantos días con tanta gente haciendo cosas tan extrañas debe ser algo que marque para siempre. Es como si de repente todos hubiéramos participado en una película, como si en el fondo nada fuese real, como si todos esos personajes que aparecen casi a diario en nuestra televisión fuesen una ficción. Ha sido como si los espíritus de Instagram y TikTok se hubieran apoderado de los hogares españoles y el propio día a día fuese un 'storie', con sus 'likes', sus comentarios y sus 'emojis'. Lo mismo convertíamos la cocina en un plató de 'Master Chef' que el salón en una pista de 'cross fit'. No hemos cogido el coche, no hemos ido a un restaurante ni a un bar, no hemos tomado una caña con los amigos, no hemos ido a pasear. Si uno se pone a pensar, esto ha sido, y está siendo, muy loco.

Y entre todas las cosas, nos hemos dado cuenta, una vez más, de que las cosas no son como son y que pueden ser diferentes. Podemos trabajar sin ir a trabajar y podemos vivir sin salir de casa. Y sin fútbol, algo que en algunas casas habrá sido una especie de expediente X. Ha sido tanto el impacto que me temo que puede haber muchas personas que no tengan mucho interés en terminar el confinamiento y piensen que como en casa en ningún sitio. Los habrá que la angustia o los niños entre 0 y 10 años le habrán consumiendo toda la energía. Y los habrá que cuando salgan de casa se sentirán extraños.

Eso sí, a obedientes no nos gana nadie. Hemos asumido todas las órdenes sin rechistar, a pesar de las numerosas contradicciones. La gran pregunta es: ¿Y después de todo esto, qué? Pues ya veremos, frase que se ha convertido en el mantra del confinamiento. Este domingo parecía el día de los Reyes Magos; dejaron a los niños sacar de paseo a los padres. Y mañana, pues mañana ya veremos.

P.D. El teletrabajo es, realmente, un invento maligno. Es convertir el ordenador, el móvil y tu cabeza en el punto sobre el que gira toda su casa durante 24 horas al día, siete días de la semana y 30 días al mes.

DÍA 43 (25 DE ABRIL)

La ventana indiscreta

POR JAVIER RECIO. Me he convertido en un voyeur. Lo reconozco. La curiosidad me ha podido, no sé si habrá sido por mi condición de periodista. Este confinamiento, del que ya han pasado los cuarenta días que en principio parecían suficientes, me ha permitido descubrir a mis vecinos, a los que antes no hacía caso, quizá porque en las horas de llegada a casa tras el trabajo siempre reinaba la oscuridad. Ahora no. Ahora paso muchas horas junto a una ventana a la que de forma reiterada torno la mirada para ver no se sabe muy bien qué, porque ya lo tengo todo más que escrutado. Bueno, confieso, miro para ver lo que hacen mis vecinos, que lógicamente también están confinados.

No cojo los prismáticos como James Stewart en la magnífica película de Alfred Hitchcock, aunque he de reconocer que me dan paranoias como le ocurría a este magnífico actor. Mi casa está rodeada por otras cinco. Y para husmear (oler o 'goler' en malaguita) me suelo asomar a la ventana, o mejor dicho a las ventanas, para escudriñar lo que hacen mis vecinos. Los moradores de enfrente acaban de tener un bebé y sé que sobre las once de la mañana siempre lo sacan para darle un paseo entre los cuatro perros que tienen. El chaval se ve que está a gusto, porque nunca lo he escuchado llorar. Sobre las cinco de la tarde van a una muralla medianera que tiene con otra vecina para echar un rato, aunque la conversación casi siempre gira sobre lo mismo: lo guapo que está el niño. Confieso que a esa hora abro la ventana para oír y, si es posible, escuchar para ver si sueltan algún cotilleo. Pero nada. No rajan. Mientras tanto, Coco, mi perro, también se sabe los horarios pues sale del porche y gira la cabeza hacia arriba para comprobar si le digo algo o, más bien, si escucha sonar la cadena, que es sinónimo de darle un paseo. Por mi curiosidad lo tengo algo olvidado. Qué perro es, pensará el can de mí.

En el lado este de la casa hay un vecino que siempre está metido en el garaje haciendo no sé muy bien qué. Se ve que le gusta el bricolaje y tiene además un aparato muy extraño que le permite volar gracias a un gran ventilador que se coloca a su espalda. Mis hijas, de 21 y 15 años, dicen que es raro y que les recuerda a esos actores de películas vespertinas de domingo que acaban cometiendo crímenes. Yo dudo, aunque al final no me dejo llevar por las sospechas de Stewart, al saber que es policía y que además es un gran tipo. Raciocinio, por favor. A los vecinos del lado oeste lo observo por la ventana de la habitación, a la que voy para estirar las piernas. Vale, me han pillado, voy para mirar. Son una pareja de guiris belgas que acaban de comprar la casa y que andan con la idea de acabar con las hormigas en su parcela de 2.500 metros. Me he acordado de San Agustín (ahora me ha venido bien estudiar en Los Olivos), que le dijo a un niño que era imposible sacar en su pequeño cubo el agua del mar. Pues estos están todo el día fumigan que te fumigan. Cosas de guiris. Con ellos viven dos jóvenes, que ya me he enterado que tienen 27 y 23 años. Mi total desconocimiento de su francés (si hubiera estudiado en el Liceo...), me hizo creer en un principio que eran sus hijos, hasta que en un día de avistamiento vi cómo se estaban morreando. Por fin sé que es su hijo y su novia. Qué espía más chungo soy. Necesito demasiado tiempo para enterarme bien de las cosas.

Por último, desde la ventana de la cara sur de la casa, la del baño, contemplo a una familia mixta, compuesta por un australiano y una gallega que tienen dos hijas pequeñas, que se han trasladado también a la misma hace unos meses. Se ve que prevalece la inconsciencia del guiri, porque divisé en pleno mes de marzo a las pequeñas bañarse en la piscina cuando subió algo, muy poco, la temperatura. También le debió de subir al padre, al australiano, que se bañó en pelotas. Debe ser nudista. Me puse a pensar si hiciera lo mismo en mi piscina, aunque lo descarté porque también podría verme en un momento dado él, aunque creo que en la comparación no saldría mal parado...Es broma, me he venido arriba. Que tampoco es para tanto. La verdad es que estoy entretenido con lo que podría ser un remake rural de la gran película del maestro de suspense, que podría titularse 'El visillo alhaurino'. No estoy mal, aunque echo de menos mandar whatsapps orales a mis compañeros, a los que veo en la redacción desde mi pecera indiscreta... Ánimo a todos, ya queda menos.

DÍA 42 (24 DE ABRIL)

Un día menos para la locura de la normalidad

POR JUAN CAMACHO. Importa poco los días que llevamos de cuarentena. Ya son muchos. Demasiados.

Todo empezó como una aventura. Sin duda lo está siendo, pero la emoción de empezar algo desconocido se ha ido evanesciendo con el paso de los días dando lugar a la incertidumbre y al miedo.

Antiguamente, el epicentro de las vidas era el hogar. Hoy, en la mayoría de los casos se ha convertido en un lugar donde dormir y poco más. Eso sí, la cercanía a los centros de ocios es primordial. Al criarme en Marchena, a 60 km de Sevilla, en una época de malas carreteras, mis padres apostaron por una gran casa donde el tiempo tenía su propio ritmo. Donde pasar días era una delicia, tumbado en el patio de columnas, sobre el suelo de loza buscando el sol que entraba a través de la «vela» (toldo que a gran altura tapa el sol cegador de la campiña sevillana). Entonces tenía perros. En distintas épocas. 'Nova' y 'Bulky'. Cockers ingleses negros. Mi padre, abogado, atendía en su despacho con parsimonia y paciencia infinita a sus clientes: buscadores de miseria de parientes muertos, carroñeros, depredadores... en fin, gente en pos de la esperanza de arrancarse los problemas que les torturaban y depositarlos en el despacho del letrado. Pero cuando toda esa jauría se iba, él se encerraba en su laboratorio fotográfico o se dedicaba a leer, a escribir, a pintar o a tocar la guitarra. Mi hermano mayor tenía su estudio de pintura. Mi madre era el alma de la casa. Y mi hermano Ricardo era querido y apoyado por todos. Yo lo veía todo desde abajo. Era el pequeño.

Y, ahora, otra vez ahora, las casas son el centro de todo.

Trabajar en Diario SUR como asesor de publicidad supone estar siempre en una montaña rusa de emociones. No siempre se puede comercializar los productos que deseas, pero siempre se ha de estar al pie del cañón. Intentándolo a brazo partido con el alma entregada a una causa común. Los compañeros hacen la vida mucho más fácil. Somos un grupo de profesionales que siempre deja un hueco para unas risas, unas palmeras gigantes de chocolate o unos churros. Y todo, esta atmósfera maravillosa que muchas veces da aire y sentido a un trabajo mucho más duro de lo que pudiera parecer, ha pasado a un segundo plano con el teletrabajo. Los ratos de desahogo ahora son ocupados por poner un desayuno a los tres cachorrillos de niños que tenemos que cuidar, a inventarte un juego nuevo, a pensar qué se come hoy, a restablecer la contraseña de Netflix (bendito sea) que a Pablo de 3 años de edad le da por tocar cada dos por tres, a entrar en la página web del colegio para ver los deberes que les tocan esa semana o para ir al Banco Santander que está saliendo de la puerta de mi dormitorio-despacho a la derecha, que es dónde mi mujer ha establecido su teletrabajo.

Merece mención aparte la extraordinaria entereza de los niños. Reconozco que los míos tienen mucha suerte al contar con un pequeño jardín donde, cuando el tiempo lo permite, pueden jugar y desfogar. Inventar mundos. Crear tsunamis. Levantar muros con su imaginación que le salven de la pandemia y de la histeria de los mayores. Pero la realidad es que llevan un mes sin salir de casa y esto lo están sufriendo se den cuentan o no.

Hacer de lo extraordinario algo cotidiano se he convertido en una exigencia durísima; ahora no sólo se trabaja desde casa durante ocho horas y ejercemos de padres el resto del tiempo. Ahora somos a tiempo total (con ERTE incluido): asesores, padres, maestros, médicos, psicólogos, cocineros, limpiadores, jardineros y en contadas ocasiones, cuando las fuerzas y el deseo lo permiten, amantes de tu pareja.

Recuerdo en estos días la película protagonizada por Bill Murray: 'El día de la marmota', aunque el nombre real era 'Groundhog Day (Atrapado en el tiempo)', más que otras de infectados y de virus. Es lo más parecido a uno de mis días. Siempre igual. Al menos, Bill podía salir a la calle. Yo, ahora, no tengo perro, sólo tengo tres hijos y una espléndida mujer. Así que me tengo que quedar en casa con los gritos de alegrías o de enfados de los niños, ya no los distingo, mientras me asomo a la terraza y veo personas caminar con sus perritos, deseando que se acabe la comida para poder ir al Maskom con mi mascarilla y mis guantes cual cirujano ante operación de corazón abierto, aunque yo lo tengo «encogío».

Desde esta habitación del confinamiento desde donde veo las luces del aeropuerto fantasma sin apenas aviones, la noche repara los resquemores de un día más, de un día menos para volver a la «locura» de la normalidad.

DÍA 41 (23 DE ABRIL)

Periodismo desde 'La Batcueva'

Diario de una cuarentena: crónicas del coronavirus

POR EMILIO MORALES . El diez de marzo cumplí treinta tacos. Era lunes, y pensé que lo mejor sería hacer una fiesta por todo lo alto el fin de semana. Lo que no sabía es que ya no habría más fines de semana. Desde hace tiempo vivo en un piso del centro con dos amigos de la infancia, y cuando sobrevolaba la idea del confinamiento reflexioné durante un segundos: tengo dos opciones, vivir un mes encerrado en un piso con dos colegas que están sumidos, maldita sea, en un ERTE, o volver a casa de mis padres, en la que hay un bonito jardín y sobre todo, 'la Batcueva'.

La Batcueva es un gimnasio que montó mi padre en nuestro garaje, y me recuerda a cuando Batman se retiraba socialmente y comenzaba a entrenar en silencio. Una bici de 'spinning', el press banca y la barra de dominadas son mis compañeros de batalla, siempre acompañado del teléfono móvil. Realmente, llevo muchos años teletrabajando, y con lo que respecta a mi trabajo estoy acostumbrado a reutilizar espacios de mi casa convertidos en improvisados despachos. Soy caótico, y nunca escribo desde el mismo sitio, incluso muchas de las llamadas las hago montado en la bici -he encontrado la posición perfecta para que el móvil no se caiga después de varios accidentes-.

Me siento afortunado de poder contar historias en este tiempo, y son muchas veces las que me dan el aire fresco que necesito. Aunque, no os quiero engañar: Estoy bien. Gracias a Dios mi familia no está afectada por el virus, y está siendo una experiencia curiosa volver a casa sin contar los veintitantos. Considero esto un regalo, meses en los que poder convivir con mis padres sin los embistes de la adolescencia, y conociéndonos de otra manera. Se respira buen rollo, sobre todo en la cocina. Echamos de menos a mi hermano, médico residente en Sevilla, uno de los que como dice mi nueva sección, está en primera línea.

Ahora mismo tengo a mi madre enfrente, profesora de inglés de cuarto de ESO. He escuchado un reading sobre Corea del Sur 37 veces, pero ella parece mantener la vocación y corrige a sus alumnos virtualmente con mucho cariño. Mi padre acaba de subir de la Batcueva, una hora y veinte dice que ha estado. Disculpad, me suena el móvil. Tengo que dejaros. Cosas del teletrabajo.

DÍA 40 (22 DE ABRIL)

...Y después del confinamiento, ¿qué?

POR ANTONIO GÓNGORA . La cuarentena confunde a mucha gente. Las ideas, los planes, las perspectivas y hasta la salud van cambiando a medida que avanzan las semanas. Unos días piensas que el confinamiento debería seguir más tiempo para garantizar la seguridad, mientras que otros quieres que todo acabe, aunque no sabes muy bien para qué. La normalidad que viene será nueva, diferente y con ciertas similitudes a este periodo de encierro. Hasta que no exista el medicamento o la vacuna adecuados, el temor seguirá presente para realizar cualquier movimiento, al margen de las restricciones. Todos nos preguntamos cuándo podremos hacer determinadas cosas que tenemos en mente, que hasta marzo eran habituales. Esa inquietud permanente, quizás también por un exceso de responsabilidad o preocupación, afecta de muchas maneras, lo que te impide disfrutar de una tranquilidad imprescindible.

Creo que la desesperación no responde al completo al siempre indeseable confinamiento, sino que va más allá y no desaparecerá con la nueva 'libertad', sino que se mantendrá hasta que no exista el aval médico que nos permitan retomar a la normalidad real y contar con la confianza necesaria para salvaguardar la seguridad al máximo nivel posible (todos tenemos familia cercana o conocidos muy vulnerables, sobre todo por la edad). Las precauciones por no contagiarte al salir de casa se pueden convertir en una obsesión. Hasta las mascarillas y los guantes te parecen insuficientes para acercarte al supermercado. El miedo no sólo es libre, sino que va y viene.

Intento teletrabajar en mi casa de la forma más cómoda, pero no es nada fácil. He realizado un 'tour' por las zonas que me gustan en busca del lugar que más me atrae. Y no parece existir ninguno adecuado. Estaba acostumbrado a trabajar desde mi domicilio en ocasiones puntuales, pero las circunstancias son las que han cambiado. Nunca consigues desconectar por completo ni tampoco acabas antes la jornada (en mi caso, más bien al contrario). El problema sigue siendo el mismo: la intranquilidad que te mantiene más pendiente que nunca de cualquier movimiento personal o informativo.

Y en el fondo me considero privilegiado, porque en otras profesiones todo es más complicado. Hay muchos perjudicados directos en este momento por cuestiones sanitarias y también económicas, pero los efectos colaterales afectan de una forma directa a los niños, que por fin podrán salir, y a los adolescentes, de los que apenas se habla y que seguramente están sufriendo más este confinamiento. Están en el momento de su vida en el que las relaciones personales son fundamentales, vitales. Y seguramente pasará algún tiempo hasta que sea posible esta comunicación, como la del resto.

Parece que el final del confinamiento no acaba con el problema. Sólo y exclusivamente una vacuna eficaz acabará con esta pesadilla. Lo que se desconoce es cuándo ocurrirá eso. Mientras tanto sigo buscando en mi casa cuál es el lugar en el que me siento mejor para teletrabajar, algo que se puede alargar mucho más que el estado de alarma. Ahora esperamos la llegada del fútbol y del arranque del trabajo para el Málaga. Salvo contratiempo, sí habrá partidos, pero serán sin espectadores en los estadios, sin ambiente. La televisión volverá a ser imprescindible mientras esperamos la liberación...

DÍA 39 (21 DE ABRIL)

Un día menos

POR MARINA MARTÍNEZ . «Hello, hello / I'm at a place called Vertigo». Y ahí resuenan los U2 mientras sigo dando vueltas. Más que vértigo por lo que viene, es mareo por la caminata. Hasta que te acostumbras y acabas andando una hora por la casa con los irlandeses, Coldplay, los Rolling, Lori Meyers o Vetusta Morla en la oreja. Una mezcla ecléctica, la mejor para recorrer de punta a punta el paseo marítimo, y más allá, como siempre he hecho en la era anterior al confinamiento. Ahora sólo me lo imagino, no queda otra. Como ver el sol cada día o andar por la orilla del mar. Quien me conoce sabe que no puedo vivir sin ellos (del chocolate y la ensaladilla rusa hablaré después). Pues estos días, ni mar ni apenas sol. Parece que una confluencia astral se haya alineado para quitárnoslo todo de golpe. Y aquí eso afecta. Especialmente si has crecido y vives en Torremolinos, como es mi caso. Por no hablar de esos guiris que te cruzas con calcetín blanco y sandalias, que no es un tópico, doy fe. Pues hasta eso se echa de menos en una zona que ni en los peores días de invierno podía pensar encontrarme tan muda.

Veo la estampa de camino al supermercado. Una odisea, por cierto. Sólo pensar en la preparación para salir, ya da pereza. Aunque para protegerme nunca he tenido problema. Cuando más escaseaban las mascarillas, mi madre, que vale para todo, se preocupó por hacerme alguna casera para salir del paso. Pero ni con unas ni con otras resulta agradable ir a comprar, la verdad. Entre eso, la cola para entrar y la tensión que se respira dentro con las dichosas distancias de seguridad vuelves a casa con un ataque de ansiedad, como bien dice Miguel Ángel Martín (@tunomandas), el actor malagueño que se ha ganado a medio país con su particular diario a través de las redes sociales. (Yo me incluyo, por cierto).

En SUR también tenemos nuestro diario. Aunque para mí en realidad es como una especie de día de la marmota. Y decir esto en un mundo como el periodismo ya es difícil. ¿Que seguimos siendo periodistas en casa? Por supuesto, en casa y donde nos pille la noticia. Pero salir, patear la calle y relacionarnos con la gente también es vital para un periodista. Y yo añadiría algo más: compartir redacción con un gran equipo profesional y humano. Y el nuestro es de lo mejorcito, todo hay que decirlo. Desde Local y Cultura hasta Web, Arte, Fotógrafos o Deportes. Consultar, debatir, referir y reírnos juntos no lo puede sustituir ni la mejor app. Que esa es otra. Entre videollamadas y whatsapp hay poco respiro. Te despistas un momento para una necesidad básica y has perdido el hilo de alguno/s de los múltiples grupos (que a su vez, además, se van reproduciendo). ¿Cuesta? Sí, pero es la única forma de estar constantemente conectados. En general con toda la redacción, y en particular con mis compañeros de sección. Edición y cierre para más señas. Gracias a ellos se lleva muchísimo mejor el encierro. Aunque nos falten las muletillas de Antonio Ortín, los palmeteos de José Miguel Aguilar, los abrazos de Rafa Ruiz, el «otra cosa mariposa» de Pedro García o la parafernalia de gadgets que monta y desmonta cada vez que llega y se va mi inseparable Rafa Cortés. Al menos, cada tarde nos vemos en nuestra reunión virtual. Y se agradece, la verdad, en la soledad de cada uno de nuestros rincones casi de ermitaños.

Dice mi gran amigo Sergio Lanzas que nos lee en estos diarios y le parecemos personajes de ficción. Yo diría que de ciencia-ficción porque nos ha tocado vivir una situación inédita. Aun así, podemos sentirnos afortunados. Por tener salud y porque no estamos en primera línea de fuego como tantos profesionales que arriesgan su vida a diario por salvar otras. Somos una actividad esencial, sí, y eso dice mucho en estos tiempos. Pero hay que reconocer que no es fácil coordinarse y hacer un periódico desde un mapa tan extenso de casas como el nuestro, las cosas como son. Afortunadamente, o no, estamos conectados casi 24 horas. Ya saben, el periodismo no entiende de horarios. Tener el ordenador en casa tampoco.

Entre los temas pendientes de escribir y la edición y cierre del periódico y de los suplementos, que nos ocupa hasta bien entrada la medianoche, se nos pasan los días. Eso sí, en zapatilla de deporte como mínimo. No llego al nivel de estilismo de Piluqui (quizás al lector le suene más como Pilar R. Quirós), pero me niego al babuchismo, y por supuesto al pijama. También los días libres. Si algo me está enseñando esta cuarentena es que hay que estar siempre presentable. Suele caer alguna videollamada que te pilla a traición y no es plan de ir en bata. La reputación por los suelos de un plumazo. Eso y la batería del móvil, que hay días que hace falta cargar hasta dos y tres veces. Entrevistas, reuniones por Meet, videollamadas por whatsapp... un no parar. Y los días de descanso, con los amigos, y en muchos casos, también compañeros. Siempre que no andes ocupada limpiando, ordenando cajones o haciendo alguna receta como la tarta de queso de Dani García (tenía que salir tarde o temprano).

Sí, yo también soy de las que está aprovechando para retomar mi afición por la repostería y hasta para hacer pan en casa. Aunque cada vez se está poniendo más difícil. Levadura y harina son bienes preciados actualmente, como lo fue el papel higiénico en su momento. No importa, si no comemos piquitos. Nunca serán como los que nos ofrece Francisco Griñán en los almuerzos junto a la máquina de bebidas y tentaciones varias, pero con la ensaladilla rusa vienen de lujo. Quien me conoce también sabe que soy una fan incondicional de este plato. Como del chocolate. Por eso echo tanto de menos mis visitas a la taberna Uvedoble, por la rusa y por ese kinder en tres texturas que cae siempre de postre. Será el primer restaurante al que vaya cuando se levante la veda, ya se lo he prometido a Willie. Muy a pesar de Antonio Jiménez, su Ta-Kumi tendrá que ser el segundo, que también hay 'mono' de japo. Como yo, sé que hay muchos que están intentando ahorrar para poder recuperar el tiempo perdido y poder compensar de alguna forma esos cierres. Tengo algún amigo que incluso se ha agenciado una hucha para ir reservando lo que se gastará en comer cuando podamos.

La operación biquini ya la hemos dado por perdida, la hostelería no. Todo lo contrario. Es clave en nuestra economía. Y además hay ganas de volver. No son pocos los que me lo recuerdan por redes sociales o por whatsapp. En el mío hay grupos como 'Jalandomochis', 'Disfrutones comilones' o 'Michelines', con eso lo digo todo. Yo, que además suelo escribir de gastronomía, siento un gran vacío (también en el estómago). Acostumbro a ir al restaurante de uno y de otro, hablar con ellos, estar al tanto de lo que se cuece, descubrir nuevos proyectos... y, de repente, frenazo. Cuesta aún digerirlo. Como pensar en mi última escapada a Madrid con los amigos allá por finales de febrero. Va a ser verdad que el destino existe. ¡Lo que nos hemos acordado! Apenas a tres semanas de que todo cambiara. Como una antes, cuando estaba de cumpleaños multitudinario con otra de mis inseparables del periódico, y ya también de la vida, Ester Requena. Allí compartimos abrazos, besos y hasta platos. Lo normal. Nunca hubiéramos podido imaginar que siete días después sería lo anormal.

Desde entonces, el coronavirus ha copado la gran mayoría de las páginas. Prácticamente todo gira en torno a un mismo tema. Y lamentablemente creo que así seguirá siéndolo mucho tiempo. Confío en que sea lo justo para dejarnos salir del pozo dignamente... y para no odiar demasiado al Dúo Dinámico. Lo del himno de la cuarentena ya se nos está yendo de las manos. Antes que 'Resistiré', yo prefiero decir «un día menos». Ese es mi himno. Así me despido de mis compañeros cada noche una vez cerrado el periódico en ese hervidero de whatsapp en el que nunca falta el buen humor. No es por nada, pero somos los mejores autoanimándonos. Sabemos que lo importante es estar bien, lo demás ya vendrá. Estamos convencidos. Entonces, cambiaré la canción de U2: de 'Vértigo' a 'Its a beautiful day'.

DÍA 38 (20 DE ABRIL)

De 'La Bella y la Bestia' a 'Wonder Woman'

POR ANTONIO J. GUERRERO Son las 6,30 de la mañana. Me levanto como eran mis días normales del estrés de mi intensa vida. Esta vez no tengo que elegir el pantalón de chándal ni la camiseta: toca buscar qué mascarilla ponerse. Me dan las 4, las 5 y las 6 y ya no puedo estar más en la cama. Con una sudadera, enciendo la luz del salón y empieza la jornada en la redacción que me he traído al piso. Ya no salgo por las mañanas para ver salir el sol por mi Antequera, pasando desde Santa Eufemia al Portichuelo, subiendo y bajando cuestas para hacer la foto de cada mañana con la silueta de la Peña de los Enamorados y subirla a Instagram, compartida por corazones desde todos los lugares.

Mientras que se enciende el ordenador, la luz de flexo ilumina la muñeca que mi hija dejó anoche en el sofá. Y es cuando sigo soñando. Esta situación me está permitiendo estar todo el día con ella. Cada noche, antes de cenar, nos ofrece a Lorena y a míun espectáculo de magia o un baile de una canción. Sin esperarlo, la otra tarde me pidió que ensayara con ella, una canción con la que bailábamos juntos cuando apenas tenía 2 años: 'La Bella y la Bestia'.

Ella empieza a guiar mis pasos, me muestra el camino con una coreografía increíble, con la puerta cerrada para que su madre no nos vea. Y llega el estreno. No recordaba que se podía ser tan feliz, con el simple hecho de bailar, aunque hagas de 'bestia. Cuando estás a punto de seguir con el sueño, el móvil empieza a vibrar. Toca ponerse la mascarilla de la actualidad del día a día.

Sé que soy raro, uso las listas de Twitter y selecciono qué leer. Empiezo por la prensa nacional, para centrarme en la provincia, periodistas compañeros, referentes, amigos (no voy a citaros por si me dejo alguno atrás, pero sois a los que les doy me gusta o retuiteo a primera hora). Luego, intento ponerme bien los guantes y la mascarilla al pasar por encima de la clase política. Si antes los entendía poco, ahora es que ya no les comprendo. Y, con la puerta cerrada, mientras leo whatsapp, recibo la primera llamada de la mañana. Se trata de un profesional de primera fila de riesgo, ha pasado otra mala noche, necesita desahogarse como cuando yo los llamo. Le tocó estar al lado de una persona que se nos fue. Otra más. Y acaba de llegar a casa y no sabía con quién llorar. Sus hijos no han podido estar en su exhalación, pero ellos le dieron la mano en el momento. Y no podrán verlo para despedirse. Y lloramos juntos, sin saber qué decirnos, pero con el final asegurado: ¡Saldremos y venceremos! Ambos sabemos lo que es superar una batalla.

Tras el desayuno, la profe de mi hija ya ha mandado la tarea y se pone a hacer sus deberes, siempre con su madre al lado (lo sé, lo reconozco, necesito mejorar en la conciliación, es mi tarea pendiente) y la escucho seguir aprendiendo a leer. Cumplió 5 años en el confinamiento y pregunta cuándo podremos celebrar su cumple con la familia y los amigos. ¡Qué grandes son los pequeñajos! Pero llegan las 10, hora de la videoconferencia para la rueda de prensa municipal. Ves el mismo rostro en todos los compañeros: han dormido mal, están preocupados y desean vernos ante los políticos. Desde el Ayuntamiento, intentan dar su parte del día. Toca escribir, avance para el digital y ver qué puede quedar para el papel.

Nuevo cambio. Toca salir a dar una vuelta para esa fotografía única de las calles semivacías. Me ha tocado buscar la nieve a principios de abril o las iglesias vacías con sus calles y plazas en plena Semana Santa. Con la mascarilla puesta, los guantes y el tarro de alcohol, fusiono trabajo con las compras. Es un ritual comprar el periódico en el kiosco de mi amigo Juanma, la fruta en la tienda de mi barrio de trabajo y el pan y la carne al lado de casa. Hay tensión, estrés, miedo, ansiedad. Ya son menos, pero sigue mucha gente mayor sin protección. Mejor no hablar de los días de las pensiones en los bancos. ¡Distancia, por favor!

Y va llegando el mediodía, la Junta ofrece los datos diarios y dos o tres veces a la semana da los datos oficiales, del área sanitaria de la Comarca de Antequera, sa que tanto clama recuperar la ciudad y que ahora vuelve para buscar esperanza en su hospital. Avance de la actualización, pena por ver la cifra de difuntos a la que hay que sumar los de otros finales. Pero, ¡qué dolor más grande el no poder despedirte en persona, ni poder abrazar a su familia ni estar con ellos en su despedida! Y te levantas, abrazo a mi mujer y doy un beso a mi hija. ¡No sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos!

Mediodía, recibes un correo de la hija de Francisca y Rafael, o una llamada de la amiga de Santiago y Lourdes: ¡quieren dar las gracias y compartir buenas noticias! Y recuperas la sonrisa. Es como el Periodismo: buscar historias a pie de calle y no dejarte cautivar por los comunicados oficiales, que sólo comparten lo que quieren cuando les interesa, si es que no lo adelantan en sus redes sociales. Y les llamas, te emocionas al sentir que no les importa decir que han tenido el virus y quieren mandar un mensaje de optimismo. O que los amigos le ofrecieron la boda que tuvieron que suspender. ¡Qué subidón de moral el ponerte ante una página en blanco y poder escribir historias diferentes, donde fusionas el Periodismo con la Literatura!

Tras el almuerzo, la pequeña siesta me puede. Descanso más que por la noche. Y llega ese momento de sobresalto que hay que seguir. Y escribes, llamas, miras, lees, contrastas, escuchas y escribes. Y sin esperarlo, la alegría de la casa nos invita a salir al balcón. Son las 20 horas. Soy de los que aplaudo, ondeando la bandera de Antequera al viento y hasta me dejé llevar en Semana Santa para dar un minipregón a los vecinos. ¡Qué buena gente! Muchos nos hemos conocido estos días. Y, mientras, la pequeña Eufemia deja su timidez, se asoma por el balcón, aplaude y me susurra: «¡Papá! ¿Por qué no te pones el casco de Darth Vader y matas a los bichitos con el sable láser?». La miro, me emociona y le prometo que lo haré.

Es el momento de dejarte llevar por el niño que aún llevo dentro, y mirar esa otra mascarilla y salir a la calle con ella y ponerme frente al COVID-19. Mientras, abro muñecos de mi colección de 1977 a 1983 (los coleccionistas como Moret saben lo que eso significa). Ella me lo pide y hago todo lo que quiera. Sólo me queda lo del perrillo... Tiempo al tiempo.

Y es cuando cambia mi sensación de la 'princesa' a mi 'guerrerrilla', la que coge su muñeca de 'Wonder Woman' y simula sus batallas, con el resto de sus juguetes. Es hora de bajar la basura, ducharse, cenar, el espectáculo de cada día y acostarse. Rezamos, lectura del cuento de cada noche y la pequeña duerme. Mientras, en el salón, nuestra improvisada redacción, queda la pizarra, con la fecha del día escrita por ella, un dibujo del «bichito» y el apunte del día: la familia, recuerdos, animales...

Y llega la noche, con las máscaras por elegir para el día siguiente: la que nos protege del coronavirus, la del trabajo de periodista, la del padre con cámara y móvil en mano o la del padre de la princesa Leia, el de Star Wars, que se emociona al ver cómo la pequeña de 5 años, espera el día que pueda celebrar su cumpleaños con sus amigos, su familia y salir de nuevo a la calle. Mientras los adultos protestamos por todo; ellos, los más pequeños, quieren volver al colegio y nos están dando una lección de cómo reconducir esta sociedad: esperanza, sinceridad, imaginación, aplausos, sonrisas y ganas de salir a la calle. Sigo el confinamiento: ¿aprenderé de esta nueva batalla? Lo intentaremos con el Periodismo como estandarte y nada más, pero nada menos, decía mi maestro y padre Ángel Guerrero. Y, cómo no... ¡siempre sale el sol... por Antequera!

DÍA 37 (19 DE ABRIL)

Redescubriendo aficiones pasadas (con ropa cómoda)

POR ANDREA JIMÉNEZ Me mudé a esta casa justo un mes antes de que se decretara el estado de alarma. Me estaba adaptando bien a mi nuevo barrio, me parecía un regalo poder vivir a tan solo unos minutos de la playa de Pedregalejo y de su bullicioso ambiente. Ahora parece una locura pensar en volver a ver pronto esas terrazas tan llenas. En mi primer mes aquí (o en mis últimas semanas de libertad, depende de cómo se mire) disfrutaba todo lo posible de mi nueva ubicación: paseos y comidas cerca del mar, que me encanta. Y de repente todo cambió. Ahora más que nunca, agradezco ser periodista y poder contar las historias surgidas de esta situación tan excepcional y desconocida. Son muchas las personas que se están dejando la piel y son muchos los voluntarios y voluntarias que están ayudando en lo que pueden desde sus casas.

El teletrabajo me mantiene ocupada, y está haciendo que los días pasen con cierta rapidez. En mi tiempo libre, he redescubierto mi afición a los videojuegos: la Nintendo Switch me está salvando la cuarentena. Lo que fue uno de mis mayores pasatiempos en la preadolescencia (por aquel entonces la primera Nintendo DS) ha vuelto en estos días, con la única diferencia de que ahora no tengo a mis padres en casa para que me regañen por jugar mucho. Aunque no sé si en estos momentos lo harían, hay que solidarizarse un poco con los niños y con la situación.

Pero tranquilos, padres, no solo dedico mi tiempo libre a jugar a videojuegos. Además de las tareas del hogar, he hecho mis primeros pinitos culinarios, he ordenado mi armario, veo películas y series, leo libros y hago videollamadas con mi familia y amigos, a los que echo mucho de menos.

Mi reordenación de armario tiene una premisa clara: la ropa cómoda primero. Los pantalones anchos han tomado el control. Después de un mes, ya empieza a cansarme este look, y hay días que me levanto con ganas de vestirme un poco más mona, como las 'influencers' que veo en Instagram, que no sé como lo hacen. Pero me dura poco. Como mucho, me pongo un vestido que sea cómodo.

Esta casa es luminosa, algo que se agradece mucho en estos días. Por suerte tenemos terraza, un espacio que se ha convertido en el comedor del fin de semana y en un rincón (pequeño) de pensar en lo que estamos viviendo y en lo que está por venir.

Parece que el confinamiento se alargará otros quince días (yo lo tenía claro). Pues es lo que toca. Mi salida más loca seguirá siendo ir a tirar la basura, mientras pienso en poder volver a bajar esta calle y dar un paseo por la playa. Y conducir hasta San Pedro para ver a mi familia. Creo que nada será igual después de esto, nuestra forma de pensar y de vivir será diferente. Espero que a mejor. De momento, me quedo en casa, en la que no vivo sola. Fernando, mi compañero de vida y ahora de televida, me acompaña en esta aventura diaria junto a Trufa, nuestra perrita, que no entiende lo que es una pandemia.

DÍA 36 (18 DE ABRIL)

Esto nos ha reseteado de arriba abajo

POR SERGIO CORTÉS Soy un privilegiado: tengo trabajo, tengo un modesto chalé con patio, tengo dos hijas ya 'mayores' y no tengo familiares directos o amigos contagiados por el coronavirus. No me puedo quejar lo más mínimo. Pongo todo eso en la balanza cuando en este largo mes de confinamiento me da por reflexionar sobre cómo nos ha cambiado la vida de un plumazo y, sobre todo, cómo nos va a cambiar incluso después de que esto se resuelva... cuando se resuelva. El optimismo que tengo de serie choca de bruces con la enorme incertidumbre que nos atenaza estas semanas. Echo de menos tantas cosas y a tanta gente que comienzo a asumir que nada va a ser igual. Porque los días ahora son más largos (y no precisamente por el cambio horario) y deseo como nunca que salga el sol, que haya claridad, que esté todo despejado. Y en eso, conviene valorarlo, también soy (somos) un privilegiado por vivir donde vivo.

El confinamiento nos ha obligado a variar hábitos, a reinventarnos, a priorizar la pausa, a valorar la cercanía de la familia, a meditar sobre el ritmo acelerado de nuestras vidas y, creo que no es ninguna cursilería, a añorar un beso y un abrazo. Pero también, acostumbrados como estábamos a vivir exclusivamente el presente, nos ha obligado a plantearnos el futuro. El cercano y el lejano. Desde cuándo volveremos a nuestro lugar de trabajo o cuándo se reanudarán los colegios a cuánto costará la recuperación económica.

También el confinamiento está poniendo a prueba nuestra capacidad de aguante ante innumerables situaciones, cada una en su momento, pero sinceramente no le doy la más mínima importancia a cualquier discrepancia por la convivencia o el teletrabajo. ¿Acaso es lógico hacerlo ante la pérdida de tantas vidas día sí y día también? Es lo que más me enrabieta: ver cómo se pasa de puntillas sobre la cifra diaria de muertos (la traslado, por ejemplo, a cuántos accidentes de avión diarios tendrían que producirse y me asusto) y, sobre todo, tratar de asimilar que sus familiares no pueden despedirse de ellos.

La sensación es que nadie sabe a ciencia cierta cómo es el enemigo. Cada vez surgen más dudas sobre los síntomas, sobre si puede afectar también a jóvenes o a personas sin patologías, y hasta sobre la eficacia del bicarbonato. Teorías y más teorías, elucubraciones y más elucubraciones, predicciones y más predicciones. Por eso nos ponemos en la piel, especialmente, de los sanitarios y salimos a aplaudir cada tarde. Porque de repente hemos valorado que están ahí (cuando siempre han estado y estarán) y porque sabemos que luchan con tirachinas frente a un adversario descomunal. Y no lo digo sólo por los medios, sino por la dificultad que entraña desconocer toda la maldad del virus contra el que se pelea.

Es evidente que no olvidamos a los policías, los militares, los empleados de supermercado, los repartidores a domicilio, los camioneros, los agricultores, las empresas de alimentación y distribución, o a aquellos también expuestos en las farmacias (como mi 'hermano' Paco) o las gasolineras. Pero yo me levanto todos los días pensando en los quiosqueros, en esas personas que permiten que nuestro teletrabajo en SUR tenga una incidencia real, en que el trabajo de esta familia llegue a todos. Y también en nuestros suscriptores de la web, receptores al minuto de nuestro esfuerzo.

Echo de menos tantas cosas... Mientras las llamadas y los mensajes de whatsapp se suceden en jornadas maratonianas que no parecen tener fin, echo de menos mi casa de Doctor Marañón, aquella en la que he pasado más años de mi vida, con mi Rosaleda enfrente. Echo de menos a todos mis compañeros, aquellos con los que comparto plaza de aparcamiento, charla en la recepción o la administración, saludos en el rincón del café y bromas y debates en cualquier lugar de la redacción. El coronavirus y el confinamiento nos han reseteado de arriba abajo. Los 'memes' de los primeros días ya se han reducido drásticamente y nuestra capacidad de aguante está permanentemente a prueba. Yo me afano en cambiar de mesa de trabajo y en buscar un rato para salir al patio para andar, en elegir qué libro leer y en tratar de cumplir con las tareas domésticas encomendadas. Mi mujer, Marisa, es una perfecta coordinadora y mis hijas, Alba y Yaiza, andan liadas con sus tareas de la Universidad y de cuarto de la ESO. Toda la maquinaría está perfectamente engrasada para hacer más llevadero este inesperado e insólito trance.

Por eso, por encima de todo, no me quejo. Pienso en mi madre (enclaustrada en casa con la agenda tan repleta que siempre tiene), en mis amigos con niños pequeños, en aquellos que viven en espacios reducidos o de la caridad, en tantos cuya situación laboral es precaria o está en peligro... Pongo todo eso en la balanza y soy un privilegiado. He aprendido más que nunca a valorar lo que tengo.

DÍA 35 (17 DE ABRIL)

Jorge, Adolfo, el periodismo, la casa y yo

POR VANESSA MELGAR . Tengo un niño de 20 meses. Fin. Así de escueto, e intenso, podría ser mi diario de una cuarentena. Jorge rebosa energía. «¡¡Ya te enterarás, ya!!», me decían las madres experimentadas. «Ya me estoy enterando, ya», digo yo. Me imagino que el cordón umbilical no se ha cortado y que a través de él me descarga. Es un ciclón. Desordena y ordeno. Se lava los dientes y las manos a su manera. También se embadurna con body milk cada vez que lo considera (tiene una piel envidiable) y come solo con dos cucharas. El yogur le llega hasta el flequillo. Mi lavadora hace horas extras.

Pero Jorge también derrama alegría y con ella colorea nuestra cuarentena, la de Adolfo, mi compañero y su padre, y la mía. Él es militar, de Infantería de Marina, y hay jornadas que está en primera línea. A él y a sus compañeros, a los sanitarios, a los guardias civiles, policías, voluntarios de Protección Civil, transportistas, limpiadoras, cajeras... hay que agradecerles mucho, no solo en forma de aplausos. A los insolidarios... (palabrotas).

Yo sigo trabajando en casa, como autónoma y como antes de esta pesadilla, desde una habitación acondicionada como despacho (cuando me canso, me voy al salón con el portátil o a la terraza... bendita terraza). Me comunico con los compañeros del periódico por teléfono, WhatsApp o correo electrónico. Echo de menos la calle. Salir, con mi mochila con cámara y libreta, y no saber qué te deparará el día. Ahora es menos aventurero, con la responsabilidad de Jorge. Me estoy perdiendo Ronda en miniprimavera, antes del maxiverano. En esta época es especialmente bonita. La Alameda es mi sitio favorito, pero también la calle de la Bola. Como Jorge, derraman alegría. Son bulliciosas. Ahora, están mudas. Profesionalmente, tengo grabados muchos momentos pero hay dos que me han sobrecogido de manera especial. El primero fue cuando nevó copiosamente en Ronda y temprano, estaba amaneciendo, entré en la Alameda. No había huellas. Era la primera persona. El silencio resultaba inquietante. Me asomé a los balcones y la imagen de parte de la Serranía completamente blanca me impresionó. Era otro mundo, como el que se me reveló el primer día del estado de alarma, en la calle de la Bola. Ni un alma. Todo cerrado. Se oían mis pasos y los pájaros cantar. También otro mundo.

Me voy a perder el mayo rondeño, el mes en el que parece celebrarse todo: los 101 kilómetros de la Legión, la recreación histórica Ronda Romántica, la romería en honor a la Virgen de la Cabeza, María Auxiliadora, la Real Feria de Mayo...

Cansa escribir prácticamente solo del virus, aunque, afortunadamente, en Ronda y la comarca, la incidencia está siendo mucho menor y la presión laboral, por tanto, también; pero reconozco que la cuarentena me está ayudando a reconciliarme con la profesión. Desde mi burbuja hogareña y abstrayéndome de lo feo que rodea a este trabajo, teclear es más dulce, más tranquilo, más idealista... quizás siempre haya sido así y la vida, en todos los planos, no tenga que correr tanto, no perder de vista el foco, las cosas importantes, como ver crecer a Jorge, darse cuenta antes de que hay que renovar su armario porque los pantalones le quedan ya cortos. Mimarse. Yo tengo ahora hasta entrenadora personal, con la que practico cardio y pilates. Hay días que me mata.

Siempre me ha gustado escribir de temas humanos. En estos días hay historias que te sacan una sonrisa e incluso te emocionan. Me gusta conectar con la gente. A veces nos perdemos. Adoro a las personas que están educadas mediáticamente, las que consumen informaciones de medios serios, de referencia, como Diario SUR, las que saben apartar a un lado la basura. Odio las redes sociales, que ahora consumo más, ya que son una herramienta de trabajo. La mayoría de las noticias las escribo para la página web, al mediodía, cuando Jorge duerme. Añoro el papel.

No veo la televisión prácticamente, aunque me encanta Vicente Vallés. He llorado con el dolor de los que han perdido a sus familiares y amigos en estas circunstancias. Es duro no poder despedirse. Me he descubierto en la cuarentena más empática, también más perfeccionista y activa. He cambiado de sitio muebles y cuadros, he pintado el salón y hasta he planchado las colchas de unas camas. He hecho el cambio de armario. He cocinado tarta de zanahorias, brownie y bizcocho y tortillitas de cuchara, con acelgas y bacalao, típicas de mi pueblo, Algatocín.

Conciliar es difícil. Tejer la Vanessa madre, periodista y ama de casa no resulta exitoso la mayoría de las jornadas. Nos organizamos bien, pero la casa es agotadora y exprime estar pendiente de todo a la vez. No me gusta la rutina. Quiero salir a la calle y tomar café mientras hago una entrevista. Entonces me conecto de nuevo a la vida, a la realidad que nos rodea, me siento afortunada y el café, que me sabe a gloria, me lo tomo en casa con los míos. Estamos bien.

DÍA 34 (16 DE ABRIL)

Una habitación propia para la claustrofilia

POR MARÍA DOLORES TORTOSA . «Una mujer necesita dinero y una habitación propia para dedicarse a la literatura». Esta frase de Virginia Woolf en su ensayo sobre la mujer y la literatura, 'Una habitación propia', hizo que al montar la casa tuviera claro que habría un cuarto solo para mi, con mis libros, las estampas de flores, la colección de piedras y caracolas y los recuerdos de viajes. El trabajo de periodista me ha llevado a otros cuartos con libros y soledad, pero el confinamiento por el coronavirus me ha pillado en esta primera habitación propia. Las ausencias intermitentes la han convertido un poco en desván de 'cosas'; y no están en ella todos los libros, repartidos entre Sevilla y Antequera, pero tampoco hay mucho tiempo para leer o escribir novelas. La realidad del coronoavirus, «errática» y «poco previsible», tomando prestadas palabras de Woolf referidas a la inspiración, me tienen, como a todos mis colegas plumillas, supongo, enganchada desde la mañana a la noche a la Red. Unas veces escuchando una rueda de prensa sin periodistas, otras un debate parlamentario sin casi diputados; o viendo vídeos y más vídeos caseros de los políticos de todos los partidos con sus discursos sin preguntas (y sin respuestas) y leyendo y leyendo, pero no a los sabios y sabias de mi biblioteca, sino los mismos comunicados de todas las administraciones y organizaciones que llegan por correo electrónico o mensajería de las redes. El teletrabajo en casa ya lo conocía como corresponsal de información política regional durante una década en Sevilla, pero este periodismo telemático y virtual que hoy hacemos confinados es una novedad. ¿Ha venido para quedarse como la Covid-19? Ayyy...

Un periodismo de monotema. Es para aburrirse, sino fuera porque esta crisis coge forma de 'thriller'. El giro de la trama al final de cada capítulo engancha para el siguiente. Todos pendientes de la curva de contagios y fallecidos, esperanzados a un desenlace feliz, sabiendo que puede no serlo. No sé si los comunicados diarios del Gobierno y la Junta son como partes de guerra, pero lo parecen. Con ellos comienza la jornada de trabajo frente a la pantalla del portátil, el móvil y la tablet...

Confieso que yo también me evado con los memes de los 'whatsapp' de los grupos de amigos, aunque aún no he caído en la apuesta de colgar en las redes fotos de cuando éramos más jóvenes y cumplir con la máxima de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Desde luego que sí. Hay que buscar escapes al drama. Imagino en las casas a esos papás y mamás como los protagonistas de 'La vida es bella'. Ellos son mis héroes, como el personal de los hospitales, supermercados, policías y del campo. Y mi padre, apenas repuesto como ninguno en casa de la muerte de mamá hace tan pocos meses. Hemos descubierto el 'google meet' el día de su cumpleaños este abril confinado y me cuenta cada día las cien vueltas que da al pasillo con su andador tuneado. 'Resistiré' ha sido la sintonía de su vida y espero que siga resistiendo mucho más. Cada día aplaudo por todos ellos, pero hay veces que se me pasa la hora de las ocho. Mi calle es discreta; ya sé que hay otras que montan ferias. Estos días estaría celebrándose la de Sevilla...

Todos nos preguntamos cómo nos cambiará la vida el coronavirus y si volveremos a los hábitos de antes. Por ahora solo ir al súper me produce angustia. Imagínense yendo de hospital en hospital con un familiar con enfermedad crónica y de riesgo varias veces durante el mes de confinamiento. Es como acudir al frente. Lo he vivido y confieso que lo que más deseaba era volver a casa y a mi habitación propia. ¿Nos acostumbraremos tanto a esto que acabaremos sintiendo claustrofilia? La imaginación no me da para novelas, pero sí para fabricar fumigadores de lejía y artilugios de protección. Qué diría mi madre, que me sabía presumida, si me viera cómo he perdido el sentido del ridículo desde el primer día que salí a la calle con guantes de fregar los platos. Ahora mismo busco una garrafa grande de plástico para cortarla y colocármela en la cabeza como pantalla protectora.

DÍA 33 (15 DE ABRIL)

El poder de la lactancia (o el bendito 'momento teta')

POR REGINA SOTORRÍO Esta es mi segunda cuarentena en 2020. La otra se llama Leo y llegó en enero con 3,5 kilos de peso. Justo cuando el posparto dejó de doler y las hormonas ya me pedían calle, volvimos a encerrarnos en casa. «Este no era el plan», le digo a menudo en esos momentos que compartimos solo él y yo cada dos o tres horas, el bendito 'momento teta'.

Lo confieso: a veces lo alargo más de la cuenta o lo provoco antes de tiempo. Con su hermana «mayor» de apenas dos años y medio revoloteando por la casa, esos minutos con Leo enganchado a mi pecho se han convertido en una válvula de escape. Hasta Candela entiende ya, más o menos, que «mamá no puede» correr tras ella ni tirarse al suelo a jugar a las cocinitas si tiene a su hermano encima. Por eso, en cuanto veo la ocasión, me amparo en el maravilloso poder de la lactancia para alejarme del caos y echo mano del móvil para conectarme con lo que pasa ahí fuera. Y es entonces cuando alucino con lo que la Redacción de SUR es capaz de hacer. Los cientos de WhatsApp del chat del periódico me devuelven a la vorágine del periodismo, a un ritmo frenético del que no se baja ningún compañero en estos días raros. Cómo me gustaría que usted, lector, supiera la cantidad de horas y de esfuerzo (profesional y personal) que hay detrás de cada texto.

Yo les sigo en la distancia desde mi burbuja de baja por maternidad, con admiración por una labor impecable, con mucho orgullo de pertenecer a ese equipo y con cierta nostalgia por no estar con ellos tomando el pulso informativo de una circunstancia histórica. Echo de menos un bullicio y una tensión que sé que luego echaré de más, pero así es la condición humana. Y les echo de menos a ellos, mucho.

De vuelta a mi mundo, el día se pasa en un bucle sin fin de teta-pis-caca-gases interrumpido por un juego nuevo cada diez minutos y canciones infantiles de fondo que después se me aparecen en sueños. Para darle más emoción a este confinamiento, le hemos quitado el pañal a la niña. Al grito de «pipí» toda actividad se paraliza para comenzar una carrera de obstáculos hacia el baño. Cada vez que llegamos a tiempo a la meta es una fiesta. Cuando no lo logramos, se pueden imaginar lo que toca. Por suerte, tengo al mejor compañero de cuarentena posible, un padre corresponsable que no «ayuda» en casa: él hace que la vida en casa funcione. Mientras escribo esto, el buenpadre (como diría mi buena amiga Laura Baena, la 'Malamadre' jefa) prepara el segundo bizcocho de la semana (y, ojo, es miércoles) con los dos enanos en la cocina. Esta vez es de chocolate. ¡Bien!

El encierro ha sumado otra rutina a mis días: las videollamadas de cada tarde con los abuelos. Es curioso que ahora nos veamos más que antes, pero tanta pantalla tiene sus peligros. A la mayor le ha despertado una especie de complejo de 'mono de feria', o quizás es que la niña me ha salido artista: en cuanto escucha el teléfono comienza su número especial de canto y baile. «¡Mira qué hago!», grita en cada llamada, sea quien sea el interlocutor. Y para el pequeño sus abuelos son esos rostros mal encuadrados en un móvil que le dicen una y otra vez lo grande que está para lo chico que es. Pero hay una buena noticia que me repito a mí misma como un mantra, ya queda un día menos. Un día menos para pasear (¡qué ganas!) con Leo, para volver a compartir mesa y debates con mis compañeros y, sobre todo, un día menos para que me des todos esos abrazos que me debes, mamá

DÍA 32 (14 DE ABRIL)

La profesión va por dentro

POR ANTONIO ORTÍN He de admitir que a estas alturas, con un mes de confinamiento a las espaldas, vivir se ha convertido en una montaña rusa. Porque va por días. Es cierto que el empujón colectivo de ver cada día sin denuedo a los sanitarios, a las fuerzas de seguridad, repartidores, empleados de supermercados, etc; hasta el hecho de participar en los aplausos diarios en los balcones y de estar refugiado en casa con mi familia es el mejor soporte. Como dice un buen amigo, el 'eje' vital principal está fuerte. Lo malo son las incertidumbres, el dolor por lo que está pasando y, lo peor, el miedo a lo que se nos viene encima «cuando todo esto pase».

Pero más allá de lo trascendental, también es cierto que la experiencia está siendo todo un desafío logístico. Porque encerrar a una familia numerosa con tres adolescentes dentro de un piso está poniendo a prueba nuestra capacidad de organización y, como dicen los políticos en esa cursilada de moda, las 'costuras' del hogar. Hay que valorar, y mucho, que Nicolás, de 17, Cayetano, de 15, y Gonzalo, de 12, lo están llevando francamente bien. Hay ratos, evidentemente. La explosión hormonal ejerce de vez en cuando su energía desbordante, eso es inevitable, y provoca algunos roces. Pero en líneas generales no se les puede reprochar nada. No me imagino a su padre de adolescente en esta situación. Han entendido bien que está en juego la salud de todos.

Así que, bueno, vamos saliendo creo que con éxito. El secreto, si es que lo hay, es que desde el primer día hemos impuesto una rutina horaria que facilita mucho el reparto de tareas y la disciplina interna de funcionamiento. El salón de mi casa se ha convertido en un espacio de 'networking', con el nunca bien ponderado rincón para el ergómetro, donde mi hijo Cayetano sigue machacándose cada día como remero. A eso añadan que Nicolás, el mayor, tiene parte de su habitación convertida en un estudio de producción donde desarrolla su carrera como DJ bajo el nombre de Nortin. Si antes le dedicaba horas, ahora he perdido la cuenta del trabajo que lleva a cabo. Y el pequeño Gonzalo, que quema su incombustible energía en el pasillo de casa con las clases de fitness que su profesor de surf, Nacho Fernández Urdiales, le imparte por Skype durante estos días de cuarentena. Algún día habrá que contar la inmensa labor de este hombre con la juventud de Rincón de la Victoria.

En fin. Desde por la mañana que Cristina, mi pareja, arranca la 'oficina' de su empresa, Intermástil, concesionario oficial de carretillas Toyota, hasta que yo cierro la última edición del periódico por la noche, esto es un no parar. De hecho, no me explico cómo estando todo el día en casa tengo ahora menos tiempo que antes del confinamiento. Por cierto, que por mucho que digan los gurús del teletrabajo, para un periódico vale como solución provisional. Pero poco más.

La edición y el cierre de un proceso multimedia como el de SUR, con la web en constante actualización y las páginas llevadas al límite de actualización con el cierre nocturno, están sometidas a constantes cambios que requieren continuos flujos de comunicación. Y el teletrabajo ralentiza todo bastante. Es muy jodido no perder el hilo de ocho o diez grupos internos de WhatsApp, estar al tanto de la última hora vía Twitter o teletipos y avanzar en la edición. No, no es lo mismo que una Redacción por más que mi salón, a las siete de la tarde, sea un rumor incesante de repiqueteo de teclados con Radio 5 Todo Noticias de fondo hasta la madrugada, en la que que Rotativa confirma que lo tiene todo. No, no es una Redacción, aunque, qué quieren que les diga: uno es periodista en Martiricos, en la selva o en el trastero de tu casa. Esta profesión va por dentro.

Por lo demás, lo dicho, vamos saliendo adelante con cierta rutina. El día empieza con 40-45 minutos de deporte. Una sesión de abdominales que completo con un trabajo de core, fuerza y flexibilidad que me han puesto mis entrenadores del Real Club Mediterráneo. Es el cordón umbilical que me mantiene unido a una de mis pasiones, de mis válvulas de escape a la presión diaria: la natación. Cómo echo de menos el agua y los buenos ratos con mi equipo de veteranos del club, ahora que hemos aprendido a valorar todas esas pequeñas cosas que nos hacían tan felices y que no siempre apreciamos en su justa medida. Pero bueno, regresemos a lo cotidiano, que me vuelvo a poner trascendente. Pues ese ratito de trabajo, junto con el olor a lejía que me evoca el cloro de las piscinas, me mantiene la memoria alimentada. En fin, todo el mundo tiene una pedrada y la mía es esa, qué le vamos a hacer.

Después toca poner en marcha la casa, dejar planteado el almuerzo y poner a la tropa en pie para que se conecten a las clases virtuales con el instituto antes de arrancar el ordenador para adelantar artículos y reportajes; un tiempo muy valioso previo a la primera videoconferencia del día, la de puesta en página, que ya pone a mil la turbina de la elaboración del periódico hasta la madrugada. Lo que sí agradezco es el hecho de poder comer y cenar todos los días en familia, uno de esos regalos de los que te priva la vida antes conocida como normalidad. Hasta el debate entre mis hijos por ver a quién le toca recoger y fregar la cocina me suena a música celestial en estos tiempos de pandemia.

Lo que no me resulta tan grato es la visita al supermercado. Lo tenemos organizado para hacer una operación salida a la semana y hacer acopio hasta la siguiente. Pero he de admitir que se ha convertido en un agobio. Sólo el protocolo de preparación de mascarillas, guantes, la previsión de bolsas y la lista para que no se olvide nada ya es una tensión. Y luego, esa sensación de que sales a la calle con el miedo con el que pisarías Pripiat, la ciudad fantasma de Chernóbil. Hasta hacer la compra, que siempre he disfrutado, lo vivo ahora como si cualquiera de los otros clientes supusieran una amenaza para mi salud cada vez que se me acercan en el mostrador de los huevos. No sé, es desasosegante.

Y eso de lunes a viernes. Los fines de semana que no me toca trabajar rompemos la rutina de la misma manera que lo hacíamos antes. Una comida especial y mucho ocio en familia, que comprende la recuperación de clásicos del cine como 'Casablanca', alguna partida de Monopoly (¡he vuelto a jugar después de años!) y algún torneo de billar en el que, permítanme la inmodestia, soy francamente bueno. También hay ratos para que cada uno tenga su espacio.

Hemos abierto un poco la mano con el tiempo autorizado de videoconsola, las Nintendo y demás.

Por mi parte, al tiempo irrenunciable de lectura (acabo de terminar una formidable biografía de Unamuno de Colette y Jean-Claude Rabaté y estoy revisando un magnífico manual de Historia Contemporánea coordinado por Javier Paredes) le he sumado una revisión de mi discoteca. Algunos clásicos han revivido y otros han perdido el valor que tuvieron. Pero, bueno, eso es otra historia.

En fin, así vamos pasando el confinamiento como mejor podemos. Pensando mucho, eso sí, en cómo será todo después de esto. En qué nos encontraremos ahí fuera el día después de la cuarentena y salgamos de este refugio doméstico.

DÍA 31 (13 DE ABRIL)

Así que esto era el teletrabajo

POR PEDRO GARCÍA

¡Piiii!... ¡piiii, piiii!... ¡piiii, piiii, piiii, piiii! y las semicorcheas encadenan un monótono e irritante repertorio que no dará respiro hasta pasada la medianoche. En la pequeña pantalla, los iconitos bailan de arriba abajo mientras parpadean en verde líneas de palabras a punto de nacer. A veces, a un ritmo tan vertiginoso que acabo respondiendo a un mensaje por el cauce equivocado. Disculpad. Antes pensaba que WhatsApp no era más que una forma de tortura gratuita que a otros les servía para llenar sus espacios de aburrimiento vital, pero ante este incierto panorama he acabado guardándole el respeto. Como a otras cosas. Tanto que, como herramienta de trabajo, ahora me acaba resultando tan vital como las manos o las gafas, el bolígrafo o el ordenador.

En un periódico, los flujos de comunicación son tan constantes y necesarios, que sin ellos sería impensable que llegada la noche se obrara el milagro diario de ver el simple papel en blanco estructurado en secciones y convertido en noticias, contando alguna primicia, historias vivas y profusamente ilustradas, opinión, crónicas de balones en juego, o pulcras pinceladas culturales.

Acostumbrado desde hace casi un cuarto de siglo al calor humano, al bullicio de la Redacción, al estrés compartido, a trabajar codo a codo con mis compañeros en el equipo de Edición, creo que aún sigo sintiéndome un poco en estado de shock cuando nos reencontramos cada tarde en una breve videoconferencia para perfilar los contenidos (trágicos, también a veces esperanzadores) de la actualidad y el Cierre del periódico. Ya me he acostumbrado tanto a sus rostros pixelados desde sus búnkeres, como si vivieran realmente confinados en sus móviles, que toda rutina anterior me sabe a ciencia ficción. Lo mismo me ocurre cuando en los escasos ratos libres que no dedico a estirar las piernas camino de la panadería o el súper –con mi mascarilla de fumigar rosales que no protege realmente de nada y mis guantes reventados de pequeños que son pero sirven de atrezzo–, hojeo con morbo esos periódicos envejecidos prematuramente que traje cuando aún pensaba pintar el techo del lavadero. Me inquieta la temeraria proximidad con que posaban los personajes fotografiados a cara descubierta. Llegando a las sufridas páginas de agenda que contenían las exposiciones que me perdí y la cartelera que tanto trabajo nos daba, me resulta todo tan irreal como increíblemente remoto, pese a que apenas hace un mes que se apagaron los últimos proyectores.

Si para muchos sus salones son en buena medida el santuario de la televisión, en mi caso lo era de mis libros y hábitos de lectura, hasta que las circunstancias me obligaron a recluirme lo que dure la cuarentena, –que no serán cuarenta días–, y a ceder el puesto de honor de la mesa del comedor al aparatoso ordenador del trabajo, que absorbe el tiempo de una manera tan indecible, y desde el cual chequeo páginas y titulares en zapatillas, luchando por no acabar convertido en un Robinson Crusoe aunque el pelo me crezca ya por horas.

Aunque les cueste creerlo, solo Paquito el chocolatero logra arrancarme puntualmente de la pantalla cada tarde durante un buen cuarto de hora, en que salgo al jardín y aprovecho para respirar la primavera. La razón es que un estruendo de aplausos pregrabados y un popurrí verbenero aderezado para más inri de himnos patrióticos dispara sus generosos decibelios desde el centro de día para mayores, de momento en desuso, frente a mi casa. Parece que mis vecinos han dejado ya de verle la gracia al espectáculo, pues cada vez hay más bajas en la cita de los balcones, mientras sus perros confinados en los patios ladran furiosos y asustados como en las noches de tormenta.

Antes de volver a mi puesto de guardia, visito fugazmente la nevera y no me suele apetecer nada de lo que encuentro y por lo que tanto aguanté en el súper al comienzo de esta pesadilla. Ni siquiera el chocolate negro. Me siento de nuevo frente al ordenador y el teléfono, –que ha vuelto a cargar incontables nuevos mensajes y arde al tacto– sin levantarme hasta que toca encender la lámpara, y vuelve ese pellizco en el estómago que no me abandonará hasta que el programa que usamos para volcar textos en internet marque el fin y nos despidamos intercambiando una gráfica y muda salva de aplausos por WhatsApp, algo más reconfortados tras esa jornada, nunca exenta de sobresaltos, y que parecía no tener fin.

DÍA 30 (12 DE ABRIL)

Reparto equitativo de tareas en casa, pero a 'Maya' la saco yo

POR J. RAFAEL CORTÉS. Los que me conocen bien saben que en el trabajo hay dos cosas que no me pueden faltar: la música y mis 'gadgets'. Me gusta estar currando en la Redacción escuchando buenas canciones de fondo y rodeado de los 'cacharros' más disparatados, bolis y todo tipo de artilugios móviles o sonoros que hacen reír a mis compañeros. Pero sin duda el otro puntal de mi jornada diaria en el periódico son precisamente ellos, todo ese gran equipo que da vida a SUR y que ya es también parte de mi familia. El otro día tuve que pasarme por Doctor Marañón para recoger algunas cosas y esa visita relámpago al edificio totalmente vacío fue sobrecogedora, casi aterradora, como la situación que estamos viviendo. Una crisis sanitaria mundial que en mi caso ha supuesto también la pérdida de un familiar muy cercano, una gran persona a la que queríamos mucho y a la que ni siquiera hemos tenido la oportunidad de despedir como se merecía. Pero hay que seguir adelante…

Ahora los que hacemos SUR trabajamos desde casa, aunque sin perder el contacto, que especialmente en estos tiempos es más importante que nunca: el whatsapp y las videoconferencias han sustituido esa relación permanente con ellos, pero sobre todo con 'los tres en raya', como nos llamamos cariñosamente los que compartimos ese rincón lleno de Portadas en el que nos sentamos a diario.

En mi particular encierro, donde comparto teletrabajo con mi otra gran familia -mi mujer y mi hija- los que nos encargamos de la edición, el cierre y los suplementos en SUR trabajamos codo con codo estos días para coordinar nuestro trabajo al tiempo que nos 'inventamos' una guía de ocio... para estar en casa. Y es que con el objetivo de ofrecer propuestas para disfrutar del fin de semana se creó el suplemento FIND hace 13 años, aunque desde su creación nunca nos habíamos enfrentado a este reto: Mantener la agenda de ocio para los días de descanso cuando el estado de alarma nos obliga a estar encerrados en casa. La imaginación y, en mi caso, el trabajazo que hacen los músicos malagueños manteniendo su actividad durante el confinamiento con conciertos en Internet, nuevos lanzamientos discográficos y todo tipo de propuestas creativas, está facilitando ese trabajo.

Son tiempos de desafíos, y otro de los retos a los que nos enfrentamos estos días es el de la convivencia familiar, aunque eso para mí tampoco es un problema. Somos solo tres, bueno cuatro si contamos a 'Maya', un Yorkshire que lleva con nosotros seis años y que se hace querer. Aquí la distribución de tareas domésticas es equitativa. Somos tres a repartir a partes iguales: limpieza, comida, compras, arreglos domésticos diversos... Todo se distribuye de forma proporcional, pero a 'Maya' la saco siempre yo a pasear. Bueno, eso cuando se deja, porque cada vez que me ve con la cadena y poniéndome la mascarilla se esconde bajo la mesa del comedor, su rincón inexpugnable. Y la basura también es cosa mía!!!, que de alguna manera tengo que compensar los quince años que llevo sin sacarla...

El resto del tiempo en casa, cuando no estamos los tres teletrabajando, lo pasamos charlando, viendo las series del momento (mi hija sigue empeñada en que veamos 'Los 100', aunque yo soy más de 'This is Us'), jugando al parchís, a las cartas y hasta al bingo... y a las ocho de la tarde, todos a aplaudir. Una ovación para los que siguen luchando en la batalla contra el virus y un emotivo recuerdo también para los seres queridos que nos han dejado por culpa de la maldita pandemia que nos mantiene confinados después de un mes. Un tiempo en el que, la verdad, no me ha dado tiempo a aburrirme, pero sí a añorar mi vida de antes.

¿Qué más cosas echo de menos? Pues mis sesiones de natación en el gimnasio, los paseos a pie de playa, las escapadas gastronómicas con el 'Equipo Jalando' y ese día a día normal y cotidiano que intento compensar llenando de fotos -y 'gadgets'- mi nuevo rincón de trabajo, que por supuesto es provisional.

DÍA 29 (11 DE ABRIL)

Cumpleaños con barba en confinamiento

POR LUIS MORET. Silencio. Mucho silencio. Hasta en el centro de la ciudad se puede escuchar a los pájaros. Incluso hay uno que ulula en la distancia y que no soy capaz de identificar. Creo que esta ausencia de ruido durante todo el día es algo que no voy a olvidar de este tiempo de confinamiento. Sobre todo, el matutino. Solo había experimentado una sensación parecida algunos días en el campo, pero ahora ocurre aquí. Bienvenido sea, aunque eche de menos lo otro, con lo que tiene de actividad humana.

Los días transcurren con la rutina del intenso teletrabajo y la casa convertida en una miniredacción para dos. Me ha costado encontrar el sitio idóneo para convertirlo en puesto de trabajo, pero al fin lo tengo. La mesa del comedor. Primero fue la cocina, pero, claro, allí, estaba todo el día comiendo. Ahora en esta estancia, en la que ya solo por el nombre recuerda el arte del buen yantar, estoy más cómodo, pero sigo comiendo. También recordaremos estos días por la permanente presencia del ordenador en el comedor -la estatua, me llama Susana, mi compañera de fatigas y también de trabajo- la barba, que solo una vez me dejé hace 30 años; las carreras frenéticas de mi hijo Javier, que se entrena para triatlón, a modo de circuito por el salón y la cocina, y los aplausos a las ocho, entre otras cosas.

En lo que llamamos el despacho, Susana cierra su puerta para teletrabajar y un póster a tamaño real de un 'stormtrooper'de la Guerra de las Galaxias recuerda que hay que intentar no molestar. Ella, además de trabajar, intenta mantener el orden de una casa con dos hombres no especialmente aplicados. Desde ayer no me dejaba abrir la nevera. La sorpresa estaba dentro. Una 'pedaso' de tarta de zanahoria hecha con la 'Maripuri', así llama a la Thermomix, que estaba para chuparse los dedos. Junto a ello, regalos de confinamiento, y el deseo al apagar las velas. Si se cumple, pronto acabará la cuarentena.

Estas imágenes de puertas para adentro se me quedarán grabadas para siempre como escenas de un confinamiento largo que ha incluido desde el día del padre hasta mi cumpleaños. No seré el primero ni el último al que le toque celebrarlo encerrado en casa, pero qué le vamos a hacer. Recuerdo el último con fiesta sorpresa y amigos y se me saltan las lágrimas… En fin, ya habrá tiempo de repetirlo. Gracias a todos -amigos y compañeros- por vuestros mensajes. Muy gratificante me ha parecido éste, que ojalá incluyeran de verdad en el decreto de estado de alarma. «Los cumpleaños de marzo y abril no serán contabilizados. Mantendrán la misma edad».

Lo de la barba quizá obedezca a dejar un icono fotográfico de la cuarentena y también para ver cómo quedaba. También creo que mi imaginación jugaba a ver si al crecer mi pelo en la cara, la cabeza se animaba a hacer crecer cabello por aquello de la simbiosis con la parte lateral-inferior. Pero va a ser que no.

Pasan los días y las noches y en ocasiones me he imaginado a bordo de un submarino o una nave espacial para superar mejor el confinamiento. Era una técnica que empleaba cuando en tiempos de actividad en la calle no podía dormir. Pero ahora para dormir no hay problema. ¿Será por la ausencia de ruido?

A falta de mascarillas, ahí tengo reservado mi casco de soldado de asalto imperial de Star Wars que creo que puede hacer un gran apaño. Antes de lucirlo tendré que ver si está autorizado, pero proteger creo que protege. Al menos con la molesta tos con la que he tenido que lidiar en ocasiones, que te hace imaginarte de todo. Pero, claro, lo mejor es pensar que es un resfriado. Al final, nada de lo que preocuparse.

Este 11 de abril de cumpleaños estuvo marcado como primera fecha de posible levantamiento de las medidas del estado de alarma. Hubiera sido un gran regalo, pero no pudo ser. Todos los que cumplan el 26 de abril habrán pensado lo mismo… pero ya parece claro que habrá muchos otros que tendrán que celebrarlo entre cuatro paredes. A ellos también, feliz cumple de confinamiento…. ¡Y a seguir comiendo!

DÍA 28 (10 DE ABRIL)

Nos desintegramos en pelusas

POR JUAN CALDERÓN. Para los que vivimos de un lado para otro desde que nos levantamos hasta que nos acostamos esto del confinamiento tiene sus cosas buenas y sus cosas malas. Para que ustedes lo sepan, yo me cruzo Málaga de punta a punta todas las mañanas. Vivo al otro lado del Guadalhorce, en Churriana, la Málaga olvidada, porque realmente para muchos Málaga acaba en el río, y si me apuran en el aeropuerto. Más allá de eso es otro mundo. El extranjero casi. Así que la cuarentena me está ahorrando un porrón de kilómetros cada día y una buena dosis de estrés. Eso es de lo poco bueno que puedo sacar de esto. Pero claro, cuando tienes a una niña de siete años y un niño de cuatro encerrados durante más de un mes, pues ya se pueden imaginar. Aquello del estrés que les comentaba, pues lo tengo disparado. Vamos de bronca en bronca, pero al final te paras a pensar y es que no les puedes exigir nada porque bastante hacen con no pedir salir a la calle. Es curioso, mis niños no lo han hecho ni una vez en este tiempo. Igual quiere decir que mi mujer, mucho más ella que yo las cosas como son, lo estamos haciendo medio bien. Desayunar, comer y cenar con todos juntos es una bendición porque no lo he podido hacer nunca desde que nacieron; es lo que tiene esta profesión. Esos momentos no están pagados. Me llama la atención qué nivel de compenetración y entendimiento están logrando en estas semanas, a pesar de esa mano que se escapa, del tirón del pelos que vuela o incluso el bocado al brazo que suelta de vez en cuando el pequeño.

Empezamos poniéndoles un horario, pero esto ya se ha desatado. Cada vez les cuesta más tener cierta disciplina, pero es normal. Hemos hecho todo tipo de manualidades, pero llevamos unos días pintando piedras y haciendo colgantes de conchas que habíamos recogido de la playas cuando se podían visitar. Un día me traje varios cubos llenos de piedras para ponerlos en las jardineras, cantos rodados que ahora estamos decorando. Y ahí se pasan las horas entretenidos. Pocas veces una cosa tan simple como una piedra dio para tanto.

Como les comentaba, vivo en Churriana, que es un barrio con identidad de pueblo porque en realidad una vez lo fue, así que uno no sabe si decir mi pueblo o mi barrio... Aquí, al lado del aeropuerto el zumbido de los aviones es constante. Los que no son de aquí, los extranjeros de la capital, siempre me preguntan lo mismo. «¿Pero puedes dormir con el ruido de los aviones?». Y la verdad es que lo tiene uno tan interiorizado que ni los escucha. Les cuento esto porque por las noches cuando salgo a que la perrilla que tenemos, que es otro ciclón que me tiene loco, haga un poquito de pipí porque si no se lo hace en la azotea, no se oye nada. El silencio es total y absoluto. Al fondo se ven las luces del aeropuerto, pero no se escucha nada de nada. Nunca en los 43 años que llevo aquí lo había sentido. Resulta que al final, lo que nos perturba es el silencio.

Yo vivo en una casa mata, lo que las inmobiliarias de hoy nos venderían como un chalet o un duplex, que queda más 'cool', pero debajo tengo un 'chino' que vende de todo. El jaleo que hay todo el día es tremendo con la chavalería para dentro y para afuera, moto va y moto viene, el que para con la música a tope... Pensaba que 'mi chino', lo llamo así porque a pesar de los años no sé su nombre, me iba a sacar de cualquier apuro en el confinamiento. Ya saben, cosas importantes en estas situaciones: palomitas, pipas con sal, un heladito, chucherías, papel higiénico... Pero la Policía vino al comienzo del estado de alarma y le dijo que tenía que cerrar, lo cual no entiendo porque los chinos han sustituido a las tiendas de barrio y eso nos obliga a todos a desplazarnos. «Anda Chino, máquina, cierra que no veas la que habéis 'liao' con el coronavirus», le dijo el agente mientras yo veía la escena desde mi balcón. ¡Qué culpa tendrá mi chino!

Yo vivo a un lado de la calle y al otro está la casa de mis padres y mi hermana. Como no hay trasiego de coches y el silencio es total, pues nos hablamos a gritos. Ellos asomados a la tapia y nosotros al balcón. La escena es curiosísima. Voces van y voces vienen en tiempos de las redes sociales... La movida de los aplausos me ha permitido conocer a algunos de los nuevos vecinos. Tiene tela porque vivo en la misma calle desde hace cuarenta años. Me da pena por mi madre, porque sé que está deseando darle un beso de esos apretados a mis niños de esos que sólo dan las abuelas, pero averigua cuándo podremos hacerlo...

Lo del teletrabajo es el timo del siglo. Vivo pegado al portátil desde que termino de hacer las cosas de la casa hasta que me acuesto, y tengo que reconocer que me cuesta mantener la concentración para escribir cualquier cosa. No hay horas ni días de descanso desde que esto empezó, y el problema es que uno no sabe cómo parar a no ser que tire el móvil por la ventana para no escuchar el WhatsApp ni ver el Twitter... Barrer se ha convertido en una obsesión. No me explico cómo generamos tantas pelusas de un día para otro. Creo que nos estamos desintegrando en forma de pelusas, así que cuando acabo de desayunar cojo la escoba para ver cómo está el asunto y ver cuántos gramos de nosotros hay en el suelo... Cuando acabo le enseño el recogedor a mi mujer. «Mira, es increíble lo que hemos soltado». Total, que a veces barro dos o tres veces al día.

El otro día que fui al periódico a recoger mi monitor porque estaba que iba a tirar el portátil por la ventana. Entré a la redacción y se me vino el mundo encima. El silencio era total, cuando normalmente aquello es un gallinero con 'la Requena' hablando para todos, Barreales gritándole a los de Local que tiene al lado para que se acerquen y con Recio desde la otra punta mandando 'Guasas'... Grabé un vídeo dándome un paseo por los sitios de cada compañero e iba diciendo sus nombres con un poquillo de guasa para levantar el ánimo. Lo compartí en el grupo que tenemos porque pensé que les haría ilusión. Mis compañeros no estaban, pero yo los veía por allí. Me fui con las lágrimas saltadas pensando cuándo volveremos a juntarnos. Ojalá sea más pronto que tarde. Cuídense. Besos para todos.

DÍA 27 (9 DE ABRIL)

Mi nuevo amigo el robot

Delante de las procesiones en miniatura de mi hijo Álvaro, a las que no le falta ni un detalle.

POR PEDRO LUIS GÓMEZ. Lo peor que llevo de este confinamiento es que no distingo los días (aparte de que no puedo salir a correr). Vamos, que no sé si es lunes, sábado o domingo, por mucho empeño que ponga. Nunca, ni cuando me operaron de úlcera hace 30 años, he estado tanto tiempo sin salir de la casa, concretamente desde el día 12, cuando me comunicaron por teléfono móvil en Los Manueles, donde comía con un grupo de amigos (Miguel, Manolo, Paco, Federico y Victoria, en un día de verano en Playamar), que una persona con la que almorcé el sábado el día 7 tenía el maldito bicho y había dado más que positivo, y por precaución casi ni me despedí y me vine a mis aposentos que se dice a la espera de acontecimientos... O sea, que en este Jueves Santo de mis amores hace ya la friolera de 29 días que llevo sin poner un pie en la calle, porque esto se cumple o se hace el gilipollas, y las cosas no están para eso. Tengo un papel que me dice que puedo ir al periódico, pero le he cogido el gusto a esto del teletrabajo, y las videoconferencias, seguramente porque a la fuerza ahorcan...

Quien lo lleva peor es el menor de mis hijos, Álvaro, que con 12 años está en edad de todo menos de estar entre cuatro paredes. Está fastidiado, como su padre, porque ha salido cofrade de primera y disfruta como pocos de los tronos y de los nazarenos. Me pregunta si en septiembre habrá tronos, y le digo que posiblemente sí, pero que no habrá nazarenos y le hablo de la liturgia, pero no se crean que eso lo asimila muy bien... También ha realizado su peculiar procesión en miniatura, una tradición que inició con apenas cuatro años y renueva cada primavera, él solito además. También en Fortnite está hecho un coloso, y como entrenador del Málaga ríanse de Guardiola...

En estos días de aislamiento me he hecho amigo de un montón de 'glovers'; son tipos magníficos todos, serviciales al máximo, y hago un ruego a las empresas: supriman las bicicletas, es inhumano que hagan el reparto en ellas, sobre todo si tienen que llevar paquetes a Cerrado de Calderón, porque es como el Tourmalet en el Tour. Yo ya les he dicho que si me mandan un 'glover' con bicicleta dejo de utilizar el servicio. Es lo que he hecho con Uber Eats, porque dos servicios llegaron seguidos con exhaustos ciclistas y eso no hay dinero que lo pague ni debiera estar permitido, y no estoy dispuesto a colaborar en esa explotación. Total, que entre una cosa y otra, me sorprendo del tiempo que llevo enclaustrado pero me vengo abajo si miro lo que nos queda.

Yo les avanzo que suelo ser pesimista por lo general, pero que hasta avanzado mayo no vamos a poder poner un pie en la calle, y si no al tiempo. Ojalá me equivoque. Escribo esto en un Jueves Santo muy raro para todos, pero para quien esto escribe, que lleva toda su vida viendo al Cristo de Mena todos los años, desde que siendo muy niño mi abuelo Pedro me llevaba a los paredones del Guadalmedina donde nos peleábamos por un hueco para ver el traslado legionario, es muy difícil de asumir. Hay tradiciones que duelen cuando no se cumplen: todas las mañana como la de hoy, a las 9 ya listo, a las 11 en la plaza de Santo Domingo, el traslado; después visita a la Esperanza y finalmente comprando torrijas en El Colmenero y después a tomarnos un vermú a El Pimpi y tapear en Santiago o en La Reserva o en el Chinitas... Me he quedado, nos hemos quedado, sin todo eso, y cuando esas cosas, que otrora podían parecer nimias, que ahora se valora en su verdadera importancia, desaparecen de tu vida, la verdad es que cuesta trabajo asimilarlo.

De todas formas pensé que me iba a dar tiempo de todo: trabajar, terminar mi sexto libro, correr en la cinta, ordenar mi cuarto, revisar papeles atrasados, ver películas en los distintos portales 'inteligentes' y leer libros... Bueno, pues o soy muy torpe o mido muy mal los tiempos, pero lo cierto es que lo único que hago es trabajar y hacer de comer. La cocina me relaja, aunque soy tan 'aceptable' en ella como horroroso en el orden, y cuando termino cualquier plato parece que ha pasado un ciclón, ahora eso sí, me casqué un 'pollo al Pedro Luis' de primera, y una paella de verduras influenciada por la maravillosa Piti (Conde Ansurez), la que mejor las hace en el mundo mundial. Sea como fuera, lo único positivo de esta 'prisión provisional sin fianza' que padecemos es que he descubierto mi robot de cocina, Gourmet 5000, que llevaba siete años encerrado en una despensa, y tras recobrar la libertad ahora se ha hecho mi inseparable amigo, porque incluso me habla: ¡hay que ver las conversaciones que tenemos...! Y si alguien que lea este diario me echa una mano, lo agradeceré infinito: cuando lo pongo en horno, de buenas a primeras, se para y le sale en la pantalla un E2 que significa no sé qué de tema eléctrico, pero no me furula...

Y como ya se sabe suele llover sobre mojado, porque también se me ha roto el horno fijo de la cocina, y miren aquí no entra ni San Pedro para arreglar nada, que el bicho ese es malo con avaricia... Y en esas estoy, buscando la solución del maldito E2, otro virus. Lo peor de todo esto es que un buen montón de amigos han sufrido el bicho, y tres de ellos, desgraciadamente han fallecido. No pude ni siquiera ir a despedirlos, y eso no es justo. Eso es lo peor de toda esta historia, que hablamos de la vida diaria cuando muchos, demasiados, han encontrado la muerte, además que no les tocaba en teoría. En fin, ya termino. Me vuelvo a la cocina, a ver si arreglo el maldito Gourmet 5000, mi nuevo y gran amigo, que como tal, me suele hacer trastadas, porque ya se sabe que en la amistad se permite casi todo... Jueves Santo sin mi Cristo de la Buena Muerte en las calles. Uf, qué trastada. Le pido a Él por todos. Que les sea leve. Y mucha salud.

DÍA 26 (8 DE ABRIL)

La cuesta de abril

POR JESÚS HINOJOSA. A medida que pasan los días, y mucho más en esta semana, se me viene a la cabeza ese grito con el que los capataces de los tronos insuflan ánimos a los portadores en los últimos momentos de la procesión: «¡Arrrriba, arriba, arriba, arriba, arriba!». Menuda cuesta esta de abril, de la de enero ya ni nos acordamos. Ya hemos consumido buena parte de nuestras fuerzas y todavía nos queda un buen trecho hasta llegar en este caso no al encierro, sino a la salida. Ese día en el que podamos respirar el aire de la calle, aunque sea detrás de una mascarilla y procurando no rozarnos.

Ya nada volverá a ser como antes, pero apenas si tengo tiempo para pensar en el futuro de las próximas semanas y meses entre llamadas a hermanos mayores y mensajes de WhatsApp de mis compañeros del periódico. Esto del teletrabajo se parece cada vez más a una farmacia 24 horas, solo que el turno siempre lo tiene el mismo. No hay tronos en la calle, pero a los quioscos llega cada día el suplemento 'Pasión del Sur' y el equipo de los 'hermanos menores' tiene que estar a pleno rendimiento, y más ahora que tenemos a nuestro admirado Ángel Escalera dándolo todo con la información del coronavirus. Pedro Luis Gómez, Antonio Montilla, un servidor, y hasta el 'hermano menor honorario', Antonio Roche, echamos de menos su firma en las nostálgicas crónicas cofrades de este año.

Como otros muchos malagueños y españoles confinados, ya tengo ciertas rutinas que repito cada día. Algunas me sirven para mover el esqueleto, aunque solo sea para montar y desmontar cada día en la mesa del salón el teclado, el ordenador portátil y el ratón, dispuesto sobre el boletín de una cofradía a modo de alfombrilla (no diré el nombre por si se pudiera sentir ofendida, aunque ahora que lo pienso no son pocas las veces en las que habrán usado páginas del periódico con mis informaciones para sacar brillo a un bastón o quitar cera de una túnica).

Me alegra que una de mis últimas salidas antes de esta clausura fuera a unos grandes almaneces (sí, El Corte Inglés) para comprar una maquinilla con la que poder raparme cada semana. Jamás pensé que tuviera destreza para eso, pero la verdad es que no se me da mal. Pienso en mi pobre peluquero y en tantos autónomos para los que esta cuesta va a ser especialmente dura.

Como duras están siendo estos días las despedidas de los seres queridos. A mí me tocó una muy de cerca en esta pasada semana de pasión, aunque no fue por coronavirus, y la verdad es que se hace complicado vivir un momento así en esta situación de clausura forzada. Me acuerdo especialmente de la que tienen de forma voluntaria mis monjas clarisas de la iglesia de la Divina Pastora y ahora las admiro más todavía. ¿Cuándo la volveré a ver? A Ella, me refiero. Aún no lo sé, pero guardo como oro en paño la última foto que le saqué con el móvil en la penumbra de su camarín.

«¡Arrrriba, arriba, arriba, arriba, arriba!». Salud, amor y esperanza para todos. Ya queda menos para terminar de subir la cuesta, cada vez estamos más cerca del punto de partida de algo nuevo que nos asusta pero que tendremos que afrontar con ganas y optimismo, no nos queda otra. Jamás pensé que diría esto, pero que ganas tengo de ver a rebosar la canasta de la ropa pendiente de plancha.

DÍA 25 (7 DE ABRIL)

La madre de Adara en 'Supervivientes'

POR ESTER REQUENA. «Editar en estos días una web de información general es como montar en una montaña rusa. No dejan de aparecer curvas y curvas y curvas... ¡Qué vértigo». La reflexión no es mía, es de Mikel Labastida, mi homólogo como editor de la web de Las Provincias, de nuestro mismo grupo editorial. Y sí, así me siento también yo desde hace un mes, en una montaña rusa continua... a la que hay que añadirle la adaptación exprés al teletrabajo y comunicarnos con whatsapp. Mucho más que antes. No los he contado, pero creo que pueden superar tranquilamente más de dos mil al día (más las llamadas de Boris Salas, que no falten, que si no ya me preocupo). Y no exagero. Nunca pensé que echaría tanto de menos mi mesa en el periódico y ver a diario a mis compañeros, aunque nos echemos nuestras risas virtuales. Como recuerdo, si algunos se llevaron a casa su silla, yo opté por el reposapiés, que soy de tamaño pequeño y lo necesito para sentarme bien. Cosas del 1,58 de altura.

Tan obsesionada me tiene el dichoso virus que más de una noche he tenido pesadillas pensando en que tenía que levantarme corriendo en plena madrugada a cambiar textos y piezas en SUR.es. Es lo que tiene una web en continuo cambio 24 horas al día y más en estos tiempos de crisis. Y para 'ayudar' a llevarlo mejor, un día me salta mi madre con que tengo mala cara y que parezco la madre de Adara en 'Supervivientes'. Sí, lo que hay que oír en pleno confinamiento... Tampoco ayuda que haya dicho adiós a la chapa y pintura. Ropa cómoda y cara lavada son mi uniforme. A este paso se me olvida andar con tacones. Envidio tanto a la gente que se arregla para estar en casa, pero no me sale. Al igual que hacer deporte. Lo he intentado, pero en 25 días que llevamos en estado de alarma solo he conseguido hacer dos días algo y sólo 15 minutos (espero que esto no lo lea mi entrenador Guille de la Tribu Malaka, porque si no cuando vuelva me va a torturar a sentadillas). Así que tardo más en ponerme los tenis que en menearme en plan 'Fama, a bailar'. Y ver, sin moverse de la silla, las miles de rutinas de ejercicios que llenan las redes sociales no adelgaza. Palabra de seguidora de varias cuentas fit. Y no hablemos de limpiar y ordenar. La gente está dejando sus casas niqueladas y en la mía parece que se está librando la batalla final de una guerra. De eso me doy cuenta cada vez que dan las ocho y veo que cada vez es más difícil llegar a la terraza a aplaudir... y a asistir a la minifiesta que montan mis vecinos de calle durante 15 minutos cada día. Ya tenemos hasta tres Djs por toda la calle que se alternan y hasta se les puede hacer peticiones. Hemos bailado desde el 'Paquito el chocolatero' hasta el 'Asejeré'.

Al menos el trabajo ayuda a sobrellevar esta Semana Santa rara y atípica. Tan centrada estoy en las cifras del coronavirus y sus efectos que no soy consciente de que no hay procesiones en la calle. Ya cuando todo esto pase seguro que llegará el duelo, porque en circunstancias 'normales' hoy tendría todo preparado para salir con Fusionadas un Miércoles Santo más. Y nos daríamos muchos besos y abrazos al terminar la estación de penitencia porque ahí está mi otra familia, junto con la heredada y la del periódico. Y soltaríamos muchas lágrimas de emoción, pero quedan pendientes para octubre. Al igual que el reencuentro con mi hermana y mis sobrinas Isabel e Inés, que viven fuera de España, y que el coronavirus las deja ya sin las vacaciones en la Costa del Sol y sin fecha próxima de visita. ¡Benditas videollamadas que son un chute de energía diario con sus progresos para una tita tan pesada como soy yo!

Mientras, subida en la montaña rusa de la información que no para, me sale un poco mi vena 'grinch' en el grupo de SUR Digital. Menos mal que en él hay un equipazo y terminamos riéndonos de todo, aunque seamos conscientes de que todo esto nos va a marcar mucho en el futuro. Pero eso vendrá después. Por ahora solo decir lo que nos repetimos todos los días: «Un día menos».

DÍA 24 (6 DE ABRIL)

Mi estado-casa de sitio

POR PILAR R. QUIRÓS. Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante vosotros, lectores, que me he vuelto una madre explotadora. Así. Sin contemplaciones. Nos confinaron, muy a nuestro pesar, como Filomeno, y monté mi estado-casa de sitio cual cuartel castrense. Me erigí, sin darle muchas vueltas, en capitana Maléfica, y acuñé un pequeño regimiento de hijos/soldados, que como en los buenos ejércitos, esos de países desarrollados, cobran por sus obligaciones. Mi mayor adolescente, el sargento, se encarga de las comidas y las cenas, a 7 euros el pack completo por día; la pre-adolescente, cabo cuartel, hizo suyo el cuarto de baño, a 2 euros la jornada; y el niño grande, soldado raso, dobla sábanas con la capitana y barre la terraza por otros dos euros para que no haya agravios comparativos. El resto es todo un engranaje por el que ya no se paga pero sí se exige en una vida atávica, de la que sólo salimos por pasar muchas más horas on line trabajando y enganchados a clases del cole (esos profes sí que no están pagados). Los días, estos días van cayendo como las fichas de dominó cuando se disponen una tras otra. Mis animalillos, menos algunos momentos de inquietud del adolescente en ebullición, y el chico siempre preparado para una buena lucha por los sofás, cojines mediante, están dando una lección de saber estar y de conformismo ante las circunstancias digna de estudio de Freud. Chapeau!

El primer día de cautiverio me subí en los tacones y me faltó colgarme el bolso. Morros, rojos siempre, y una camisa de esas monas que no requiere plancha pero que da el pego. Cuando empezamos a desayunar, la tropa, curiosa hasta la saciedad, me preguntó con insolencia: ¿Dónde vas?, inquirió el mayor. ¿A la calle? No se puede, dijo la segunda. El tercero siguió con su cola-cao y espetó: «Pues lo de los tacones para estar en casa…». Nos reímos desaforadamente y seguí haciendo el paripé una horita más hasta que el otro capitán me miró con cara de Mr. Bean y me bajé de las alzas entre risas. No coló. Desayunamos juntos, comemos juntos, cenamos juntos como nunca. Como cuando estamos de viaje. De viaje en nuestra casa, del pasillo al salón, de ahí a la terraza cuando hace sol, que para más inri lleva escondido más días de la cuenta. Y son estos días en los que toca hacerse la dura para mantener alta la moral del cuartel cuando una se da cuenta de que esos colegas que se sientan contigo todas las jornadas y juntan letras como tú son tan familia tuya como con los que te has encerrado forzosamente y que tienen tu sangre. Ese Albert insidioso que te pone pegas a todo para buscar tu Yin o tu Yang, que ya me lía tanto que…, esa Barreales que es una madre segunda parte, ese Iván que siempre tiene algo que contar surrealista, todos en mi mesa; con Nuria trasera, que ya me ha hecho saber que echa de menos mi megabass (es congénito chata, nací con él incorporado de serie), Susana y Requena metiéndose conmigo (me encanta), ese Alvarito que va a ser papá, Ortín siempre con ese 'hombre lo que se dice…'; Recio, de su pecera a poner orden en plan zalamero, la tierna churrasquita Bryan, Manolo pintando con Fran la primera, las vecinas Meñi y Pilar, los niños del digital y sus memes, los de Deportes y ese Cortés siempre contando alguna anécdota, el ya paleño Cano con Soto, Paquito y Lillo de hombre del tiempo, el germano Stuber y Agui con sus palmas, los colegas de Cultura con los que compartimos almuerzo y piquitos y ese dream team de Arte y Cierre, que nos diseñan las páginas y nos corrigen hasta el carné de identidad (Marinoide entono el mea culpa). El WhatsApp me arde con todos ellos y a todas horas dejando piezas y Bori, Ñito y Pedro, con sus fotos y vídeos. Pero no los veo, aunque los sienta. Ángel, Montilla e Hinojosa, los hermanos menores, y el maestro de ceremonias Pedro Luis, que estos días llenarían de incienso y toques de campana la redacción, justo enfrente, como si habláramos por el ojopatio. Vivimos en un submundo mientras un bicho de los demonios se sigue haciendo fuerte fuera. Y entonces atas cabos, y te acuerdas de ellos, de los que frecuentas en la Casona en esos pasillos gigantescos en los que ahora barruntas que algo de deporte hacías (shhh, que nadie se entere), y todo ese espectro de gente, familia, tus padres, a los que ves y les hablas a cuatro metros cuando le llevas de semana en semana alguna compra a casa y amigos, que te rodean. Tantos. Todo un mundo encorsetado entre cuatro paredes. Mi intención era haber escrito un encierro cachondo, casi un recreo, en tono jocoso, canalla, pero me salió la vena sentimental. Este fin de semana se nos informa de que aún estamos en el paso del Ecuador. A todos ellos, a mi gente, lo que les digo siempre que puedo: Zus quiero.

DÍA 23 (5 DE ABRIL)

En el límite del bien y del mal

POR MARINA RIVAS. No atravesaba el mejor de mis momentos cuando se decretó el estado de alarma, por lo que la primera noche de confinamiento, mi compañera y yo abrimos la primera botella de vino, mientras veníamos a Pedro Sánchez por la televisión. Causa y efecto. Los primeros días se transformaron en un carrusel de emociones; nos parecía estar viviendo una pesadilla y las primeras crisis existenciales no tardaron en llegar. Todo se magnifica además en un piso de 50 m2, sin terraza y con un balcón en el que hay que maniobrar para colar un tendedero. No lo llamo hogar porque después de haber pasado por ocho domicilios, me cuesta verlo como tal.

La primera semana además estaba en juego el añadido de la soledad, porque mi compañera seguía acudiendo a su oficina. Pero sin darme cuenta, algo que creía una debilidad se convirtió en una fortaleza. Ya llevo casi dos años teletrabajando, por lo que sé lidiar conmigo misma y el silencio; aprendí que hablar con las paredes no es precisamente bueno y que dar un paseo por el piso cada cierto tiempo es más que necesario. Pasaron los días y se estabilizaron las emociones, pese a que cada vez llegaban más noticias negativas. De repente los que me parecían grandes problemas antes de la pandemia se tornaron insignificantes, porque lo que más importaba e importa, es que nadie de mi círculo cercano, de los que al final verdaderamente importan, se han contagiado (tampoco mi madre, persona de riesgo). Soy una afortunada.

Esa calma me permite continuar con mi habitual rutina. Me levanto y me tomo dos cafés, uno detrás del otro y por supuesto solos. Me acompaña mi amiga Sarah, que ahora teletrabaja conmigo en la mesa de la cocina (la oficina); aunque recién levantada sigo siendo un ser antisocial que se pone los auriculares y escucha 'La Vida Moderna' hasta que hace efecto la cafeína. Doy gracias por tener trabajo en tiempos difíciles y me dedico a ello todo lo que puedo cada día. Me ayuda a evadirme y con las llamadas y vuelvo a ser alguien sociable otra vez. Cuando cierro sesión, me acompaña 'Rock FM' y me pongo entrenar religiosamente 20-30 minutos de cardio (corriendo por el pasillo como pollo sin cabeza) y 30-40 de musculación (con lo que se puede).

Por la noche, tras jugar a las palas o hacer videollamada con mis amigas (desperdigadas por España e Inglaterra), Sarah y yo cenamos viendo cómo cocinan los vecinos del edificio de enfrente, que está como a tres metros. Un matrimonio y un hijo más cercano a los 40 que a los 30 al que sólo vemos con el ordenador. Ojo, que no lo critico. ¡A saber qué será de mi entonces! Antes de acostarme veo alguna serie (ya acabé 'Cómo defender a un asesino' y 'Freud') o leo un rato (ahora estoy con 'Mein Kampf', un siniestro clásico) y al día siguiente, vuelta a empezar. Sigo echando de menos las cervezas de los sábados, el gimnasio, las visitas de mis padres (de Nerja) algún que otro domingo, la compañía de esa persona especial, y por supuesto, conducir. Pero luego me despojo del egoísmo transitorio y recuerdo que mientras yo sólo estoy en casa, personas como los sanitarios (entre ellos, mi padre) se juegan la vida por salvarnos a los demás.

DÍA 22 (4 DE ABRIL)

Una Semana Santa diferente

POR PEDRO LUIS ALONSO.Comienza la Semana Santa, e incluso llega el buen tiempo. Quedan horas para el Domingo de Ramos, pero no oiremos las campanas de San Felipe Neri que avisan de la salida de la Pollinica. Se hace duro, sobre todo para los 'procesionistas'. En realidad es duro casi todo. Tendría que remontarme a mi infancia para recordar tanto tiempo sin ver un partido de fútbol en directo. Nunca me han atraído las redifusiones de grandes citas en diferido. Me gusta quedarme con las sensaciones del directo. No he vuelto a ver el Borussia Dortmund-Málaga, ni el España-Holanda de la final del Mundial de 2010, ese tipo de citas que seguramente no se repetirán en vida.

Tampoco nunca había vestido y desvestido tantas veces a unas muñecas. En realidad, nunca lo había hecho antes. Pero ahora, y salvando mucho las distancias, porque no estoy ni mucho menos en un campo de concentración, toca hacer de Guido Orefice en 'La vida es bella'. Poner buena cara al temporal y hacer de tripas corazón en lo que nos queda de confinamiento.

Menos mal que nuestra hija nos da la vida. A punto de cumplir tres años, el día 18, la efeméride la celebraremos aún en cuarentena. Ella no ha pedido aún salir a la calle, gracias a Dios, y sus fantasías parecen quedar satisfechas en casa, donde alterna fases expansivas con otras de calma viendo dibujos animados o jugando con la 'tablet'. Aunque la mayoría en SUR ya conocíamos el teletrabajo antes de la pandemia, era en otros horarios y en soledad. Ahora es casi imposible de compatibilizar con la nueva realidad, con esos momentos en que ella, que apenas sabe jugar sola y no entiende la importancia del trabajo en nuestras vidas, reclama tu presencia, porque de lo contrario vacía armarios, pone pegatinas en las paredes, echa crema solar a sus bebés o no para de subirse a un banco de Ikea para lavarse las manos. Su madre le enseñó a garabatearse un 'bichito' en el dorso de la mano, y cada vez que se lo borra con sus lavados la premiamos con un caramelo.

De lunes a viernes, hasta la sobremesa, toca ejercitar la paciencia en solitario con ella y mi perra. Me río de los decálogos sobre el teletrabajo de estos días, de la impresionante mesa de escritorio bien iluminada, de la higiene postural (el portátil en mi regazo y donde se pueda). Ya con mi mujer en casa, de vuelta de su trabajo en un hospital psiquiátrico. Y hago aquí un paréntesis: la salud mental, esa gran olvidada por todos, hasta por la UME, pese a ser un centro con hasta el cuádruple de mayores que una residencia mediana, peleando casi sin material contra el coronavirus y con ese compromiso intachable de sus empleados. Continúo: es entonces cuando trato de recuperar el tiempo perdido en el periódico, con cierto resquemor por no haber podido estar antes al cien por cien. Por eso también nuestros días apenas conocen ya fronteras entre el de descanso y el laborable y trato de adelantar contenidos para liberarme cara a las temidas mañanas.

Vivo en un chalet con jardín, aunque no tan amplio como para que se desfogue lo que necesitaría Lana, que ya supera los cinco años pero se comporta como una cachorra. Salgo todos los días, pero reduzco las distancias. A los que creen que los dueños de perros somos unos afortunados, les doy la razón, pero por lo que su nobleza y lealtad nos enseñan cada día, y no tanto por esas salidas, tan ansiadas por algunos que creen que es una burda coartada, que antes de la pandemia nunca iban fuera a hacer sus necesidades. Ni cuando estamos enfermos, hace malo o tenemos el típico día en el que no nos sobra tiempo.

En casa no estamos casi atentos a los horarios de los aplausos. Apenas se oyen, en una zona de casas unifamiliares, pero no por eso podemos estar menos agradecidos al compromiso del personal sanitario, como el de todos los colectivos que están en la calle, como nuestros redactores gráficos de SUR (Ñito, Bori, Pedro). ¿Alguien dudaría de que cualquier otro gremio no estaría dando el callo estos días si fuera el que le tocara pelear en primera línea? Ya lo vivimos con Julen. «Sólo cuando la vida te pone en situaciones adversas te das cuenta de tu verdadera fortaleza», nos enseñó el expresidente de Uruguay José Mújica, y se lo leí el otro día a nuestro paisano Antonio de la Torre, que tan bien le interpretó.

Cuando conocí el caso de una madre confinada con sus padres, sí, pero sin su marido (en Italia) y con tres niños, dos con espectro autista, me di cuenta de que todas nuestras pesadumbres domésticas no son nada comparables. ¿Es tanto lo que hago en relación a esa minoría de hogares en los que se da ese milagro diario o a la guerra en los hospitales? ¿Y qué decir del drama de quienes han perdido un familiar cercano sin poder no sólo velarlo, sino siquiera atenderlo en su periplo hospitalario? Por no hablar del temor sobre si el virus podrá llegar a los padres de uno (no es mi caso, porque ya no viven).

Creo que las situaciones más extremas en la vida nos ponen a prueba y esta va a extraer muchas cosas buenas de la mayoría. En una época en la que cuesta tanto sacar tiempo para la familia al completo, con las parejas incorporadas al mundo laboral y pocas ayudas a la conciliación, disfrutemos de lo que nos regala esta cuarentena. Cuando esto termine valoraremos más el ocio externo y las amistades. Quedan horas para el Domingo de Ramos (o puede serlo ya cuando lean estas líneas) y esta Semana Santa me hacía una ilusión especial el debut de nazarena de mi hija con la cofradía del Amor y la Caridad. Por segundo año tampoco portaré el Cristo de la Expiración. Parece que este año sí veremos el sol el Miércoles Santo. Ha venido así. Estoy convencido de que hay que poner buena cara al mal (buen) tiempo.

DÍA 21 (3 DE ABRIL)

Meet, vitamina D y dos cervezas

POR NURIA TRIGUERO.Empezaré mi página en este diario con una confesión. Yo también hice una compra compulsiva en la víspera del decreto de alarma: vino y chocolate. Cada uno tiene sus prioridades. Después de tres semanas de cuarentena, he de decir que el mayor desabastecimiento en mi casa no ha sido de papel higiénico, sino de pijamas. Mi eterna negativa a tener chándal, unida a la gran capacidad ensuciadora que tienen los bebés y a la dificultad para poner lavadoras en esta primavera lluviosa me ha dejado en bragas (literalmente) en más de una ocasión. Reconozco ahora a mi pesar que el chándal será feo, sí, pero más feo es combinar jerséis con mallas deportivas. Hasta estuve tentada de bajar del altillo mis pantalones de pijama premamá. No me juzguen. Fue en un momento particularmente oscuro de la primera semana de confinamiento. «Hay que vestirse todos los días, aunque trabajes desde casa», dirán ustedes. Ñiñiñi. Que sí, que tienen razón. No se entrevista con el mismo ánimo al presidente de la Confederación de Empresarios en pijama y sin peinar; lo digo por experiencia. Tengo compañeras disciplinadas y divinas que se pintan y hasta se colocan los tacones para ponerse delante del ordenador. Toda mi admiración. Yo me doy por satisfecha porque he ido a mejor estilísticamente hablando (a peor era difícil, también es verdad) y a día de hoy he conseguido un nivel de dignidad aceptable; casi a prueba de videollamadas.

«21 días de teletrabajo a jornada completa». Podría ser un programa de Samanta Villar. Les daré mi conclusión: está sobrevalorado (el teletrabajo, no el programa). ¿Esto era la nueva economía? ¡Bendita redacción! Cuando volvamos al periódico voy a besar mi mesa, mi silla, la máquina de café malísimo y carísimo y, sobre todo, a mis compañeros (después ya nos desinfectaremos). Echo de menos hasta a los más ruidosos, o especialmente a ellos. No es que en casa falte ruido: en vez de escuchar a Piluqui haciendo ronda de concejales para 'construir' su casona, oigo a Emma (que tiene 15 meses y cinco dientes) ensayar a gritos nuevas palabras. Los grandes 'hits' por ahora son «papa» y «ata». Creo que igual esta última es de tanto escucharme hablar por teléfono con Lorenzo Amor, el presidente de la Asociación de Trabajadores Autónomos. «Mamá» sólo lo dice cuando se despierta de madrugada, qué suerte la mía.

Es extraño. Los días de confinamiento pasan a la vez rápida y lentamente. Todos se suelen parecer bastante; la mayor diferencia estriba en si llueve o sale el sol. En este último caso mejoran ostensiblemente porque salimos al patio a recargarnos de vitamina D. En una casa con dos periodistas teletrabajando, una perra y una niña que está aprendiendo a caminar no hay tiempo para aburrirse. Y menos para aprender chino, hacer deporte, amasar pan o repasar la filmografía de Bergman, como parece que están haciendo muchos en la cuarentena. Lo que hay es el tiempo justo para trabajar (mucho), dormir (poco), comer (eso no se perdona) y jugar, eso sí. Jugar, reír y hacer mucho el payaso: eso es obligado y se lo tenemos que agradecer a Emma, que afortunadamente todavía no entiende de epidemias.

Leí a mi admirado psicólogo Arun Mansukhani el otro día que es normal tener cambios de humor y altibajos emocionales en estas circunstancias. A mí, al menos, me ocurre. Ayer fue un mal día. Murieron casi mil personas en España y tuve que escribir la noticia de que Málaga ha sufrido la mayor subida del paro de su historia. Esta guerra contra el coronavirus tiene, como es evidente, su principal frente en el terreno sanitario. Pero a mí me está tocando cubrir el otro, el económico, que también empieza a ser dramático. Cuando dobleguemos la maldita curva de contagio tendremos por delante otra montaña que subir: la del empleo destruido.

En fin, que ayer fue un mal día, ya digo. Pero hoy ha sido bueno. Ha salido el sol y hemos tomado el aperitivo todos los compañeros de redacción juntos, videollamada mediante. Ha sido un rato caótico y divertido que me ha cargado las pilas. ¡Hasta hemos recibido una buena nueva! Y aquí estoy ahora, con las endorfinas a tope (y dos cervezas en el cuerpo), pensando en lo afortunada que soy porque tengo las tres cosas más importantes en este momento. Tengo salud, trabajo (un gran trabajo) y tengo la mejor compañía para este encierro.

DÍA 20 (2 DE ABRIL)

Mi perro no sabe lo que es una pandemia

POR FERNANDO TORRES. Trufa está rara. Su rutina ha cambiado poco, pero el confinamiento ha golpeado directamente en su línea de flotación: los paseos, antes generosos y llenos de recados, saludos y callejeo sano, ahora se han convertido en una paupérrima vuelta a la manzana (una manzana que no tiene mucho que ofrecer, la entiendo perfectamente). Ladra más de la cuenta, gruñe a todo el que ve por ahí, está excesivamente protectora con la casa, protesta sin argumentos y rara vez suelta sus juguetes, pidiendo un poco de marcha.

Trufa lleva casi tres años conmigo y en este tiempo la salida nocturna ha sido el perfecto punto y final a mi jornada laboral. Sin importar la hora, ya sean las nueve o apurando el cierre, nadie nos quita un buen paseo con sus llamadas telefónicas a amigos y familiares. Ahora llamo menos, porque en cinco minutos no me da tiempo a decir mucho (ni hay mucho que contar), y porque mi manzana está construída en una importante pendiente, por lo que jadeo más que respondo cuando mi madre me pregunta cómo ha ido el día.

¿Saben esos perros cuyos dueños siempre dicen, orgullosos, que parece son conscientes de que alguien está hablando de ellos? No es el caso de Trufa. Ella es lista a su manera, más pícara que inteligente y hace gala de una compleja gestión emocional que estos días se traducen en tener a mi lado a un perro de 15 kilos intentando subirse a mi silla mientras tecleo. No lo digo como una queja, porque no sé si sería capaz de gestionar una situación en la que en vez de un chucho peludo, quien intentase subirse a mi regazo fuese un churumbel pidiendo que le explicase lo que es la ley conmutativa. Si de algo están sirviendo estos días de introspección y recogimiento es para confirmar que ni de lejos estoy listo para la paternidad.

En los primeros días de estado de alarma, los propietarios de perros nos erigimos como triunfales vencedores del confinamiento, con al menos dos excusas diarias para hacerle una peineta al sistema. He de confesar que al principio mantuve la ruta habitual (bajar la cuesta, girar a la izquierda dejando a un lado mi antiguo colegio, cruzar el puente sobre el Jaboneros, llegar a una pequeña parcela de césped y regresar tras unos respetables 25 minutos a buen ritmo). Trufa. como muchos perros callejeros adoptados, solo hace sus necesidades sobre hierba o tierra, traumas de tiempos peores. El primer día que vi un coche de policía rondando por nuestro váter particular me entraron escalofríos y decidí ceñirme a la inclinada y aburrida manzana tras recibir de golpe y porrazo un tortazo de realidad. Alejarse más de 200 metros de casa es hoy en día una auténtica afrenta, y no está la cosa como para explicarle a los señores policías que mi perro es exquisito y necesita un punto concreto para inspirarse.

Creo que el confinamiento ha instalado a Trufa en una adolescencia perpetua, porque llora sin sentido y cuando le digo un sonoro 'no' en plena entrevista, se va al dormitorio, enfadada, castigando mi rechazo. Supongo que mis salidas y entradas desordenadas (ya saben, los periodistas no tenemos horario) antes servían para regular sus ánimos y dosificar su necesidad de afecto. Ahora vivimos en un continuo bucle en el que siempre hay un momento para jugar, a sus ojos, porque ella no sabe lo que es tener que cerrar una página. Y muchísimo menos sabe lo que es una pandemia.

DÍA 19 (1 DE ABRIL)

Paquito el Chocolatero

POR FRANCISCO GRIÑÁN. No sé si lo han experimentado, pero los días ya se empiezan a confundir unos con otros. Y eso que estoy obedeciendo a los expertos. No salgo de casa para nada por indicación de las autoridades sanitarias y de mi neumóloga, que además es mi cuñada. Lo último, no hay que jurarlo, es lo que más pesa. Me visto a diario. Nada de chándal y babuchas, sino ropa, ropa. Zapatos incluidos, ya que, como me recuerda mi compañero Fran Ruano, es fundamental para completar el uniforme de la normalidad. En casa tenemos 70 metros mal contados para cinco y, aunque estamos apretaditos, no nos importaría haber tenido incluso un perro, como conté hace un par de semanas. Tras el desayuno, teleperiodismo, telentrevistas y algún paseo matutino, del dormitorio al salón, pasando por la rotonda de la cocina, para cambiar de postura. Mientras, el resto de la familia se pelea por el ordenador para sus teleclases, teletrabajo y teletodo. En el periódico hace tiempo que nos dieron un portátil para llevarnos el trabajo a casa, así que no participo en estas peleas. En otras sí. Sobre todo, por el mando a distancia.

En los almuerzos el diálogo adolescente de siempre. «Ayer hice yo los platos». «No, yo». «No, fui yo». Y así sin parar y los pobres platos esperando y mirando con cara de churrete. Lo bien que los reciben cuando transportan una lasaña o un gazpachuelo y el poco cariño que les tienen cuando están ya vacíos. A veces, como padre, me siento un plato después del almuerzo. Por las tardes, más teletrabajo y parada obligatoria a los ocho para salir a la ventana a aplaudir y escuchar la canción o el himno patriotero que pone algún vecino. Y algo de charla con los de enfrente. Después, deporte con la familia, aunque le pese a mi compañero Alberto Gómez. Lo de hacer deporte, no lo de la familia. Me ha llamado una cosa muy fea que no voy a repetir porque el sábado pasado había perdido un kilo. Claro, es que no he hecho tanto deporte en mi vida. Con eso de la casa pequeña nos ha dado un ataque de vigorexia y ya conozco a todos los youtubers más en forma. Me gustan sobre todo los vídeos de chicas, lo reconozco. Se reconoce que son de chicas no por lo que hacen, porque yo acabo molido, sino porque siempre dicen: «Venga chicas, una más», «No me falléis chicas», «Ésta es la última, chicas», «Os estoy viendo, chicas». Pero es mentira, no me ven porque entonces dirían: «A ver, el chico gordito del fondo… sigue haciéndolo como puedas». Es que no me han visto intentando sincronizar la mano izquierda arriba con la patada derecha abajo. Eso lo inventó un sádico muy coordinado. Pero cuando Alberto lea esto se quedará tranquilo porque ya he vuelto a ganar ese kilo. Desde el último fin de semana, será la lluvia o lo que sea, me he dado al chocolate. En onza, de untar, en barritas, negro, con leche, con almendras, con pepitas de no sé qué y hasta ese duro, el duro a la taza, pero sin taza. Ahora que lo pienso, no tendría que haber escrito esto último porque mi endocrino lo va a leer y me va a llamar. También es mi cuñado. La próxima tabla de gimnasia la hago con la música de 'Paquito el Chocolatero' que va muy bien para las flexiones.

Para la cena, hemos quedado con los niños que no vamos a estar todo el día de camareros, así que se encargan ellos. Y cada noche lo mismo: «Ayer lo hice yo», «no yo»... Siempre cenamos a las tantas. Mientras esperamos, aprovechamos para las videollamadas con la familia y amigos. Aún no he olvidado la imagen de mi madre hace unos días. Lleva sola casi tres semanas y nos recibió en pantalla con una máscara de Batgirl. Amplió la imagen e iba disfrazada entera de riguroso negro murciélago y capa. Hay cosas que un hijo no debería ver. Ni un nieto. Pero confieso que me como a mi madre y me hubiera ido con ella en plan Joker. Si la cena llega antes de la medianoche, intentamos ver una película pero normalmente solo hay tiempo para el capítulo de una serie. De nuevo pelea. Encontrar un título por consenso deja en juego de niños la negociación gubernamental previa a cada consejo de ministros de Sánchez.

A la mañana siguiente, me siento como Bill Murray con ganas de reventar el radiodespertador en el Día de la Marmota. La película no se titulaba así, pero todo el mundo sabe cual es y habrá sentido esta punzada en algún momento estos días. Después me arrepiento del arrebato porque el despertador es el móvil y si me lo cargo sería para tirarse por la ventana después de los aplausos. Aunque en algunos momentos del día no me importaría reventarlo para romper con esta cuarentena de la hiperconectividad. Los días se empiezan a parecer unos a otros, pero ahora que lo he escrito me doy cuenta de que no paro en todo el día. Y que cada jornada te acaba regalando algo que no te esperas. Así que, mientras llega la carta de libertad, ya sé lo primero que voy a hacer cuando salga. Llevarle a mi madre un regalo: un traje de Superwoman. Seguro que es el que mejor le queda.

DÍA 18 (31 DE MARZO)

Retropía

POR MATÍAS STUBER. Me empieza a pesar que en las últimas dos semanas sólo hay un tema que mueve al mundo. Mejor dicho, que lo condena a la inmovilidad: coronavirus. La paradoja resulta cruel. Como también me resulta cruel que algo tan feo como un rollo de papel higiénico se haya convertido en uno de los símbolos de estos tiempos. Cuando me pregunto si todavía puedo ir al baño sin tener problemas, hago un recuento y aún me quedan cinco. Ojalá sean suficientes. Miro al calendario. El 11 de abril es un sábado. En circunstancias normales, lo serían. Aunque la palabra normalidad ahora me deja desorientado. Hay otras a las que antes no le prestaba atención y ahora rezo por ellas. Cadena de suministro, por ejemplo. Me vienen a la cabeza imágenes de supermercados desabastecidos en la antigua RDA. Pensaba que me gustaba mi piso, aunque no tuviera una terraza. Mi opinión ha cambiado. Siento que he entrado en una prisión, aunque no de la manera que hubiera imaginado. En calidad de confinado por algo que es invisible. No llevo esposas pero siento que las tengo puestas.

La cuarentena me ha tocado vivirla solo. La idea de irme a la casa de mis padres me seduce. Podría decir que los echo de menos. Es verdad. Me angustia que vaya a pasar mucho tiempo hasta que les pueda dar un beso. Es una angustia pasajera. Pienso más en lo bien que cocina mi madre. Señal inequívoca, por otra parte, de que no tienen problemas de salud. Toco madera. Ya tienen una edad y me digo a mí mismo que no debo ser egoísta. Pienso mucho en mi padre. Me lo imagino alto y esbelto. Este domingo hubiéramos ido juntos al Málaga-Extremadura. El destino nos ha cambiado nuestro empeño en hacer planes por un azaroso porvenir. ¿Para siempre? Espero que no.

Intento mantener una rutina. Me salva el trabajo. Los fines de semana me descarrilo demasiado. Este sábado me levanté a la una del mediodía. Venga, duerme un poco más. Tiempo tienes de sobra. Por las noches trato de cocinar aunque apenas tenga hambre. Al estar todo el día sentado, se ha ralentizado mi metabolismo. Echo de menos ir al gimnasio. El problema principal de una vida en cuarentena para mí es el siguiente: como la decisión de estar en casa no responde a una decisión tomada en libertad, no siento que tenga valor.

Lo más desagradable es la soledad. Cuando miro por la ventana no hay vida. Vuelvo al salón y me siento como en un vacío temporal. Los días son uniformes y ya no utilizo las palabras lunes, martes o miércoles. Las he cambiado por números. Día 12, día 13… Estar solo no es lo mismo que la soledad. Siempre he sido un defensor de las ventajas de vivir solo. Hablo por teléfono. Dos o tres horas. Pero la presencia de las personas en tu entorno es algo que se percibe. Es sensorial. Si se prolonga su falta, te sientes poco a poco como un fantasma. Me he pillado hablando conmigo mismo en el espejo. Estoy blanco como Casper. ¡Buh!

Me he propuesto leer muchos libros en estos días y no me he leído ninguno. Paso mucho tiempo enganchado a Twitter. Creo que tengo una adicción. Leo lo que ponen algunos políticos y me deprimo. Me surgen demasiadas dudas. La crisis sanitaria que lo va a cambiar todo choca contra un sistema y unos políticos que están acostumbrados a otra cosa. El sistema, o sea las autonomías, está cayendo en la prolijidad. Nuestros políticos, así lo creo, están versados en la lucha y en la brega por el poder. Pero esto es otra cosa. Sin embargo, es la política la que tiene que bajar a este país de la mejor manera posible del cadalso. Debe, a pesar de las contradicciones, encontrar un compromiso y las mejores soluciones para salvar el mayor número de vidas y minimizar, al mismo tiempo, los daños en la economía. Busco evadirme y no hacerme más preguntas.

El sábado me bebí una botella de vino viendo una serie. Me levanté con un leve dolor de cabeza. Fue una sensación agradable, como después de una buena noche de fiesta en el centro. Echo de menos a algunos bares. A esos bares con mis amigos dentro. También a los turistas. Creo que aportan mucho más de lo que restan. Me temo que nos daremos cuenta de ello en los próximos meses. Por momentos lo veo todo negro, como la imagen deprimente que ofrecen los paneles informativos del aeropuerto. Me he despedido del concepto de aldea global. Ojalá sea un hasta pronto.

Pero también hay algo que me ayuda a venirme arriba en estos días. Son los periodistas. Yo me emociono con los médicos y los enfermeros. Pero también me pasa cuando leo una buena información o un reportaje que me hubiera gustado firmar a mí. En los últimos años, se ha debatido mucho sobre el grado de necesidad de los periódicos. Denostados, por momentos. Ahora resulta que son más necesarios que nunca. Un periodismo independiente, seguro, fiable y cercano es imprescindible. Me agarro a aportar mi diminuto grano de arena. Necesito una gran borrachera colectiva para olvidar y dar abrazos como antes.

DÍA 17 (30 DE MARZO)

Una vuelta al mundo

POR BORJA GUTIÉRREZ. Tengo que reconocer que siempre he sido muy casero, una virtud en alza en estos tiempos. Pero será por inconformismo infantil o por falta de práctica, que ahora tengo más ganas de salir que nunca. A donde sea. Y que me roben el móvil, porque no me veo capaz de olvidarlo por mi mismo. Conectado y controlado. Ansioso e inquieto. Lo peor de todo esto. Aunque puedo y debo confesar que soy un afortunado. Desde dos días antes de que el encierro fuera por decreto yo ya estaba confinado en un lugar seguro (el más seguro). De vuelta a donde empezó todo para mí, donde empecé a descubrir las primeras cosas. Mi primer mundo, que sigue siendo grande aunque antes me pareciera inmenso. Y con la misma intensidad, contraste y pureza. Por eso vivo esta especie de frenazo en seco de todo con una reconfortante nostalgia.

La de entrar y salir cuarenta veces al día, cegarme en blanco con el sol y verlo todo negro al volver a entrar. Subir a la azotea para sentir el viento y mirar lejos (ahora entiendo mejor las recomendaciones del manual de riesgos laborales). Mirar el mar y mirar la sierra. El cielo y el lucero. Y leer a Miguel Delibes. Bajar al bancal para recoger las habas, los chícharos y comerme de paso un níspero (bueno, dos o tres) debajo del árbol que, como dice mi padre, es donde están buenos y saben más dulces. Los estoy viendo crecer y coger color en tiempo real y es maravilloso (no tanto como las greñas que ya tengo). Y hacemos limonada porque ya no sabemos qué hacer con tanto limón.

Pero qué bien entra después de haber dado diez pelotazos en 'la portá'. No sin darle a alguno de los coches que hay aparcados y escuchar eso de «un poco más flojito». Ese es el momento de jugarla tranquilos y dar toques (aunque no nos hemos grabado ningún reto de esos de las redes). Y enseñar al más joven el truco de la vuelta al mundo. Ese en el que con un leve toque intentas dejar levitando la pelota para dibujar un círculo en el aire con la pierna. Juego con mis dos hermanos pequeños y los dos son mejores que yo. Eso es así. Pero tragando aire a duras penas mientras ellos siguen en el juego del uno contra uno que hemos organizado con dos porterías que son botellas de agua es cuando mejor me sale sonreir. Automático. A pesar de todo. De los problemas del teletrabajo y de la incertidumbre. Y de las cifras de víctimas y del qué pasará con la vida de antes después de esto. Del echar de menos la vida en pareja y la intimidad. Así, al menos, paro el tiempo. De los cambios de humor, ya mejor otro día.

DÍA 16 (29 DE MARZO)

Una trinchera con 15 escalones

POR ALMUDENA NOGUÉS. 15. Es pronunciar este número y activarse cual resorte en mi mente el eco de la voz de mi abuela en aquellas largas noches de verano jugando al Bingo en nuestro refugio preferido, en Mijas. Siempre que salía esta bola se le dibujaba una sonrisa en la cara para, acto seguido, entonar con soniquete: «la niña bonita». En estos difíciles días de confinamiento, sin embargo, estas dos cifras poco o nada tienen de bonito. Conforman mi peculiar trinchera en esta guerra donde el enemigo es un virus y los escudos huelen a jabón de manos. Desde hace 16 días nuestra familia está dividida por 15 escalones. Los que separan la segunda de la tercera planta de casa. Allí, en el torreón, mi marido libra su peculiar batalla contra ¿el coronavirus?, ¿una gripe? Llamadlo como queráis porque la realidad es que a todos los que tienen síntomas leves no le hacen ningún test. Él tuvo picos de fiebre (aunque nunca llegó a 38) y, sobre todo, una tos horrible que no se le quita aún a día de hoy con ninguno de los tres fármacos que hasta la fecha hemos probado por indicación médica

Mi hogar, pues, se ha transformado en un improvisado campo de batalla en el que la lejía es mi mayor aliada, con permiso de los guantes y la mascarilla. Y aunque no voy a negar que al principio ha sido muy duro, también es cierto que al final las personas tenemos una asombrosa capacidad de adaptarnos a los nuevos escenarios y apretar lo dientes. Y en ello ando. Lidiando solita con el teletrabajo (que aunque hay días que me ha costado horrores también está siendo mi gran válvula de escape), dos niños de 8 y 4 años que no entienden que su padre esté aislado en el torreón y están especialmente revoltosos y un perro (¡bendito perro!) que aunque aumenta mi carga de tareas domésticas me regala un soplo de vida en cada uno de sus paseos.

Dicen que hay que aprovechar que ahora tenemos ¿tiempo? Yo tengo menos que nunca. Soy periodista, madre, profesora, maestra de manualidades, enfermera, cocinera y limpiadora a jornada completa. Y en mitad de este caos intenté no quedarme atrás en esta obsesión colectiva por hacer algo de deporte pero, ¿sabéis qué? Que he tirado la toalla. En su lugar, cuando se alinean los astros y mis hijos me dan una tregua, me salgo al patio cual caracol en cuanto sale un rayito de sol o me encierro 10 minutos en el baño, lleno la bañera, enciendo una vela y escucho a Sofía Ellar. De vuelta a la realidad, al bajar al salón, una banderola que puse para celebrar una fiesta tres días antes de que decretaran el Estado de alarma me recuerda como diría mi querida Lucía Be que la vida es una verbena… Y para que no se me olvide he decidido no quitarla hasta que todo esto acabe. ¿Bailas?

DÍA 15 (28 DE MARZO)

El aislamiento, ¿bien o con niños?

POR ROSSEL APARICIO y ENRIQUE MIRANDA ¡Extra, extra! Bombazo informativo en 'Kaboom City': la ciudad de los Superzings (pequeñas figuritas de goma coleccionables que traen de cabeza a los niños en edad escolar) acaba de plantarle cara y vencer al coronavirus. «¡Vivaaaaa!» gritan los niños -con la misma energía con la que aplauden cada día a las 20.00 horas- en el vídeo al más estilo 'youtuber' grabado para animar una larga tarde de encierro. Hay que inventar cada día para mantener el ánimo. Si algo han aprendido en estas dos semanas las familias españolas es a sacarle el máximo provecho de cada metro cuadrado de su vivienda. En nuestro caso (dos adultos y dos pequeños de 7 y 3 años) hemos convertido la mesa de salón en colegio, el pequeño patio para tender, en una cancha de baloncesto, el despacho, en oficina, y el cuarto de los niños en un fuerte con sábanas y cojines.

Sorprendentemente, ellos están llevando mejor que nosotros lo de estar en casa, es admirable su capacidad de adaptación. Los adultos echamos mucho de menos eso de salir al paseo marítimo, ir al parque o tomarnos un tinto en una terraza. Aunque lo que verdaderamente añoramos es el contacto con los amigos de siempre, con la familia cercana, con los compañeros. Las nuevas tecnologías ayudan y las videollamadas son nuestra ventana al exterior. Aunque tienen su peligro, ojo, cuando el mayor se dedica a enseñar el piso -baños y dormitorios incluidos- en una cita múltiple con algunos de sus compañeros de clase, y sus padres. Huelga decir que nuestro orden casero, en esta intensa convivencia, no es el mejor por más que lo intentemos.

Por lo demás, bien. Incluso hemos organizado por WhatsApp con nuestro grupo de amigos y sus hijos un 'Got Talent' versión cuarentena, en el que cada uno tiene que mandar un vídeo con alguna habilidad: cantar, bailar, cocinar, mímica o directamente hacer el payaso. La prohibición de que esas imágenes salgan del chat es máxima, que tampoco es cuestión de arruinarle la imagen pública a nadie.

En el día a día, hemos conseguido repartir bien las tareas: mientras mamá se encierra en el despacho, papá está con los peques y viceversa. Aún hay que pegar algún grito de: «¡Dejad a mamá, que está trabajando!», pero es que, con dos progenitores periodistas, no están acostumbrados a tenernos tanto tiempo en casa a la vez. Estamos pensando en electrificar la puerta del despacho, pero quizá con un cartelito de advertencia sea suficiente. Por lo general tratamos de no hablar mucho de la dichosa pandemia, aunque de vez en cuando sea inevitable. «No quiero más, hay un virus en mi plato», fue la última excusa del pequeño para no terminarse la comida. Ellos también se lo llevan a su terreno cuando les interesa.

Estos días siempre hay alguien que nos pregunta eso de: la cuarentena, ¿bien o con niños? Nosotros bien, con niños. Ellos nos obligan a no bajar la guardia, a ser creativos, a reír, a correr y a no pensar mucho en que todo esto va a cambiar nuestra realidad, y seguramente no para mejor. Literalmente, nos están dando la vida

DÍA 14 (27 DE MARZO)

Una cuarentena diferente

Salvador Salas

POR JOSÉ MIGUEL AGUILAR. A diferencia de mis compañeros, confinados en su hogar, cercados por las circunstancias pero sin perder ni un ápice la capacidad de informar al minuto de esta crisis sin parangón, mi rutina apenas ha cambiado porque me toca cumplir con mis obligaciones en el periódico, literalmente, en mi sitio habitual, con el horario cotidiano y con idéntica labor a la de antes del estado de alarma en la que llevamos ya dos semanas. Hay quien me dice que soy un afortunado, y así me siento porque no noto en demasía las carencias que me transmiten aquellos que están abatidos por el tedio de un día sin horas encasilladas en la costumbre de etiquetar la jornada según las casillas del reloj. Solo cuando cae la tarde noto el desaliento de la ausencia de lo que antes era práctica habitual: tomarme una copa con amigos, salir a cenar con mi mujer o compartir noches de versos sueltos, sonetos construidos al azar del viento de poniente, canciones escritas al compás de la guitarra y tertulias en locales que potencian la cultura local.

Así que esta historia de la cuarentena será distinta a la de los redactores que tan brillantemente me han tenido entretenido estos días en este relato de esta extraña actualidad, apasionante por un lado, pero llena de incertidumbre por otro. Lo primero que os contaré es que causa desazón llegar a una Redacción vacía, en penumbra, en un silencio que angustia, sin la presencia de los compañeros, en mañanas interminables con la soledad como única compañía y el quehacer diario como hábito.

Tras la reunión matutina vía telefónica a varias bandas para organizar el día con los responsables de las distintas secciones, toca confeccionar el planillo de la paginación del periódico según los contenidos que marca la actualidad. Es de justicia reconocer que nos estamos organizando muy bien, sin contratiempos, pese a la distancia física y a la novedad del trabajo telemático de toda la Redacción. Es para felicitarnos, para qué ocultarlo. Un trabajo en equipo en toda regla que está teniendo los resultados esperados. La verdad es que me siento muy orgulloso de la gente que compone SUR y de ser parte de este medio de referencia para miles de malagueños.

La puesta en página, el tema de apertura, el reparto de contenidos, la edición gráfica, el enriquecimiento de gráficos en informaciones que necesitan ese complemento tan necesario, etc. se decide al mediodía, para facilitar el trabajo de mis compañeros de Edición y Cierre, que se incorporan por la tarde. Me alegra saludar a Salvador Salas (el autor de la fotografía de este relato) o Ñito Salas cuando llegan al periódico para volcar las fotos en el sistema o a Pedro Quero para editar los vídeos que se suben a la web. Ellos merecen el reconocimiento de su trabajo a pie de calle cada día. La sonrisa de David González en el saludo de rigor es un soplo de aire fresco en estos días de tanta contaminación mental. Loli se afana en una limpieza del recinto más necesaria que nunca, y poco más que añadir en cuanto a presencia física en el edificio. Un detalle: cuando los compañeros vuelvan a sus puestos de trabajo en la Redacción se sorprenderán del cambio que está experimentando el entorno de La Rosaleda por las obras acometidas para acondicionar las distintas avenidas por el proyecto de las torres de Martiricos.

La tarde en el periódico es diferente. Llegan Antonio Ortín, Rafa Ruiz, Marina Martínez y Pedro García para relevarme en el cierre, mientras Rafa Cortés hace teletrabajo en casa. Resolvemos las cuestiones pendientes y solventamos los problemas de última hora, pendientes de comparecencias, anuncios oficiales y el parte del día con el recuerdo de infectados y fallecidos. Resulta dramática la cifra de personas contagiadas por el coronavirus día tras día.

Y así un día tras otro, y van quince, y nos quedan, al menos, otras dos semanas para volver a la normalidad, una palabra a la que no encuentro el significado correcto porque dudo de si luego todo volverá a ser como antes.

DÍA 13 (26 DE MARZO)

La leona de la manada

POR RAQUEL MERINO. Así me siento, como la leona de la manada. Convivo con dos menores, de 8 y 15 años (no me preguntéis qué edad es más difícil, cada una tiene lo suyo), y mi marido que está dentro de la llamada población de riesgo (eso sí, nos lleva ventaja porque en su momento ya estuvo en aislamiento más de 15 días y en menos metros cuadrados); por ello, a mí me toca la misión casi imposible de comprar provisiones antes de que los 'caminantes' de mi barrio dejen las estanterías literalmente peladas. Después de tres intentos infructuosos, me tragué mis palabras e hice algo que juré nunca haría: me levanté sobre las ocho de la mañana en mi día de descanso y a las 8.30 estaba en la cola del supermercado, guardando el metro de distancia de rigor. Mientras esperaba a que abrieran las puertas, sonreía recordando la escena del día anterior en la cocina, cuando mi hijo mayor me dijo que esta situación le recordaba a la serie 'The walking dead', donde los personajes se juegan la vida cada vez que salen a por comida. «Mamá, te veo con la mochila y la catana a la espalda y diciéndonos: si no vuelvo, que sepáis que os quiero». Pero, ¡lo conseguí! Como buena leona de mi manada, entré de las primeras y me fui directamente a la sección de carnes: dos pollos troceados, filetes de ternera, de pollo, de pavo, hamburguesas, pinchitos… ¡Vaya que si lo logré! Diez días después aún nos queda algo en el congelador. Y debo confesarlo, también me llevé un paquete de papel higiénico, por si acaso.

Pero no solo en el asunto de la comida me veo como la leona alfa. A pesar de que el padre está en casa, ¿sabéis a quién rondan continuamente los cachorros? A mamá. Así, mientras intento mantener el hilo de la conversación con mis compañeros del periódico por Whatsapp y acabar la información que tengo entre manos, mi hijo pequeño no para de hacerme preguntas sobre las tareas del telecolegio. ¡Cuánto valoro el trabajo de los profesores! ¡Qué paciencia, Señor! Paro unos segundos porque en el grupo 'Nellitos 3ºB' han colgado los ejercicios de sociales de hoy, que son para más inri en inglés, porque sí, una de las premisas al buscar colegio es que fuera bilingüe. ¿Quién me mandaría a mí?

Y entre teletrabajo, deberes del cole, casa, el perro… ¡ah, qué no! No tenemos perro, ¡¿por qué?! Intento sacar un rato para hacer pilates y no acabar con el llamado «síndrome de la clase turista», que quién lo tuviera ahora. Pero no me puedo quejar. Al menos, este 'Coronavirus Z' lo estoy pasando junto a mis hijos y mi marido, viendo cómo nos hace más fuerte, como nos empuja a apoyarnos aún más los unos en los otros, con sus abrazos y besos permitidos entre las paredes del hogar, y echando mucho de menos a la abuela que, por su edad y siguiendo las recomendaciones de Sanidad, pensamos que era mejor que se quedara en su casa. Si llego a saber que esto iba a durar un mes, se viene con nosotros. Menos mal que ella es aún más leona que yo y se toma este confinamiento con optimismo. Con deciros que hasta se pinta los labios para aplaudir religiosamente a las ocho de la tarde a los verdaderos héroes de esta historia.

DÍA 12 (25 DE MARZO)

El cronista solitario

POR ANTONIO MONTILLA. Querido diario: las circunstancias han querido que el decreto de alarma me haya cogido viviendo sólo en la particular isla de Robinson Crusoe en la que se ha convertido mi piso, transformado ahora no sólo en la morada donde, hasta la aparición del dichoso bicho del coronavirus, desconectaba del frenesí laboral sino en una particular corresponsalía del diario SUR en el barrio del Perchel. En este confinamiento que me ha tocado vivir en solitario mis particulares botellas al mar para comunicarme con el exterior, más allá de salir a comprar los productos básicos cada tres o cuatro días, la conforman la televisión, la radio -siempre fiel compañera de baile de aquellos que no tienen con quien bailar-, las redes sociales (¿cómo se habría vivido una crisis como ésta sin Twitter, Instagram, Facebook o WhatsApp?) y el teléfono, donde cada día hago una videollamada múltiple con mi madre, mis hermanos y mis sobrinos, que pasan esta crisis sanitaria allá en el terruño donde están mis raíces, en mi querida Cuevas del Becerro.

No me pesa la soledad, pero en estos días vivo la experiencia de desarrollar en un mismo espacio mis dos 'yo'. De un lado, está mi labor periodística atento a las informaciones y trabajando los temas como hacen mis compañeros dejándose la piel cada día. Del otro lado, está mi yo más 'maruja' al tener que compatibilizar con las labores domésticas: limpiar para que las pelusas no se conviertan en un enemigo más aterrador que el Covid-19; hacer la colada; planchar y, fundamentalmente, preparar la comida -creo que me ha ganado ya un diploma en MasterChef a la hora de hacer diferentes tipos de ensalada para no repetir y caer en la monotonía culinaria-.

Mi rutina de trabajo periodístico y labores del hogar sólo se ve alterada a las ocho de la tarde cuando salgo al balcón a aplaudir y donde le he podido poner cara a algunos de mis vecinos de los bloques cercanos. Paralelamente, el confinamiento me ha permitido experimentar un oxímoron: el 'vouyerismo auditivo'. Gracias a él ya conozco las horas aproximadas en que mi vecino del tercero pone el lavavajillas y me llegan las clases que mi vecina, pared con pared, imparte a sus hijos en edad escolar; la verdad que no vienen mal esas particulares lecciones ya que me ha ayudado a recordar que el Ebro pasa por Zaragoza, traer a mi memoria las operaciones del mínimo común denominador y el mínimo común múltiplo y repasar las funciones del diminutivo y aumentativo.

En esta vorágine de días iguales, siempre busco un hueco para el ocio en los libros. Así en estos momentos estoy navegando a través de la tierra gracias a la prosa de José Calvo Poyato (sí, el hermano de Carmen Calvo) a través de su novela sobre el viaje de Magallanes y Elcano, después de haber recorrido la Barcelona de principios del siglo XX con la lectura de 'El pintor de almas' y haberme acercado a un trocito de la historia de la Diputación de Málaga a través de las memorias de su expresidente Luis Vázquez Alfarache.

La música también me acompaña y en estos días de cuaresma las marchas que escucho, de la 'Malagueña' de Lecuona a 'La Madrugá' de Abel Moreno, me traen cierta nostalgia de lo que este año no podremos disfrutar: las procesiones de Semana Santa en la calle. Y, entonces, me acuerdo de aquella bulería cantada por Rocío Jurado: 'Qué no daría yo'. Y parafraseándola me pregunto qué no daría yo por volver a encontrarme con mis compañeros en la bulliciosa redacción del periódico y tomarme el café de la tarde con Recio y Aguilar; qué no daría yo por coger el coche y llegar al pueblo y reencontrarme con los míos tras tantos días de distancia; qué no daría yo por salir y tomar una cerveza en Los Palacios con una tapa de huevos rellenos; o qué no daría yo por volver a escuchar la campaña de la cercana iglesia del Carmen llamando a misa.

Por el momento, y asumiendo la situación con resignación cristiana, pero también con disciplina, espíritu de sacrificio y moral en la victoria (acertada frase del Jemad, general Villarroya), voy restando, como el preso que cumple condena, días al calendario deseando que este año el Domingo de Resurrección sea más de Resurrección que nunca y se pueda levantar el estado de alarma y empezar a recuperar poco a poco la normalidad, que ya se echa de menos.

Voy terminando. Tengo comida en el congelador y la despensa, moral fuerte y de vez en cuando me despiertan una sonrisa algunos de los memes y vídeos que me llegan por Whasap como los que me enviaron dos amigos: José Luis tocando la trompeta y Andrades, con la flauta, interpretando 'Resistiré'. Es lo que toca en estos días querido diario: resistir.

DÍA 11 (24 DE MARZO)

Crónica desde el 'ojopatio'

POR JUAN SOTO. Querida vecina desconocida: No conozco nada de tu vida, solo que tus intempestivos gritos no me dejan concentrarme para escribir esto. Para trabajar durante el tiempo que dure la cuarentena me he instalado en un habitación que utilizamos como despacho, cuya ventana da al 'ojopatio' del bloque. Y aunque llevamos 14 años viviendo casi ventana con ventana solo sé que tienes tantas ganas de que termine como yo. Tú para no tener que lidiar más con tu hija. Yo para dejar de oír tus voces casi a cualquier hora del día.

Que se haya cumplido el deseo de Mafalda y se haya parado el mundo me ha servido para conocer un poco mejor mi comunidad de vecinos, que es un tanto particular. Además de la que siempre grita tengo otro que toca el violín para animarnos todas tardes, y otro que pasa más tiempo encerrado en el trastero que en su casa (no sé si porque tiene mucho que ordenar o porque prefiere esos momentos de soledad).

La realidad es que estos once días de encierro ya empiezan a pesar un poco. Y eso que yo tengo la suerte (o la desgracia) de salir habitualmente a la calle para seguir cubriendo informativamente esta crisis sanitaria. Y no tengo muy claro si es bueno o malo porque cuando vuelvo siempre me encuentro con las mismas caras de desconfianza en mi mujer y mi hija, que no se fían de que meta al puñetero virus por la puerta de casa sin haber cursado invitación previa. No sé si os ocurre a los demás pero cuando ahora sales a la calle, aunque sólo sea para hacer la compra, te da la sensación de que la ciudad está gaseada y tienes miedo hasta de respirar.

Por lo demás, el encierro lo tomamos con resignación y no lo llevamos mal del todo. El primer día hicimos el típico cartelito de 'todo va a salir bien' y aplaudimos con fuerza, aunque ya se nos ha pasado un poco la fiebre inicial. Afortunadamente seguimos trabajando los tres (la peque está todo el día conectada a la tablet con sus compañeros del colegio por internet) y tratamos de mantener la rutinas del resto del año. ¡Ah! Y hasta me ha dado por hacer deporte, a mi, que como el otro día decía el siempre genial Manolo Sarria, «tú que no has hecho deporte en tu puta vida».

Cuando no estamos trabajando pasamos el tiempo entre meme y meme, supongo que como cualquier otro mortal, e imaginando todo lo que haremos cuando salgamos por fin de este confinamiento. Yo lo tengo claro: un vinito y una buena charla en cualquier terraza del Centro. Eso sí que será el verdadero triunfo al coronavirus

Pd. Me he afeitado para salir en la foto, ya que corría el riesgo de que nadie me reconociera

Pd2. Armando, si lees esto, necesito un corte de pelo con urgencia. Mándame aunque sea las tijeras por mensajero.

DÍA 10 (23 DE MARZO)

A falta de perro o bici estática...

Una clase de step en la Wii Fit entre familia y amigos.

POR ISABEL MÉNDEZ. «¿Mami, hoy también hay coronavirus o ya se ha ido?»: Esa pregunta de mi hijo pequeño me acompaña cada día desde que empezó el confinamiento... Y las que quedan. Ha pasado de no ver los informativos a no perdérselos, y ya almacena tal volumen de datos sobre la pandemia que incluso podría resultar útil para cualquier hemeroteca. Lo que son las cosas... Para intentar distraernos durante el encierro, ya que no tenemos ni perro ni bicicleta estática, (y no me da la vida para presenciar la clase deportiva de turno entre el bendito teletrabajo, el cole virtual y el día a día de la casa) hemos recurrido al trastero para buscar algo con lo que entretenernos a la vez que ejercitamos el cuerpo: la Wii Fit. Así que cada día, aunque en mi caso por lo general sólo puedan ser unos minutos, simulo que me subo a un step, hago footing o practico el saludo al sol, por ejemplo, ese que ahora tanto echamos de menos.

Y de este modo más los memes geniales que circulan (quien no haya visto el vídeo del pingüino espídico ya está tardando) y los aplausos a las ocho de la tarde – sigo emocionándome cada vez que participo- vamos preparándonos para cuando podamos volver a salir y consigamos dejar atrás todo esto. Un día al que sospecho que una gran mayoría (entre la que me incluyo) llegará pálida y bastante repuesta, por cierto.

Hay muchos que dicen que esta crisis del coronavirus es una lección de vida, y que cuando pase ya no nos volveremos a ver de igual manera: apoyo totalmente esta teoría, porque creo que es muy cierta. Y es que con esas videollamadas que ahora tanto proliferan, a veces 'pillamos' a amigos y compañeros de trabajo de un modo que posiblemente no los hubiéramos encontrado nunca (a la familia sí porque ya la conocemos, como su nombre indica). Qué buen invento el Skype, Google dúo y etc. y qué suerte poder usarlo desde casa cuando muchos otros se juegan el tipo en hospitales, supermercados, carreteras, haciendo controles policiales o fotos (grandes ese Boris, Ñito y Pedro al pie del cañón) por los demás.

Chapó por ellos y ánimo a todos (incluyendo por supuesto al resto de mis compañeros): en cuanto salgamos de esta habrá que celebrar mucho, como por ejemplo la cantidad de cumpleaños que se están quedando estos días entre cuatro paredes (Rossel, Aguilar, Fran, los hermanos Salas, Kino, Sofía, Maite, María José, Javier, Miguel, mi padre...). Cuando nos dejen, vamos a hacer como las gallinas en ese divertido vídeo que también circula (otro para buscar si no se ha visto), pero de momento ya saben lo que toca: #yomequedoencasa.

DÍA 9 (22 DE MARZO)

Velas por videoconferencia

Tarta de cumpleaños y amigas por videoconferencia en el móvil

POR IGNACIO LILLO. Si la historia de los pueblos occidentales se estudia generalmente con su etapa AC (Antes de Cristo) y DC (Después), la nuestra reciente se dividirá a partir de ahora en ACV (o sea, Antes del Coronavirus) y DCV (lo que está por venir). En nuestra vida ACV, tal y como la teníamos planeada, hoy la casa estaría a rebosar de gente. Es el cumpleaños de mi novia, Olga, e iban a venir a pasar el fin de semana amigas procedentes de lugares tan dispares como Costa Rica. Tantas eran que llegamos a barajar incluso que yo me exiliara temporalmente a casa de mis padres para dejarles más espacio.

En nuestra vida ACV habríamos pasado todo el sábado en la calle, desde la comida en Uvedoble (teníamos la reserva hecha), las copas de terraza en terraza (Batik, Chinitas, Valeria...) cena improvisada y más copas ya en algún garito del Centro donde se pudiera bailar. Hoy, que es justo la fecha de su aniversario, después de dormir hasta tarde habríamos ido todos a comer al Balneario, que es y será siempre nuestro rincón soñado de Málaga. Por supuesto, habría encontrado el momento para buscar algún regalo bonito y una gran tarta con sus velas...

Evidentemente, en nuestra vida DCV nada de esto ha sido posible, pero por supuesto no vamos a dejar de celebrar un año más juntos y, más que nunca, la salud. Por eso ayer fui a la farmacia, que es uno de los pocos sitios que quedan abiertos, a donde está permitido ir y que venden cosas susceptibles de regalar. Le he comprado un detalle que lleva moraleja incorporada: una crema de protección solar de una buena marca, que me ha costado un pico pero que nos va a hacer falta en cantidades industriales cuando por fin podamos volver a salir y recorrer libremente las carreteras de la Costa del Sol, entre Málaga y Marbella (de donde es ella) con nuestro viejo descapotable. También le compré un par de trozos de tarta, que para los dos solos (Nori, nuestro perro, no puede comer dulces) tampoco necesitamos más y tengo una aversión enfermiza a derrochar comida. Las velas las hemos reciclado de fechas anteriores, por suerte teníamos los números que necesitábamos.

Pero lo mejor del día ha sido comprobar el calor de tantos amigos y familiares, que no han podido estar físicamente pero que lo han hecho en la distancia, en muchos casos con husos horarios dispares ¡desde Costa Rica y Catar, pasando por Madrid!, por medio de videoconferencias en grupo de WhatsApp, de Skype y de Zoom. Juntos, pero no revueltos, le hemos cantado el cumpleaños feliz y ha soplado velas de cera y digitales. Y todo ello gracias a nuestras estupendas redes de telecomunicaciones, que lo bueno que tenemos en España también hay que decirlo. Cuando todo esto acabe, en nuestra nueva vida DCV, cambiarán muchas cosas, pero hay una que seguro que no lo hará porque está en nuestro ADN mediterráneo: nos vamos a hartar de darnos besos y abrazos.

DÍA 8 (21 DE MARZO)

Cosidos a pespunte

POR IVÁN GELIBTER. Sé que lo primero que dicen los expertos es que no es bueno contar los días de este confinamiento, pero hay algunas cifras que retumban en mi cabeza sin que pueda hacer nada por evitarlo. Hoy hace exactamente un mes y un día que me casé, veinticinco desde que me fui de luna de miel a Japón y a Corea y siete desde que regresé. Además, hoy celebro seis días desde que dejé de fumar, una promesa que me hice a mí mismo hace meses y que estoy cumpliendo -sorprendentemente- a rajatabla. Por si esto fuera poco, recién esta mañana he conseguido levantarme a una hora normal, porque toda esta semana he estado 'torturado' por un 'jet-lag' que me hacía madrugar a las cinco para luego dejarme listo de papeles a eso de las ocho de la tarde.

No cuento con familiares dependientes en casa, ni perro, ni niños. Pero sí tengo un marido recién estrenado con el que estoy cosido a pespunte desde el 19 de febrero, la última vez que los dos fuimos a trabajar de manera presencial. No lo digo como un motivo de lamento -al revés- pero por muy enamorados que estemos el uno del otro, hay que reconocer que es inevitable discutir de vez en cuando, sobre todo por motivos domésticos. ¿Por qué otra causa podría ser en estas circunstancias? De momento, intentamos seguir las mismas dinámicas de antes de que comenzara todo esto. La limpieza a fondo de mi zona de la casa (el salón y el cuarto de las películas) la sigo haciendo el viernes -esta semana será el lunes- y el resto lo hace él el domingo. Eso sí, en el día a día él siempre hace más que yo. Diría que un 60-40 por ciento, aunque seguro que cuando lea este diario frunce el ceño.

Al supermercado, por suerte, sigo yendo yo. No porque lo haga mejor que él (hemos tenido una minicrisis por mis compras), pero eso me permite haber salido a la calle al menos dos veces en esta semana. En este viaje del que acabamos de regresar -y que pensamos ¡ilusos! que era una distopía que nunca veríamos en nuestro país- me he comprado unas cuantas prendas que estaba deseoso de estrenar. Así, me he tomado estas dos bajadas al súper como si fuera una salida de viernes noche. Me duché, me sequé un pelo que necesita ya ir a la peluquería y me vestí ideal. No me puse tacones porque no me veo con ellos, pero es el detalle que me faltaba.

Intento trabajar y pensar al mismo ritmo que lo hacía antes de casarme, pero reconozco que resulta muy difícil. Los trajes siguen dando vueltas por la casa porque no hemos podido llevarlos a la tintorería. Hace ya un mes que no veo a mis padres, a mi abuela, a mi suegra, a mi hermana, a mis cuñados y cuñadas, y sobre todo a cuatro personas que crecen cada día que pasa. Las videollamadas con Emma, Cloe, Enzo y Martina no cumplen con mis expectativas, y cada vez que entro en el cuarto y veo los regalos que les hemos comprado en Japón, solo puedo pensar con tristeza que no sé cuánto tiempo más tendremos que esperar para poder dárselos.

Pero, a pesar de todo, esta cuarentena también sirve para darme cuenta -o más bien confirmar- lo afortunado que soy. No solo porque tenga 3.500 películas en casa para matar el aburrimiento, sino porque tengo con quien poder verlas. Hoy, y el resto de días de nuestra vida. También me he dado cuenta de que dejar de fumar no está siendo tan difícil como pensé que lo sería. Sigo viendo en el pasillo la obra de Javi Calleja en cuya cabeza se reflejan las palabras: «I just want to sleep»; y aunque el 'jet-lag' no se haya ido del todo, bendita la fortuna de haber podido viajar veinte días después de disfrutar el momento más feliz de mi vida. Empiezo con las cuentas y termino con ellas. Ya queda un día menos para acabar este confinamiento, aunque ya no nunca seré el mismo. Al menos, la nicotina ya ha desaparecido de mis dedos.

DÍA 7 (20 DE MARZO)

Por fin (no) es viernes

POR MARÍA EUGENIA MERELO. Miro y me mira un cuadro de Agustín Parejo School. Un grabado con dos imágenes enfrentadas de Juan Pablo II. Un Papa fijado en ese papel y en la memoria de muchos por su indecente cabezonería en la imparable expansión de la epidemia del VIH. Él sostenía y proclamaba que el uso del preservativo para evitar la propagación era 'una blasfemia contra Dios'. En el grabado, sobre la imagen del irresponsable pontífice, se funden cientos de nombres de personas que fallecieron infectados por el virus. Justicia poética. Un cuadro sobre una epidemia que acompaña el encierro para contar y vivir otra. Entre el sida y el Covid-19 han pasado muchos años. Lo que antes iba a misa ahora es decreto ley de emergencia. Lo que antes era blasfemia ahora es 'fake new'.

Las voces y los sonidos de la redacción ya no se oyen. La banda sonora que he tenido durante treinta años en SUR se ha apagado. Como se han apagado las voces de los niños entrando y saliendo del colegio cercano. Tampoco suena el tráfico. Ni el mar, que veo a lo lejos. Oigo las voces de la gente a través del teléfono. Oigo las voces de las canciones, de la radio y de la tele. Y veo. Veo desde la terraza a los vecinos paseando a sus perros. Varias veces al día. Y otros vecinos paseando con bolsas de la compra. Varias veces al día. Y pienso en Francia. Allí se puede hacer footing durante 20 minutos y alejarse hasta dos kilómetros de casa. Ya quisiera tener perro, familia numerosa para hacer la compra o estar en Francia.

La bulla del periódico ha cedido su espacio a otro jaleo. El WhatsApp se ha impuesto en el teletrabajo y en las telerelaciones. No para. He asignado diferentes sonidos a las notificaciones para identificar los chats, priorizar y no volverme loca. El ruido tecnológico de la jornada laboral se mezcla con el doméstico. La lavadora y el lavavajillas tienen sus propias conversaciones en la cocina, que ahora, como toda la casa,también es redacción, restaurante, bar, cine, espacio de paseo, sala de conciertos y sala de pilates.

Por fin es viernes. Es el nombre de un chat de amigos a quienes nos gusta vernos el último día de la semana laboral para compartir vino y charla. Ahora los amigos me mandan aplicaciones para hacer quedadas virtuales con una botella de vino. Ya entiendo por qué en Mercadona ahora sobra el papel higiénico y falta el vino. Mercadona. Nunca pensé que hacer la compra se convertiría en un planazo. Me ilusiona pensar qué me pongo para las citas virtuales. Miro y me mira el cuadro de Agustín Parejo School. Ahí está la epidemia. Hoy, por fin (no) es viernes.

DÍA 6 (19 DE MARZO)

Día del padre en tiempos interesantes

POR HÉCTOR BARBOTTA. En casa nunca hemos sido de 'día de'; ni de la madre, ni del black friday, ni de blancolor. Tampoco del padre. No adscribir a estas estratagemas comerciales lo ha situado a uno muchas veces en los márgenes de la sociabilidad. Sin embargo, por qué negarlo, ayudaba a levantarse con una sonrisa que las niñas irrumpieran en la habitación antes de que sonara el despertador con alguna artesanía construida en el cole y saltaran sobre la cama desparramando besos y felicitaciones.

En casa llevamos varios días debatiendo sobre la pertinencia moral de hacer compras por internet. Llegamos a la conclusión de que mejor no. Si estamos aislados para no contagiarnos unos a otros, no vamos a exponer a los repartidores, el eslabón más débil y desprotegido de la cadena comercial. Así que sin cole y sin compras, no ha habido regalo. Yo creía que las niñas, las pobres, no se habían acordado. Pero a mitad de la mañana la mayor se acercó al salón, donde está instalada la mesa de trabajo, y me deseó felicidades con un beso. Esfuerzo titánico para que las lágrimas no afloraran.

El encierro es una montaña rusa emocional donde todo se magnifica. De creer que se habían olvidado de una fecha que hasta hace unos días me la traía al pairo al «felicidades» con beso media un subidón de ánimo. Pero esto es un sube y baja. Tan pronto te encuentras arriba cuando pasa por delante una buena historia que contar, como la del turista millonario varado en un hotel de lujo porque el avión privado en el que se mueve tiene matrícula italiana y no puede venir a recogerlo, como te ve bajando en picado cuando a las cuatro de la madrugada te das cuenta de que no has podido pegar ojo porque todo aquello en lo que no quieres pensar durante el día -cuándo va a durar esto, qué puede pasar si dura mucho- aflora desde el inconsciente y empieza a machacarte la cabeza. La fórmula que recomiendo a mis hijas para espantar indistintamente insomnio y pesadillas -»cierra los ojos y piensa en cosas bonitas»- no soy capaz de aplicármela a mi mismo. Bonita, lo que se puede decir bonita, era mi vida hasta la semana pasada. El problema es que hasta ahora no había tenido tiempo de darme cuenta.

Hace no mucho, en la otra vida, antes del coronavirus, compramos un reloj que refleja la hora en el techo. Una chulada. Ahora me está avisando de que dentro de tres horas va a sonar el despertador, porque una de las lecciones que uno tiene aprendidas en el sexto día de encierro es que cada jornada debe tener su agenda organizada, y eso incluye levantarse a su hora, como si en lugar de encierro hubiese por delante esa rutina bonita que yo no sabía qué tan bonita era. Mirar qué tiempo va a hacer, preparar las viandas para el cole, aprovechar que las niñas aún no han entrado en la adolescencia y les gusta que uno las lleve de la mano hasta que se encuentran con sus compañeras, llegar temprano a la delegación del periódico en Marbella, saludar al portero del edificio, ordenar los temas pendientes, ponerse a escribir temprano aprovechando el silencio de la primera hora de la mañana, cuando las neuronas están más despiertas.

La rutina de estos días no tiene nada de eso: pero uno ya ha aprendido que para no perder un mínimo sentido de la normalidad, para evitar que el confinamiento nos deshumanice, hay que tener rutina y agenda. Y eso empieza por poner el despertador.

Otra lección es que no hay que contar los días, ni los que han pasado ni los que faltan, que tampoco se sabe cuántos son. Tampoco deberían contarse las horas que faltan para que el despertador chulo, que refleja la hora en el techo, avise que hay que levantarse.

Desde el primer día explicamos a las niñas que esto no son unas vacaciones. Horario escolar por la mañana, una hora para cada asignatura con sus recreos correspondientes, comida al mediodía y por la tarde inglés, piano o lo que toque. Si todo ha ido bien, tablet, videoconferencias con los amigos o televisión (o todo eso) antes de la cena. A las ocho, todo el mundo en el balcón aplaudiendo. Hay que ver lo que entusiasma a las niñas un aplauso y lo que reconforta a uno saberse parte de una comunidad con conciencia de tal.

El plan tiene un problema: papá y mamá son periodistas y aunque intentan organizarse no pueden prever en qué momento estarán más ocupados. La comida se adelanta (casi nunca) o se atrasa. La cita obligada con la bicicleta estática, convertida en el artilugio más valorado de la casa, cambia de horario y a veces se incumple. Cada día aumenta la admiración por los héroes, y las heroínas, acostumbrados a escribir dos párrafos seguidos con cierta coherencia en medio de interrupciones continuas.

Estos días, aún con sufrimiento incluido, son apasionantes para ejercer el periodismo. Esta crisis global cambiará la percepción que el mundo tiene de sí mismo. Es un tiempo interesante.

Una maldición china que se atribuye apócrifamente a Confucio dice: «Ojalá te toque vivir tiempos interesantes». Servidor, que hace muchos años y muchísimos kilómetros vivió un tiempo de guerra mientras hacía la mili, es la segunda vez que pasa por una época interesante. Maldito Confucio. Ojalá se hubiese limitado, como dijo aquella concursante de un certamen de belleza, a inventar la confusión.

DÍA 5 (18 DE MARZO)

Lista de la compra en estado de alarma: cereales de chocolate y pipas (muchas)

POR ANA BARREALES. La mía es una de esas casas en las que suele haber gente de fuera casi todos los días: igual somos uno menos que dos más a la hora de comer (más bien lo segundo). Tengo tres hijas muy sociables que cuando quieren hacer una celebración más formal e invitar a amig@s preguntan: ¿Cuánto es el máximo? Con estos antecedentes y tres chicas de 14, 18 y 19 años con la perspectiva de pasar muchos días encerradas con sus padres tenemos bastantes papeletas para llevar el confinamiento regular. De momento han pintado un calendario en una pared de pizarra tachando días, justo lo que los expertos han dicho que no hay que hacer.

Yo he descubierto que teletrabajo puntual está muy bien cuando es por elección, pero que cuando es por obligación es una manera de estar todo el día pringada sin que sea necesariamente más productivo. Increíblemente, a pesar de que te ahorras los desplazamientos, el gimnasio, ir a correr… tengo menos tiempo que nunca. Ellas han comprobado que en una clase on line poco motivadora es más fácil despistarse y pasar inadvertida sin que te echen la charla.

Cuando se dictó el decreto de alarma y mientras la gente arrasaba en los supermercados me volqué en lo mío, que es el periodismo, y dejé la intendencia doméstica en sus manos. Consideraron que las compras más urgentes antes de confinarnos eran (por este orden): productos de higiene femenina, cereales de chocolate (que no fueran de marca blanca) y pipas (muchas).

Visto que eso no es algo que les preocupe en exceso y que no pasamos hambre el fin de semana porque el congelador de casa suele estar lleno, me dije: aquí hacen falta nuevas rutinas y disciplina y dicté mi propio decreto de alarma. Las tareas domésticas se reparten entre todos, con flexibilidad. ¿Que cada uno quiere hacerlas a una hora? No hay problema. Yo paso revista a las 9 de la mañana. Cada cual, que se apañe como quiera.

Ha habido cierta tensión por la distribución de los lugares de trabajo, así que, por desempatar más que nada, yo me he quedado con el salón . Una cosa está clara: de teletrabajar en pijama nada de nada, porque aquí abres una puerta y te encuentras una vídeollamada y no es plan.

El principio no ha estado mal. Tampoco es que estemos todo el día jugando a Dixit o a Virus en armonía, pero tenemos nuestros momentos de risa floja contagiosa en las comidas y los tradicionales mosqueos de cualquier familia, que si no te encierres en el baño, que si esa taza no la recojo que no es mía y el argumentario habitual de «no me», «no me» para cualquier tarea pendiente. Nada nuevo bajo el sol.

«A mí es que tanta convivencia me agobia», me soltó mi hija pequeña el lunes, después de apenas tres días sin salir, como si ella nunca hubiera pasado un fin de semana con nosotros. Y dicho esto se fue sin cenar después de contemplar un plato de coliflor durante una media hora desde todos los ángulos posibles sin probarlo. Pues esa sorpresa que tenía para el día siguiente.

Leía el otro día en un reportaje de Rossel Aparicio en SUR las recomendaciones del neuropsicólogo Álvaro Bilbao para estos días, diciendo que tampoco hay que tomarse a la tremenda eso de tener la sensibilidad a flor de piel y perder un poco el control (o al menos esto es lo que se me quedó). Siempre que se sepa recuperar,claro. Es lo que tienen los encierros, que si se nos va un poquito la olla tampoco hay que hiperventilar y fustigarse luego.

Sí señor, así me gustan a mí los terapeutas, que no nos pongan muchos deberes y nos quiten cargos de conciencia.

DÍA 4 (17 DE MARZO)

Esto mejora mi caligrafía

POR ANTONIO JAVIER LÓPEZ

-¡Papiiiii... la zeta!

-¿Qué le pasa, cariño?

-¡¡¡Que así no eeessss!!!!

V tiene cinco años y lleva estupendamente la cuarentena, pero no puede con la mala letra de su padre. Después del fin de semana de cuartelillo, desde el lunes aplicamos (bueno, intentamos aplicar) las pautas que nos han pasado las seños del cole y de la guardería. Así que después de despertarnos, lavarnos las manos y la cara, vestirnos (la nota de corte estético está en el chándal para V y M y vaqueros con camiseta para los papás) y desayunar, empezamos la jornada. Mamá sigue con las clases 'on line' desde la habitación al fondo del pasillo que llamamos 'el estudio' porque nos da fatiga decirle 'el arrumbaero' y la mesa del comedor en el salón se ha transformado en un espacio de 'coworking-ludoteca'. Colocamos a M en la trona y empieza su sesión de dibujos en folios con las ceras y la pintura de dedos. El asunto dura aproximadamente lo que tardamos en montar el siguiente chiringuito, donde V practica la escritura. Ella misma me ha explicado la mecánica con el rigor por el detalle que le viene por herencia materna. Veamos. Escribimos con el rotulador en la parte alta de la pizarra blanca la siguiente frase: 'Escritorio de palabras de adivinanzas'. Ese mensaje se queda fijo. Después, debajo, escribo una palabra. Ella la mira muy atenta, luego yo la borro y ella la dibuja de memoria en el cuaderno que hemos estrenado para la ocasión. Hemos quedado que cada mañana haremos ocho palabras. Hoy han sido 'regalo', 'flor', 'piruleta', 'chocolate', 'estrella', 'corazón', 'tigre' y 'conejo'. Así, al voleo. Entre medias, una entrevista por teléfono, dos informes descargados para una información prevista dentro de unos días, tres incursiones de auxilio de mamá y el privilegio de estar viviendo todo esto en un piso luminoso, con la mejor compañía que pude imaginar y con M y V teniéndose el uno a la otra para jugar, batallar y reírse juntos a cada rato mientras observan cómo intentamos mantener la armonía, los horarios y las recetas de la gurú del orden doméstico a la que nos entregamos (unos más que otros, la verdad) hace un par de meses: las camisetas dobladas en tres partes y puestas de canto en el cajón; los pantalones, lo mismo y el resto, ya no me acuerdo. Así que en el tercer día de quedarnos en casa, y a falta del partido de vuelta, el resultado es claro: Cuarentena 1 – Marie Kondo 0.

DÍA 3 (16 DE MARZO)

Encerrada en la cueva de los neandertales

POR ANA PÉREZ-BRYAN. «Para ya con el móvil». No, no es por mí. Se lo digo a la mía de 13, porque mucho se habla del encierro con niños pero no con el de adolescentes. Yo tengo una en plena ebullición y otra que sigue con paso firme la entrada en esa gran bola de nieve. Una fotito. «Venga mamá, que la cuelgo», se ríe desde el otro lado de la mesa que llevo compartiendo tooooooda la mañana con ella. Pero yo soy más lista: antes de que lo haga ella, me adelanto. Así que aquí me tienen. Intentando concentrarme entre lo mío, lo suyo y lo de la otra, que hace deberes en su cuarto, donde (aleluya) no llega el WiFi. Hoy ha empezado la escuela virtual: metemos las claves; ella para cumplir con la clase de historia y yo para mi ronda de historias de la cuarentena. «¿Por qué no te quedas en pijama, si nadie te va a ver?», pregunto, inocente. Error. Nadie sabe quién está al otro lado (…). Venga, que toca la cueva de los neandertales. Me los imagino felices, en sus refugios, sin virus; con la única preocupación de si hoy tocará de comer mamut o ciervo. A mí hoy me toca cazuela de fideos que me mandó mi madre antes de que esta crisis estallara. Ay, mi madre. Qué haría sin ella. «¿No irás al periódico?, que allí hay 'focos'», me pregunta desde su terraza. Tengo la suerte de que vive en el portal de al lado, aunque desde hace una semana haya un abismo entre el 2C y el 3A. La intento convencer de que no saldré con la misma (poca) seguridad con la que me contesta mi hija cuando dice que sí, que deja ya el móvil. Sigo avanzando entre lo mío y lo de ellas: resumen de biología e instrumentos musicales. Que hablando de música, hoy he aprendido una coreografía de esas de TikTok con 'Tusa', himno adolescente e instagramer. «¡¡¡¡¡¡¡Ahora soy una chica mala!!!!!!», canto. Y encerrada, pienso. Creo que ya tengo el titular de esta crónica: ídem en la cueva de los neandertales. Me saca de la concentración el bendito Netflix. Ay, mi Netflix. Qué haría sin él. Toca enésima vuelta a 'Las chicas del cable' (justicia poética en estos días que me tiro todo el día colgada) y 'La casa de papel'. «¡¡¡¡Nueva temporada el 4 de abril!!!!», gritan. Y yo me pregunto: ¿seguiré encerrada el 4 de abril? Pero sobre todo: ¿Me quedará suficiente papel para esa fecha?

DÍA 2 (15 DE MARZO)

No sin mi silla

POR ALBERTO GÓMEZ. Lo más arriesgado que he hecho hoy ha sido coger la silla del trabajo, bajarla por el ascensor, pulsar sin guantes el botón de la planta baja y meterla en el coche para traerla a casa como quien pone a salvo un tesoro. No es que el estado de alarma me haya vuelto cleptómano, que sería comprensible, pero si tengo que trabajar en casa, que sea cómodo. Un mensaje para mis jefes: la devolveré. Ahora leo que tampoco es recomendable tomar Ibuprofeno. «La que nos espera a los mentalmente inestables», escribe mi amigo Alfonso. Ya mismo nos prohíben el vino, así que he comprado varias botellas por si acaso. A otros les da por arrasar con el papel higiénico. Ahora puedo leer los libros que tengo pendientes, como el último de Alejandro Zambra. Ayer me estrené con el teletrabajo, una vuelta a mis orígenes como autónomo. Los niños del vecino han crecido y ya hablan. Les ha dado por imitar el sonido de las sirenas de las ambulancias, agravando la hiponcondría de medio barrio, o quizá sólo la mía. Al menos están sanos, angelitos. Diría que desbordan salud, y falta nos hace. De momento llevo bien el encierro, de verdad, salvo cuando anoche bajé a la puerta de la calle para sacar al perro antes de recordar que no tengo. De ésta saldremos, me repito. Y estoy convencido: seremos mejores que antes. Los aplausos a los profesionales sanitarios me han emocionado, y la llorera me vino bien porque sufro de ojo seco. Mi madre ha trabajado más de cuarenta años en la sanidad pública, así que mis palmas también fueron para ella, que soporta peor el confinamiento: ahora quiere apuntarse a Supervivientes.

DÍA 1 (14 DE MARZO)

El patio de mi cárcel es particular

POR ÁNGEL DE LOS RÍOS. Bromeaba mi amiga Silvia en un grupo de WhatsApp: «Abro hilo: ¿qué es lo que más vas a echar de menos en esta cuarentena?». Algunos el terraceo, otros el gimnasio, pero yo no dudé: ¡la guardería! Que solo llevo un día, lo sé, pero del mismo modo que los científicos hacen sus matemáticas del crecimiento exponencial de los casos de coronavirus, yo hago mi regla de tres propia con mi niña, Minibrú (de minibruja, que así la llamamos). Cualquiera que tenga o haya tenido un trasto de 15 meses, que anda poco y como borracha, sabrá que ese bicho no para. Su dieta favorita se compone de pasta y tortilla, si pueden ser en la misma comida, mejor. Camina como mi Roomba, y si puede gatear limpiando la pelusa del suelo por donde pasa, mejor. Y gracias a ella he redescubierto el patio. ¡Gracias a Dios que tenemos un patio! Nos mudamos hace poco a esta casa y el patio está algo triste, como el de una cárcel. Tenemos un cubo de basura, al que Minibrú dio la vuelta y usa de andador, una escalera en la que hace aerobic (se sienta y se levanta, sube y baja), un tendedero que idolatra (ama las pinzas de colores), una pelota de la Patrulla Canina que nos dejaron los anteriores habitantes y cuatro plantas mustias de las que gusta arrancar hojas. Sentado en el escalón, mientras Minibrú asediaba a Lola, mi perra, que intentaba tomar tranquilamente el sol, yo dibujaba con la mente: ahí, un columpio; allí, los cuatro palés que una vez pensamos con convertir en sofá. Busqué en Google si mañana abre Ikea, pero eso lo decide Pedro Sánchez. Yo me estoy empezando a venir arriba -como Minibrú cuando coge velocidad con su cubo de basura- y me planteo seriamente en convertir el patio de mi cárcel en el patio de mi casa. Aunque igual hoy llueve -eso dicen- y se moja, como lo demás. Pero, entre noticia y noticia, tiempo no me va a faltar.

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